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«Mi casa» por Aylen Bucobo

«Porque un buen hijo siempre regresa a su hogar»

A pesar de los años, hay lugares en los que nada cambia, pero en los que se siente algo diferente. Sin duda alguna, hay algo distinto que se percibe en el ambiente, en sus superficies, en el aire que se respira, en lo que se palpa, en lo que se observa…

Recorrer los espacios de la casa de mis padres después de 7 años… aquella casa que fue mi hogar desde que vine a este mundo, en la que crecí, me desarrollé y me convertí en adulta. La casa que fue mi hogar, en la que jugué, reí, lloré, corrí, estudié, fui feliz…

Caminar nuevamente por cada uno de sus espacios, sentir el calor de su suelo y acariciar el frío de sus paredes es similar a lo sublime. Palpar las distintas texturas de sus superficies, los muebles, las cortinas, las sábanas… y apreciar en carne propia que los años pasaron, que hay objetos y cosas que el tiempo no perdonó.

Ver recuerdos en las fotos, en los adornos que la decoran, en los títulos de la universidad que mi Papá con tanto amor, orgullo y agradecimiento colgó en una pared. Observar los objetos que se sostienen en el tiempo, y que se convirtieron en tristes despedidas y felices y anhelados reencuentros.

Ver los lugares donde mi Mamá tomaba café y cruzaba sus piernas, donde se sentaba a disfrutarlo y a conversar de la vida, donde sonreía con nuestras conversaciones y ocurrencias, donde a veces seguramente la soledad la acompañaba y reflexionaba sobre los temas cotidianos o quizás, su historia.

Contemplar cada espacio de la casa, donde mis padres dejaron imborrables recuerdos y que en mi mente cada imagen se posaba como una sucesión de fotografías, de lo que hacían, hablaban…

Respirar de nuevo el aire de mi hogar me dio mucha tranquilidad. Aunque, la ausencia de mi Madre se sentía por momentos, no puedo negar que volver me dio mucha paz.

Cuando abracé el cofre donde reposaban sus cenizas, descansé, sentí alivio y paz. En ese instante, desapareció cualquier rastro de culpa que había en mí por lo lejos que estaba cuando se fue al cielo.

Atrás quedó cualquier sentimiento de falta. “Apenas abracé el cofre, me abrazó una paz que nunca había sentido”. Al fin, se cerró un ciclo que debía terminar en el tiempo preciso.

“Tomé el cofre entre mis brazos y caminé por toda la casa. Observé en silencio cada espacio, y en cada lugar vi a mi Mamá, su mirada, su sonrisa, tomando café, bailando, cocinando, hablando… la vi en todas partes y en todas sus facetas. En ese momento, toqué la realidad, me di cuenta en verdad que no estaba físicamente con nosotros, que se había ido para siempre. Comencé a entender muchas cosas, mi corazón empezó a latir con tranquilidad, ya no corría dentro de mí, desesperado y angustiado, porque, aunque su cuerpo en vida ya no estaba allí, la seguía viendo en todas partes, su recuerdo está vivo en cada rincón de la casa. Mamá sigue allí”.

No puedo negar que hoy es distinto a hace 7 años atrás, no sólo porque cuando me fui de casa, mi Mamá aún vivía y ahora que volví de visita, ya no estaban sus brazos para recibirme. Sin embargo, me recibieron otros brazos que me dieron amor, cariño, hospitalidad y atención: mi familia.

Noté que hay algo diferente en la casa. Es la misma estructura física pero su interior cambió: evolucionó, pero no su interior físico, sino su interior emocional, espiritual y afectivo. También los sentimientos son distintos, se consolidaron, fortalecieron, extendieron sus raíces, se fortificaron y crecieron, y de alguna manera u otra están dando frutos.

Su interior es diferente. Hay otro ambiente en el mismo lugar, es otro hogar que abriga y da calor a sus espacios. Siento libertad, independencia, otro tipo de soledad, de silencio, de sosiego, de esperanza, lucha, sufrimiento, dolor, fe y felicidad.

Maduró el sufrimiento, los sentimientos, el orgullo y la impotencia. El dolor cambió, camina al lado de todos sin angustia, toma nuestras manos en una total quietud, porque ahora hay aceptación, comprensión y madurez.

Irme de nuevo de casa, despedirme otra vez, pero esta ocasión sin el abrazo de mi Mamá, sólo con el recuerdo, la paz y la satisfacción de haber cumplido.

Mami, me despedí de tus cenizas al sepultarte.

Lloré como si te hubieras ido ayer.

Entre lágrimas dejé la culpa que por años me persiguió.

Otra vez, te pedí perdón por no sostener tu mano en el último suspiro.

Me voy con el corazón aliviado.

Solté.

Escrito por Aylen Bucobo / En todas las Redes Sociales @aylenbucobo

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