La noche en el barrio San Benito no trae paz; trae estruendo. María contempla el porche de su casa, un espacio que solía ser para el café de la tarde y la conversación vecinal, hoy convertido en una tribuna de la ansiedad. Al caer el sol, la calle de la parroquia Manuel Dagnino muta por completo en una pista de carreras clandestina. Bajo la oscuridad, el sector se transforma en una autopista del insomnio.
El silencio nocturno se quiebra cada diez minutos. El sonido empieza como un zumbido lejano que deviene rápidamente en una explosión ensordecedora. Son jóvenes en motocicletas que desafían la velocidad y la gravedad en plena madrugada. Corren sin cascos, pero con un arsenal de luces LED de colores chillones —fucsia, verde y turquesa— instaladas entre los motores para garantizar que nadie ignore su paso en medio de la penumbra.
Lo peor no es la velocidad, sino el estallido. El escape de las motos emite ráfagas cortas y secas, similares a disparos de armas de fuego que retumban en la oscuridad. Entre los vecinos el debate técnico es inútil: algunos culpan al uso del croche manual; otros, a los resonadores adaptados para alterar el diseño original del escape. El resultado es el mismo: un ataque directo a los nervios de una comunidad que intenta conciliar el sueño tras jornadas marcadas por racionamientos eléctricos de cuatro y cinco horas. Las motos pasan tan rápido que María ya no sabe si es una flotilla interminable o el mismo conductor que gira en bucle para adueñarse de la madrugada.
Cuando el rugido de los motores por fin cesa con el alba, el descanso tampoco llega. La mañana marabina impone otra urgencia: la escasez de agua por tubería. Con el sol naciente aparecen los camiones cisternas, el salvavidas costoso de una ciudad sedienta, pero también los nuevos verdugos del oído de María.
Las cornetas de estos camiones no avisan; castigan. Son sonidos agudos, insistentes y repetidos a discreción por choferes urgidos por vender el líquido vital. El vecindario extraña la vieja coreografía del camión del gas de antaño, cuyo ayudante golpeaba un tubo con una cabilla para producir un campanazo con eco, predecible y amable. Aquello era un aviso; lo de hoy se siente como una provocación adrede, un ruido hostil que invade las salas y los dormitorios, recordándole a los habitantes de San Benito que la tranquilidad en Maracaibo se ha vuelto un artículo de lujo.
Haroldo Manzzanilla
Noticia al Día
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