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Número Cero en Venezuela: “Chavismo y oposición: dos fábricas de relatos”. Por Gervis Medina

Hay novelas que cuentan una historia y otras que, detrás de la historia, parecen estar interrogando al mundo en que vivimos. Número Cero, de Umberto Eco, pertenece a esta segunda categoría. Publicada en 2015, la novela se desarrolla alrededor de un periódico que todavía no existe y de un grupo de periodistas encargados de preparar sus ediciones de prueba. Pero el verdadero proyecto no consiste simplemente en informar: consiste en utilizar la información como instrumento de presión, intimidación y poder.

Eco convierte así al periodismo en un laboratorio donde se mezclan hechos, rumores, intereses políticos, manipulaciones y conspiraciones. Una investigación académica sobre la novela la interpreta precisamente como una obra que va más allá de una simple sátira editorial y la presenta como una reflexión sobre las prácticas del periodismo contemporáneo.

Leída desde Venezuela, Número Cero adquiere una dimensión particularmente inquietante. Porque nuestro problema no ha sido solamente la existencia de propaganda oficial, censura o medios sometidos al poder. El problema es más profundo: hemos llegado a vivir en una disputa permanente por definir qué debe considerarse realidad.

Y en esa disputa hay responsabilidades que alcanzan tanto al poder como a quienes se le oponen.

En Número Cero, Eco muestra que el poder mediático no necesita inventar absolutamente todo para manipular. Puede seleccionar hechos verdaderos, exagerarlos, ocultar otros, relacionarlos de manera interesada y presentarlos dentro de un relato previamente construido.

Esta distinción es fundamental.

Una mentira puede ser una afirmación completamente falsa. Pero la manipulación puede ser mucho más sofisticada: consiste en utilizar verdades parciales para producir una conclusión engañosa.
Venezuela conoce perfectamente ese mecanismo.

Durante el chavismo, la comunicación política adquirió una enorme importancia como instrumento de legitimación del poder. El discurso oficial presentó una determinada interpretación de la historia venezolana: el pueblo frente a las élites, los pobres frente a los ricos, la patria frente al imperialismo, la revolución frente a sus enemigos. Dentro de esa narrativa, los problemas económicos, institucionales o sociales podían explicarse mediante la existencia de adversarios externos o internos.
Pero sería intelectualmente cómodo detenerse allí.

La oposición venezolana también ha construido sus propios relatos, algunos legítimos y otros simplificadores. En determinados momentos, sectores opositores han presentado cualquier acontecimiento como prueba definitiva del inminente colapso del régimen, han difundido información no suficientemente verificada o han convertido rumores en certezas.

La diferencia fundamental está en que el poder del Estado y el poder de un medio opositor no son equivalentes. El Estado dispone de instrumentos coercitivos y regulatorios que un ciudadano o periodista independiente normalmente no posee. Pero reconocer esa asimetría no significa conceder a la oposición una licencia para abandonar los estándares de verdad.

La verdad no puede tener una ideología.

Aquí aparece uno de los dilemas centrales de Eco: ¿Qué ocurre cuando el periodista deja de sentirse responsable ante los hechos y comienza a sentirse responsable ante una causa?

Entonces nace el periodista militante.

No necesariamente porque sea malo o corrupto, sino porque empieza a considerar que su misión consiste en derrotar al adversario antes que comprender y explicar la realidad.

En Venezuela hemos visto periodistas cercanos al chavismo que han terminado actuando como defensores del discurso gubernamental, minimizando problemas, justificando errores o reproduciendo explicaciones oficiales sin suficiente contraste.

Pero también hemos visto periodistas y comunicadores opositores que, impulsados por la legítima denuncia de un sistema autoritario, han caído ocasionalmente en el exceso contrario: aceptar como cierta cualquier información que perjudique al gobierno.

Ambas conductas tienen algo en común: sustituyen el periodismo por militancia.
Un periodista puede tener ideas políticas. Lo que no debería hacer es permitir que sus ideas decidan previamente cuáles hechos son verdaderos.

La censura constituye uno de los mecanismos más evidentes de control de la información. Pero Eco nos permite pensar en otro mecanismo quizá más difícil de detectar: la autocensura.

La censura dice:

“No puedes publicar esto.”

La autocensura susurra:

“Es mejor que no lo publiques.”

La primera puede identificarse. La segunda puede terminar incorporándose a la conducta cotidiana del periodista.

En una sociedad donde existen presiones políticas, económicas, institucionales o personales, un periodista puede comenzar a preguntarse no solamente si una información es verdadera, sino qué consecuencias tendrá publicarla.

Y entonces la pregunta profesional cambia.

Ya no es:

¿Es verdad?

Sino:

¿Me conviene publicarlo?

Ese cambio aparentemente pequeño puede destruir lentamente la libertad de prensa.

Porque una sociedad libre no necesita solamente periodistas que puedan hablar. Necesita periodistas que puedan investigar aquello que el poder preferiría que permaneciera oculto.

Aquí Número Cero se encuentra con George Orwell.

En 1984, Orwell comprendió que controlar el lenguaje puede convertirse en una forma de controlar el pensamiento. Si las palabras cambian de significado, también puede cambiar nuestra percepción de los acontecimientos.

El lenguaje político venezolano ofrece numerosos ejemplos de esta lucha semántica.

Una manifestación puede convertirse en “conspiración” o en “rebelión popular”, dependiendo de quién la describa. Una política económica puede presentarse como “protección social” o como “control estatal”. Una sanción puede ser descrita como “agresión imperialista” o como instrumento de presión política. Un dirigente puede ser presentado como “defensor de la democracia” o como “traidor”.

El hecho puede ser uno. El relato cambia.

Y cuando el relato cambia suficientemente, comienza a cambiar también la percepción que la sociedad tiene del hecho.

Ese es uno de los peligros que Eco coloca sobre la mesa: no solamente se disputa el poder; se disputa la capacidad de nombrar la realidad.

La comparación con Hannah Arendt resulta todavía más profunda.

Arendt estudió la relación entre política, mentira y verdad factual. Su análisis del totalitarismo mostró que una de las amenazas más graves para la vida pública consiste en destruir los hechos verificables que permiten a los ciudadanos compartir una realidad común.

Esto es esencial para comprender Venezuela.

Una democracia puede sobrevivir a la existencia de ciudadanos que piensan diferente. Lo que difícilmente puede sobrevivir es una sociedad en la que cada grupo posee una realidad completamente distinta.

Si para unos Venezuela está permanentemente al borde de una recuperación histórica y para otros está permanentemente al borde del colapso definitivo; si unos consideran falso todo lo que procede del gobierno y otros consideran falso todo lo que procede de la oposición, entonces desaparece el terreno común donde puede producirse una discusión racional.

La política se transforma en una guerra de relatos.

Y cuando desaparecen los hechos comunes, gana quien tenga mayor capacidad para imponer su narrativa.
Aquí aparece Friedrich Hayek.

Una de las grandes contribuciones de Hayek consiste en recordarnos que el conocimiento está disperso en la sociedad. Ningún individuo, partido, gobierno, comité de expertos o medio de comunicación posee toda la información necesaria para comprender una realidad compleja.

Por eso la libertad de pensamiento necesita pluralidad, competencia de ideas y posibilidad de disentir. Hayek advertía que suprimir la discrepancia intelectual limita el proceso mediante el cual las sociedades corrigen sus errores.

Aplicado al periodismo venezolano, esto implica algo sencillo pero poderoso: ningún bando debería tener el monopolio de la verdad.

Ni Miraflores. Ni la oposición. Ni los grandes medios. Ni las redes sociales. Ni los influencers políticos. Ni siquiera los periodistas que admiramos.

La libertad de prensa no consiste en reemplazar una propaganda por otra. Consiste en crear las condiciones para que múltiples voces puedan investigar, contrastar, cuestionar y corregirse mutuamente.

Carlos Rangel aporta otra pieza fundamental.

En Del buen salvaje al buen revolucionario, Rangel examinó los mitos políticos mediante los cuales América Latina ha explicado sus fracasos y depositado en figuras redentoras la esperanza de resolver sus problemas. Su crítica al mito del “buen revolucionario” estaba vinculada a la defensa de una mirada más realista sobre las responsabilidades latinoamericanas.

La Venezuela contemporánea puede leerse también desde esa perspectiva. Durante décadas hemos construido mitos políticos alrededor de salvadores.

El líder revolucionario. El líder opositor. El militar providencial. El empresario redentor. El candidato que supuestamente resolverá todo. El enemigo externo que explicaría todos nuestros males.

El problema de los mitos políticos es que sustituyen la responsabilidad individual e institucional por una narrativa emocional. Y el periodismo puede convertirse en el principal fabricante y distribuidor de esos mitos.

Quizás esta sea la enseñanza más importante que podemos extraer de Número Cero. La verdadera batalla no debería ser entre periodistas chavistas y periodistas opositores. Debería ser entre periodismo y propaganda. Entre hechos y rumores. Entre investigación y militancia. Entre libertad y censura. Entre pensamiento crítico y obediencia intelectual. Una sociedad democrática necesita periodistas capaces de decirle al gobierno que está equivocado, pero también capaces de decirle a la oposición que está equivocada.

Necesita medios que investiguen la corrupción del poder, pero también que corrijan sus propios errores.

Necesita ciudadanos capaces de escuchar una noticia que contradiga sus convicciones sin reaccionar inmediatamente acusando al periodista de ser “chavista”, “opositor”, “vendido” o “traidor”. Porque cuando el ciudadano solamente acepta las noticias que confirman sus creencias, también se convierte en parte del problema.

Número Cero no debería leerse únicamente como una novela sobre periodistas. Puede leerse como una advertencia sobre una sociedad en la que la información se transforma en mercancía política y la realidad termina subordinada al relato.

Orwell nos advierte sobre el poder del lenguaje.

Arendt, sobre la destrucción de la verdad factual.

Hayek, sobre el peligro de concentrar el conocimiento y silenciar el disenso.

Rangel, sobre los mitos políticos que permiten escapar de la responsabilidad.

Eco reúne, desde la literatura, buena parte de estas preocupaciones y las convierte en una pregunta incómoda:

¿Quién está construyendo la realidad que nosotros creemos conocer?

Venezuela debería hacerse esa pregunta todos los días.

Porque salir del chavismo, si ese es el objetivo político de una parte importante del país, no significa simplemente sustituir a unos propagandistas por otros. Significa recuperar una cultura política donde la verdad sea más importante que la conveniencia partidista.

Y eso exige una transformación mucho más profunda que un cambio de gobierno:

Una democracia verdaderamente libre no necesita ciudadanos que crean todo lo que dice el gobierno ni todo lo que dice la oposición.

Necesita ciudadanos que no crean ciegamente en ninguno.

Ese sería, quizá, el verdadero “Número Cero” que Venezuela necesita: una nueva primera página en la que la realidad deje de ser fabricada por el poder y vuelva a ser examinada libremente por los ciudadanos.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano.

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