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#OPINION Por el Soc. Ender Arenas Barrios: Qué hacer ahora

El régimen sin pudor alguno ha decidido, con argumentos falaces y bastardos, inhabilitar a María Corina Machado involucrándola en la “entrega” de Citgo a intereses extranjeros y, por supuesto (no podía faltar), traición a la patria.

A pesar de ser una raza de seres olvidadizos, los venezolanos, recordamos que la entrega de Citgo la hizo Maduro, igual que hecho con una parte del territorio, entregándolo, a actores foráneos, bien sea a gobiernos, como el de China Irán, Rusia, a grupos irregulares, como: la guerrilla, narcotraficantes y la minería ilegal.

Lo que ha significado la paradoja cumbre del chavismo, pues ellos mismos, que se han definido y autoproclamado como los guardianes nacionales de la “soberanía” han entregado este país a pedazos a factores extranjeros.

El caso es que el régimen juega duro y se extrema aun con las amenazas de Estados Unidos de volver a reactivar las sanciones y da inicio a una escalada de represión con métodos que nada se diferencia de las usada por las viejas dictaduras de los sesenta e incorporando las nuevas tecnologías represivas y maneras de hacer daño a los otros que fueron heredados de las “dictaduras modernas” como la de Pinochet.

¿Qué hacer ahora? Ya hay sectores que se deslindan por lo que se ha llamado el “protocolo de Barinas” y sugieren un sustituto señalando que el régimen no va a dar marcha atrás con la decisión del TSJ de inhabilitar a María Corina Machado y que con cualquiera se le gana a Maduro.

La oposición organizada en la llamada Plataforma Unitaria sigue apuntalando la candidatura de María Corina Machado y ella misma sigue sosteniendo lo que ha sido su mantra, desde un inicio: “Esto es hasta el final” sosteniendo que la presión hay que mantenerla.

Aunque parecen distante ambas posiciones coinciden en:

Mantenerse en la ruta electoral y como desiderátum de esa línea advierten que este momento político exige “prudencia” y negociación.

Sobre la negociación ya lo hemos visto, ha sido difícil mantenerla, pues uno de los negociadores es un actor no confiable, pues una vez habiendo obtenido resultados que lo favorecen (flexibilización de las sanciones por parte de Estados Unidos, la liberalización de los llamados narcos sobrinos, la liberación de Alex Saab) se sustraen de cumplir con la totalidad de los acuerdos.

De tal manera que aun cuando se pretenda ser realista políticamente y se pretenda establecer un acuerdo político (incluso llegue a firmarse) con el régimen, este se hace de difícil cumplimiento, pues el régimen y sus representantes, han demostrado no ser actores confiables y una vez obtenido sus objetivos se sustraen de cumplir con lo acordado.

 La confianza, bien es sabido, es una “anticipación arriesgada”, pues no está garantizada que uno de los negociadores responda a la confianza mínima que debe establecerse en cualquier proceso de negociación y, en este caso, el régimen nunca se sintió obligado recíprocamente, cuestión que solo fue asumida por la oposición, incluso, por los EE. UU.

Por su parte la prudencia, cuestión a la que sectores de la oposición abogan por ser la conducta apropiada para tener éxito y llegar a las elecciones,  ha sido mal interpretada por los sectores democráticos del país hace ya bastante tiempo. Un solo ejemplo para ilustrar esta afirmación: el 4 de febrero a raíz del golpe de Estado que Chávez intentó contra la democracia, hay dos intervenciones paradigmáticas que marcan bastante la historia política del país luego de esa fecha.

Ese día, Eduardo Fernández, de asomaba como el virtual presidente de la Republica en las elecciones que se realizaría en 1998, dado el temprano desgaste del gobierno de Carlos Andrés Pérez.

Fernández, aglutinaba en torno suyo, según las encuestas del momento, un 36%, seguido de Rafael Caldera, un tanto lejos, con un 6%. El llamado “chiripero” todavía no existía, bueno si, pero era solo una fuerza marginal que no tenía incidencia sustantiva.

Fernández que sabe que solo puede ser presidente si hay elecciones es prudente, en esa hora donde la democracia está en un evidente peligro, apoya a Carlos Andrés Pérez, a quien se le ha construido la narrativa de ser el causante de todos los males del país.

Al mediodía, en la larga sesión del Congreso, Caldera se comporta con una imprudencia que no le conocíamos y termina a su manera haciendo una brutal crítica a la democracia y al gobierno de Pérez.

En la noche de ese día, Caldera según las encuestas del momento, tiene una intención del voto de 36% y Fernández un 6% además de “la maldición gitana” que lo acompaño bastante tiempo, por la que nadie le creía lo que decía. Todo el país pensaba, cuando Fernández hablaba, “ya “El tigre” nos está cobeando”

Es decir: Fernández siendo prudente para ser exitoso, solo obtuvo resultados indeseables, Caldera siendo imprudente logró objetivos tan deseables y positivos para él, que consiguió a una edad provecta la presidencia de la república.

Prudencia y negociación no han sido, precisamente, en nuestro caso las vías de conseguir una transición democrática exitosa.

Hasta ahora la prudencia se ha confundido con inmovilismo de la gente, por aquello, que toda la movilización de la gente en el pasado terminó en un fracaso acompañado de muertes, exilios, detenciones arbitrarias, etc.

En esto el régimen, ha logrado imponer el miedo. Y ya lo sabemos todos que “de miedo también muere la gente”.

La negociación con toda y la voluntad del actor opositor, para lograr una ruta que conduzca a la recuperación de reglas de juego democráticas ha sido un fracaso, porque el actor gobierno es un actor que se ha sustraído de todos los intentos de acuerdo inclusive este de Barbados que ha sido firmado con un fuerte respaldo institucional.

Claro, la idea de mantenerse en la ruta electoral es la vía correcta, no hay otra, especialmente, cuando la posibilidad de una derrota militar del régimen es imposible, aun con las fisuras que puedan estarse incubando en el seno de la FAN.

Pero mantenerse en la ruta electoral no es contradictorio con un llamado a una movilización de la gente, para que esta retorne a sus plazas, a sus calles a sus universidades, sindicatos, en fin, para llenar todos los espacios públicos para exigirle al régimen el respeto a las reglas de juego que se establecieron en el tratado de Barbados.

Hay que evitar que el gobierno a través de la maniobra más torpe: la imposición del miedo impida el anhelo de cambio del pueblo venezolano. Movilizar a la gente, convertir la calle y la plaza en una realidad, e el espacio de la política.

 ¿Miedo? ¡Ya basta! Pues, en todo caso el cielo no va a caer sobre nuestras cabezas.

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