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PARTE 2: Mientras Europa se pelea, Putin gana espacio. Por Juan Carlos Lozano

El cansancio con los partidos tradicionales está cambiando la política europea. Millones de personas buscan respuestas al costo de la vida, la inseguridad económica y los problemas que sus gobernantes no han resuelto. En medio de ese descontento, crecen fuerzas que prometen recuperar el control y defender la patria.

Pero esa promesa merece una pregunta: ¿qué intereses acompañan a quienes dicen poner a su país por encima de todo?

La cercanía de algunos partidos europeos con Moscú plantea una contradicción. Mientras hablan de soberanía e independencia, mantienen relaciones con una potencia cuyos objetivos chocan con buena parte de los intereses europeos.

Ahí aparece Vladimir Putin.

Rusia no inventó todos los problemas de Europa. La crisis industrial, las dificultades de integración, el costo de la energía y el desgaste de los gobiernos tienen sus propias causas. Sin embargo, esas dificultades ofrecen oportunidades a quien busca debilitar la unidad europea.

Los antecedentes permiten entender por qué.

En Francia, el entonces Frente Nacional de Marine Le Pen obtuvo en 2014 un préstamo de 9,4 millones de euros del First Czech Russian Bank. La explicación fue que los bancos franceses y europeos se negaban a financiar al partido.

La deuda se prolongó durante años, hasta que la formación anunció su pago completo en 2023. Le Pen ha negado haber realizado favores políticos a cambio.

El préstamo existió. Eso no demuestra por sí solo un intercambio ilegal, pero sí deja una cuestión importante: la dependencia que puede generar para un partido político buscar financiación en otro país.

Quien convierte la soberanía en su principal bandera también debe explicar de dónde vienen sus recursos.

En Italia hubo otro tipo de acercamiento. En 2017, la Liga de Matteo Salvini firmó un acuerdo de cooperación con Rusia Unida, el partido de Putin. Era un pacto público entre organizaciones políticas.

En 2024, la Liga afirmó que ese acuerdo había quedado superado porque la guerra en Ucrania cambió las relaciones con Rusia. Ambos hechos forman parte de la historia: el acercamiento inicial y la posterior decisión de darlo por terminado.

Después apareció el episodio del hotel Metropol de Moscú. Una grabación de una reunión celebrada en 2018 recogió conversaciones de un colaborador cercano a Salvini sobre una operación petrolera que habría permitido dirigir decenas de millones hacia la Liga.

La grabación se conoció en 2019. Hubo una investigación y Salvini negó que su partido hubiera recibido dinero ruso. No se demostró la entrega de los fondos y el caso fue archivado en 2023.

Por tanto, aquella negociación no puede presentarse como una financiación consumada. La conversación existió; el pago no quedó acreditado.

En Alemania, el caso Voice of Europe abrió otro frente.

Las autoridades checas denunciaron en 2024 una operación de influencia vinculada a Viktor Medvedchuk, político y empresario ucraniano cercano a Moscú. Su relación con Putin incluye un vínculo personal: el presidente ruso es padrino de su hija.

La Unión Europea sancionó a Voice of Europe, a Medvedchuk y a Artem Marchevskyi. La plataforma fue señalada por difundir propaganda favorable al Kremlin, canalizar recursos para propagandistas y desarrollar una red de influencia sobre representantes políticos europeos.

Entre los nombres investigados apareció Petr Bystron, que ocupaba el segundo lugar de la lista de Alternativa para Alemania, AfD, para las elecciones europeas de 2024.

Se le atribuyó haber recibido unos 20.000 euros. También se mencionaron entregas de efectivo en reuniones en Praga. Las sospechas dieron lugar a investigaciones que incluían presunto lavado de dinero.

En 2025, el Parlamento Europeo levantó su inmunidad para permitir que continuaran las actuaciones. Bystron niega haber recibido esos pagos. La retirada de inmunidad permite investigar, pero no equivale a una condena.

Otro caso fue el de Maximilian Krah, entonces principal candidato europeo de la AfD. En 2024 se abrieron pesquisas sobre posibles pagos procedentes de Rusia y China. Krah ha negado las acusaciones.

Su asistente Jian Guo fue detenido por sospechas de espionaje para China y, en septiembre de 2025, condenado a cuatro años y nueve meses de prisión.

Esa condena corresponde al asistente y no convierte automáticamente a Krah en responsable del mismo delito. Tampoco un caso de espionaje chino demuestra, por sí solo, una operación rusa. Sí pone sobre la mesa la vulnerabilidad de ciertos entornos políticos ante intereses extranjeros.

Austria también forma parte de este recorrido. En 2016, el Partido de la Libertad, FPÖ, firmó un acuerdo de cooperación con Rusia Unida.

Francia, Italia, Alemania y Austria presentan situaciones diferentes. Un préstamo, un pacto político, una investigación y una condena tienen alcances distintos. Sin embargo, el conjunto permite observar que los acercamientos entre Moscú y sectores de la derecha europea no se reducen a un episodio aislado.

La explicación política que surge de esas relaciones es que Rusia encuentra oportunidades entre fuerzas capaces de debilitar la unidad de sus adversarios.

No necesita compartir todas sus ideas. Puede resultarle suficiente que dificulten decisiones comunes, aumenten la división o defiendan posiciones convenientes para el Kremlin.

La comparación con América Latina ayuda a entenderlo.

El mismo Moscú que cultivó relaciones con sectores de la derecha europea mantuvo alianzas con el chavismo de Nicolás Maduro, el sistema cubano construido por los Castro y el gobierno de Daniel Ortega en Nicaragua.

En mayo de 2025, Putin y Maduro firmaron un acuerdo de asociación estratégica, otro antecedente concreto de esa cercanía.

Estas relaciones muestran que las etiquetas de izquierda y derecha no bastan para explicar las preferencias del Kremlin. Los intereses estratégicos pueden pesar más que las afinidades ideológicas.

Un aliado puede resultar útil por su ubicación, sus recursos, su respaldo internacional o su capacidad para incomodar a otra potencia. La coincidencia política no siempre depende de compartir una misma visión del mundo.

Por eso, reducir esta discusión a una pelea entre derecha e izquierda deja fuera una parte importante del problema.

La influencia tampoco circula únicamente mediante préstamos, acuerdos o reuniones reservadas. También se construye a través de la información.

Durante años, RT en Español y Sputnik Mundo han llevado la visión del gobierno ruso a públicos de habla hispana. Son medios estatales rusos señalados por las autoridades europeas como instrumentos de propaganda y desinformación.

Sus contenidos llegan a personas que muchas veces los encuentran en redes sociales sin detenerse a revisar quién los produce.

Consumir o compartir esas publicaciones no convierte automáticamente a nadie en participante consciente de una operación política. Pero conocer el origen de la información permite valorar mejor sus intereses y su enfoque.

Un mensaje puede hablar de una injusticia real y, al mismo tiempo, utilizarla para favorecer a un gobierno extranjero. Puede aprovechar una preocupación legítima para alimentar la desconfianza, aumentar los enfrentamientos y presentar cualquier institución como enemiga de la población.

Cuando una sociedad termina enfrentada consigo misma, otros actores pueden sacar ventaja.

Eso tampoco libera de responsabilidad a los gobiernos europeos.

La AfD no explica por sí sola el malestar alemán. Los partidos tradicionales deben responder por la distancia con sus ciudadanos, la inseguridad económica y las dificultades sociales que dejaron acumularse.

Cuando las personas sienten que nadie las escucha, buscan otra voz. Y cuando buscan una salida con desesperación, pueden prestar menos atención a las relaciones de quien promete rescatarlas.

Durante demasiado tiempo, parte de la dirigencia europea pareció confiar en que los discursos correctos serían suficientes. Mientras tanto, crecían los problemas internos y otras potencias actuaban buscando ventajas concretas.

La imagen resulta dura: dirigentes comportándose como herbívoros en un mundo donde también hay carnívoros.

Defender la democracia, los derechos y la convivencia exige algo más que hablar bien de ellos. Exige gobernar, resolver problemas y reconocer cuándo otros intentan aprovechar una debilidad.

Si esa tarea fracasa, la población puede terminar escogiendo al adversario más agresivo del sistema, incluso cuando sus amistades deberían despertar preguntas.

Ahí aparece el riesgo de una «hipoteca rusa»: buscar independencia y terminar aceptando nuevas dependencias. La expresión describe un peligro político; no significa que todos los partidos tengan el mismo compromiso con Moscú ni que Putin controle cada una de sus decisiones.

El descontento puede ser legítimo. Su aprovechamiento por intereses extranjeros también puede ser real.

Ambas cosas pueden ocurrir al mismo tiempo.

El cansancio con los gobernantes de siempre no debería impedir el examen de quienes pretenden reemplazarlos. Sus alianzas, sus recursos y las consecuencias de sus propuestas merecen tanta atención como sus discursos.

Ese examen vale para Alemania y para cualquier país.

Antes de aplaudir a quien promete rescatar la patria, conviene saber de dónde obtiene su financiación, con quién se reúne y a quién favorecen sus decisiones. La pregunta corresponde por igual a la derecha, a la izquierda y a cualquiera que solicite confianza en nombre del pueblo.

Mientras el debate se queda atrapado en las etiquetas, otros pueden estar ganando influencia.

Ese es el peligro que atraviesa esta historia: cuando Europa se divide y pierde capacidad para actuar unida, Putin encuentra más espacio para avanzar.

Juan Carlos Lozano

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