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PARTIDOS SIN RUMBO: DEL MERCANTILISMO POLÍTICO A LA TUTELA DEL FRACASO Por: Arturo Molina

“La ruptura entre política y sociedad abrió las puertas a lo antipolítico. Reconstruir la confianza exige mucho más que crear nuevas organizaciones: exige recuperar el sentido de la política.”

El escepticismo en Venezuela ha mutado de un simple estado de ánimo a una coraza de supervivencia ciudadana. Vivimos bajo una «tutela» errática que dicta una directriz en la mañana y, por la tarde, la realidad impone un resultado completamente distinto. Los pactos de cohabitación se dejan ver unas veces como un chiste de mal gusto y otras como un enigma indescifrable, dejando a la sociedad como espectadora de una farsa monumental.

Quienes hemos entendido la política desde adentro y valoramos el verdadero peso de la militancia, sabemos que es imperativo hacer una aclaratoria antes de avanzar: esta reflexión no busca, bajo ninguna circunstancia, dinamitar a las organizaciones partidistas en sí mismas. Los partidos son herramientas vitales para alcanzar la mediación social y fortalecer el sistema de libertades. Precisamente por conocer su valor histórico, la intención es cuestionar de manera severa e implacable el accionar de sus actuales dirigentes.

Hoy presenciamos la consolidación de un nuevo coro político conformado por organizaciones que han perdido su brújula. Las cúpulas de estos partidos han sido tomadas por dirigentes negados a la innovación, que actúan como pequeños emperadores. Para ellos, el debate interno es una molestia. Han transformado el diálogo político en un vulgar mercantilismo, trastocando los intereses de su militancia y olvidando que el ciudadano de a pie hoy se siente sin rumbo y convertido en presa fácil para quienes promueven la antipolítica. Nadie apuesta al fracaso de los cambios que a gritos exige la sociedad venezolana; el anhelo de transformación es genuino. Sin embargo, es inevitable albergar una profunda duda cuando quienes hoy pretenden enarbolar las banderas de la esperanza son los mismos que, en el ayer reciente, ya demostraron su disposición a traicionarlas.

Se creen por encima de la Constitución, operando como islas que solo recuerdan a sus bases para buscar y cuidar votos en época electoral, cerrándoles luego la puerta en la toma de decisiones. Al abandonar sus tesis programáticas para abrazar un pragmatismo sin ética, se han convertido en cascarones vacíos, dispuestos a cualquier alianza con tal de recibir las migajas de las prebendas del poder.

El celo, nutrido por la inmadurez política, ha instaurado la cultura de la exclusión y el servilismo. Hoy, lamentablemente, las organizaciones parecen premiar a quien le carga el maletín al dirigente de turno o rinde pleitesía al «jefe», en lugar de ser la plataforma para quienes se han preparado y militado con verdadero esfuerzo. La tozudez llega a niveles absurdos cuando observamos cómo se reciclan figuras políticas ya jubiladas del parlamento para presentarlas nuevamente como aspirantes a cargos de elección popular. Esto no es un simple conflicto de edades o un reclamo exclusivo de las nuevas generaciones; es la anulación absoluta del mérito. ¿Qué sentido tiene trabajar, formarse y defender las bases programáticas de una organización si, al final, los cargos se asignan a dedo, priorizando la sumisión personal por encima de la capacidad para representar los intereses del país? Esta práctica de seleccionar candidaturas a conveniencia del caudillo interno no solo demuestra que la casa está vacía, sino que confirma una trágica realidad: durante años, los partidos no han estado en manos de los mejores, sino de los más dóciles ante el capricho de sus dueños.

Es precisamente esta orfandad de representación ciudadana la que le otorga carta blanca a los actuales tutelantes para acelerar el naufragio nacional y repartirse las instituciones. Se asoma, por ejemplo, una inminente renovación del Tribunal Supremo de Justicia; pero bajo el esquema actual, la maniobra amenaza con ser un simple intercambio de fichas para sustituir a unos por otros. Lo que la República exige son magistrados con un compromiso irrestricto hacia el país, no piezas subordinadas a los intereses de los dialogantes de turno. Mientras esta clase dirigente juega a la supervivencia burocrática, el país real se hunde. La seguridad jurídica es inexistente y, tras siete meses en la dirección del barco, no hay rendición de cuentas sobre el oscuro destino de los ingresos del petróleo, la minería y el gas. Sumado a esto, la política fronteriza revela un abrazo de conveniencia con grupos irregulares, pisoteando la dignidad nacional para asegurar el control territorial.

La desorganización que padecemos está milimétricamente diseñada para quebrar nuestra voluntad. Frente a esto, la resistencia no puede seguir atada a organizaciones que se niegan a cambiar, aferradas a viejas estructuras y lenguajes desgastados. La verdadera respuesta pasa por la conformación y el fortalecimiento de auténticos espacios para el encuentro y el debate de los ciudadanos. Comprender este macabro orden es el primer paso; organizarnos al margen de sus engaños y rescatar la política con vocación de servicio es, hoy por hoy, nuestra única salida.

Arturo Molina

@jarturomolina1

www.jarturomolina1.blogspot.com

jarturomolina@gmail.com

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