El académico, individuo de Número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y profesor emérito del IESA, analiza el contexto financiero en el país, en su ensayo: ¿Dolarización plena o parcial? “La evidencia internacional demuestra que en varias economías bimonetarias y con alta dolarización histórica se han logrado implementar exitosamente programas de estabilización y reformas estructurales que incluyen la creación de una nueva moneda, sin caer en la irrevocabilidad y rigidez de la dolarización plena”.
En el ensayo ¿Dolarización plena o parcial?, Pedro Palma, académico, individuo de Número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y profesor emérito del IESA, analiza los efectos de la hiperinflación sobre la moneda, examina los esfuerzos recientes por desdolarizar la economía, sopesa las ventajas y desventajas de una dolarización plena frente a escenarios alternativos, y propone lecciones aplicables al caso venezolano basadas en experiencias exitosas de la región.
Palma detalla, de entrada, que la economía venezolana experimenta en los últimos años un proceso profundo de transformación monetaria como consecuencia de la hiperinflación que sufrió entre 2017 y 2020, y en ese marco, precisa que, cuando un proceso inflacionario se sale de control, la moneda local pierde sus funciones fundamentales: deja de ser reserva de valor, medio de pago y unidad de cuenta.
En este contexto, la sociedad venezolana buscó refugio en monedas extranjeras, principalmente el dólar, dando paso a una dolarización transaccional y financiera de facto que configuró una economía bimonetaria”, añade.
De acuerdo con Palma, toda moneda debe cumplir tres funciones esenciales en una economía: servir como unidad de cuenta para fijar precios, actuar como medio de pago para facilitar el intercambio, y funcionar como reserva de valor para permitir el ahorro, pero en Venezuela, la inflación galopante que desembocó en la hiperinflación destruyó sistemáticamente estas capacidades del bolívar.
“Inicialmente, la moneda perdió su condición de reserva de valor, ya que ahorrar en bolívares implicaba una pérdida casi inmediata del poder adquisitivo de los fondos mantenidos en forma líquida. Igualmente, mermó sustancialmente su uso como medio de pago, dando lugar a una dolarización transaccional donde una proporción mayoritaria de las operaciones comerciales pasó a realizarse en divisas. Finalmente, el bolívar dejó de usarse como unidad de cuenta, generalizándose la propagación y fijación de precios en dólares”, refiere.

Esta dinámica, según la mirada de Palma, transformó a Venezuela en una economía bimonetaria, donde circulaba el dólar en forma generalizada, y donde el bolívar seguía presente en la ejecución de múltiples actividades, tales como el pago de impuestos, el pago de pensiones, salarios de empleados gubernamentales y otras erogaciones del sector público.
Así, explica, a comienzos de 2021 se estimaba que, en promedio, el 67% de las transacciones a detal en las principales ciudades del país se realizaban en monedas distintas al bolívar, principalmente en dólares, llegando ese porcentaje a ser muy superior en ciudades ubicadas en zonas fronterizas donde, además del dólar estadounidense se usaban otras monedas, como el peso colombiano.
Asimismo, el economista recuerda se produjo una dolarización financiera, caracterizada por la apertura de depósitos bancarios y la denominación de contratos y obligaciones en moneda extranjera.
Proceso de desdolarización: medidas y resultados
Ante este escenario, desde la óptica del expresidente de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, las autoridades venezolanas en la materia implementaron una serie de medidas con el objetivo de revertir la dolarización parcial que se había materializado, buscando con ello recuperar el espacio del bolívar y retomar el control de los instrumentos de política económica.
“Con esa desdolarización se buscaba, en esencia, ampliar las posibilidades de implementar políticas económicas racionales, facilitar la reducción de la inflación mediante políticas fiscales y monetarias, en lugar de recurrir al anclaje cambiario, disminuir la sensibilidad de los precios a las variaciones del tipo de cambio (menor pass-through), y reducir tanto el riesgo cambiario como la fragilidad intrínseca del sistema financiero”.
Palma señala que para lograrlo, se tomaron acciones drásticas como la restricción a la actividad crediticia de la banca mediante el establecimiento de altísimos encajes legales requeridos, que inclusive llegaron al 100%, así como, una menor monetización de los déficits del sector público, es decir, la reducción del financiamiento de gasto público deficitario por el Banco Central de Venezuela (BCV) con el fin de restringir la creación masiva de dinero primario o base.
Adicionalmente, añade el experto, se aplicó un impuesto del 3% a las transacciones en dólares, se obligó a la conversión a bolívares de los precios fijados en dólares utilizando el tipo de cambio oficial publicado diariamente por el BCV, el cual era menor que la tasa cambiaria libre, se masificaron los pagos en moneda local a través de tarjetas de débito y otros mecanismos tecnológicos, y se impidió la intermediación financiera de la banca en dólares.
La disyuntiva de la dolarización plena
A pesar de los esfuerzos por desdolarizar, persiste en el debate público y académico la propuesta de avanzar hacia una dolarización plena. Los defensores de esta medida argumentan que adoptarla eliminaría casi de forma automática la inflación, suprimiría de raíz el riesgo cambiario, generaría un entorno de mayor previsibilidad y confianza para los inversionistas nacionales y extranjeros, permitiría a los ciudadanos resguardar el valor de sus remuneraciones al recibirlas en una moneda fuerte y estable, se reducirían las tasas de interés y se eliminaría la monetización de los déficits públicos.
No obstante, en palabras de Palma, una dolarización plena también conlleva severas desventajas y vulnerabilidades estructurales.
Ella implica la pérdida definitiva de los ingresos públicos por señoreaje, así como de las posibilidades de implementar políticas cambiarias. También, minimizaría la facultad de aplicar políticas monetarias propias, ya que la economía pasaría a depender en gran medida de las decisiones de la Reserva Federal de los Estados Unidos, viéndose imposibilitada de afrontar situaciones adversas a Venezuela creadas por decisiones o realidades que se produzcan en la economía estadounidense, tales como apreciaciones del dólar o elevación de las tasas de interés. El Banco Central perdería o se le minimizaría su rol de prestamista de última instancia, lo cual potenciaría los riesgos de crisis bancarias”.
Además, explica, la imposibilidad de implementar políticas cambiarias podría afectar al aparato productivo de bienes transables, ya que, ante depreciaciones de las monedas de países competidores o apreciaciones del dólar, Venezuela no podría ajustar su tipo de cambio para preservar la competitividad internacional de sus productos. Adicionalmente, advierte que salir de un esquema de dolarización plena resulta una tarea sumamente difícil.
“Más alarmantes aún son los efectos que caídas abruptas de los precios del petróleo podrían causar en la economía venezolana de estar ésta plenamente dolarizada. Una contracción de los ingresos externos limitaría severamente la liquidez en la economía, lo que podría traducirse rápidamente en recesión y desabastecimiento, dado que la escasez de divisas restringiría las importaciones”, refiere el experto.

El espejo de Zimbabue
Para compensar esta escasez de fondos, en la opinión de Palma el país tendría que recurrir a un mayor endeudamiento externo, el cual resultaría mucho más costoso debido al elevado riesgo país. Finalmente, considera que la expectativa de escasez de divisas podría desatar fugas de capitales, reduciendo los depósitos bancarios, elevando las tasas de interés, y aumentando la morosidad del sistema financiero, comprometiendo su solidez y normal funcionamiento.
“Dado que la dolarización plena no tiene sobre la política fiscal el mismo efecto restrictivo que sí tiene sobre las políticas monetaria y cambiaria, una caída abrupta de las exportaciones petroleras podría llevar al gobierno a implementar una política fiscal expansiva para contrarrestar los efectos recesivos de aquella contracción de ingresos. De estar la economía plenamente dolarizada, la expansión de gasto llevaría muy probablemente a buscar recursos a través del endeudamiento público”, resalta.
El experto destaca que al agotarse esa fuente de financiamiento, o resultar muy costosa, las autoridades podrían verse tentadas a emitir grandes cantidades de obligaciones en moneda extranjera y obligar a los bancos locales a adquirir esas obligaciones con sus reservas en dólares, debilitando la solidez del sistema financiero.
Por ello, sostiene que el abuso de este mecanismo atentaría contra los principios de la dolarización plena y podría generar graves desequilibrios, como sucedió en el caso de Zimbabue con la emisión de este tipo de títulos en 2016, llamados “bollars”.
Eso no fue otra cosa que la emisión de una moneda local artificial para compensar la escasez de dólares, moneda que al final fue rechazada por el público y terminó depreciándose. Adicionalmente, la dolarización plena atenta contra la diversificación productiva de bienes transables, al impedir la implementación de políticas cambiarias dinámicas que preserven la competitividad de los productos exportables”, asegura.
Palma agrega que para Venezuela es imperativo buscar la diversificación de su economía, buscando con ella la producción de múltiples y diversos productos que puedan ser exportados. Solo así podrá disminuir los riesgos y consecuencias negativas de depender de la exportación de un producto cuyo precio es altamente volátil, como el petróleo.

Un camino alternativo
Frente a las camisas de fuerza y los considerables riesgos de la dolarización plena, para Palma existe una vía alternativa y pragmática para alcanzar la estabilización.
“La evidencia internacional demuestra que en varias economías bimonetarias y con alta dolarización histórica se han logrado implementar exitosamente programas de estabilización y reformas estructurales que incluyen la creación de una nueva moneda, sin caer en la irrevocabilidad y rigidez de la dolarización plena”, justifica.
Según el académico, el enfoque consiste en aceptar y gestionar el bimonetarismo de manera racional mientras se reconstruye la confianza institucional.
Un caso paradigmático y exitoso es el del Perú desde la década de los años noventa. Mediante el respeto irrestricto a la autonomía del banco central, la superación de la dominancia fiscal, el cumplimiento incondicional de la prohibición de financiamiento de gasto público deficitario por el banco central, y el establecimiento de compromisos políticos orientados al logro de metas inflacionarias, Perú logró recuperar la estabilidad de precios, sostener tasas de crecimiento aceptables, desdolarizar gradualmente su economía, y crear una moneda fuerte, estable y de alta aceptación. Este esquema, que preserva las opciones de implementación de políticas económicas sin caer en las rigideces de la dolarización total, brinda valiosas luces sobre lo que se podría intentar hacer en la Venezuela de hoy”, argumenta.
El economista indica que la hiperinflación en Venezuela generó una dolarización transaccional y financiera de facto que alteró profundamente la dinámica de la economía nacional.
Palma asegura que, si bien la dolarización plena puede parecer una solución seductora y expedita a corto plazo para erradicar la inflación y generar confianza, sus altos costos a largo plazo sobre la competitividad del aparato productivo, la alta vulnerabilidad ante choques externos (como las caídas del precio del petróleo), y la fragilidad inherente para el sistema financiero, la convierten en una «opción poco idónea para el país».
«La experiencia exitosa de otras naciones de la región demuestra que es factible restablecer las funciones monetarias a través de esquemas bimonetarios bien administrados, complementados con rigor fiscal e independencia institucional”.
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