El 3 de enero de 2026, marcó un punto de inflexión en la historia política venezolana. Aunque el debate público se ha centrado en la industria petrolera, la reforma de hidrocarburos, la Ley de Minas, la amnistía y el gobierno encargado de Delcy Rodríguez (avalado por la administración Trump), poco se ha dicho sobre la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB). Sin embargo, la FANB constituye el actor institucional clave en esta fase de transición.
Su descolocación inicial, seguida de la destitución de el ex ministro, Vladimir Padrino López (ministro de Defensa durante doce años) y la designación de Gustavo González López, junto con la renovación completa del alto mando, obliga a un análisis riguroso de su nuevo rol: garante del orden bajo el Ejecutivo interino y actor decisivo ante cualquier cambio de régimen, ya sea una continuidad chavista reformada o una apertura hacia la oposición.
Históricamente, la FANB ha sido mucho más que un instrumento de defensa ante amenazas externas. Desde el ascenso del chavismo, se configuró como un actor político-ideológico con control sobre empresas estatales (petróleo, minería, alimentos) teniendo incluso su propio banco y protagonismo en mesas de dediciones de alto impacto con el “Alto Mando político y militar” arropado bajo una doctrina de “unión cívico-militar” desde el enfoque de la “militaridad” en el cual la FANB pasa a tener un rol activo en el destino de la sociedad y no es meramente un actor espectador de las decisiones políticas. Es defensor y parte del pueblo.
Este modelo, que algunos analistas describen como praetorianismo tutelar, le permitió a Maduro mantener el poder pese a la crisis económica y el aislamiento internacional. La extracción de Maduro generó, sin embargo, un vacío de lealtad personal. La FANB quedó expuesta: sus mandos superiores habían jurado fidelidad al “comandante presidente”, no a una institucionalidad abstracta. La prudente y complicada respuesta de Delcy Rodríguez (cambiar al ministro de Defensa y al alto mando al inicio de este mes) buscó precisamente restablecer el control civil sobre el aparato militar, alineándolo con el nuevo pacto político-económico con Washington.
En el corto plazo, el rol principal de la FANB es el mantenimiento del orden público y la estabilidad institucional. Bajo el gobierno interino de Delcy Rodríguez, la FANB actúa como garante de la gobernabilidad mientras se implementan las reformas estructurales (apertura petrolera, atracción de inversión extranjera y liberación de presos políticos). Esta función es clásica en momentos de cambios estructurales: los militares proporcionan “espalda” al Ejecutivo civil. González López, con su trayectoria en inteligencia y contrainteligencia, podría decirse que representa un perfil más técnico y menos ideológico que Padrino, lo que facilita la coordinación con las agencias estadounidenses y reduce el riesgo de focos de resistencia interna ante la necesidad de proporcionar estabilidad en el país. La FANB, por tanto, no solo sería la garantía ante turbulencias internas, sino que legitima simbólicamente el proceso de “normalización” ante la población y la comunidad internacional.
Pero el rol de la FANB trasciende la mera policía del orden. En una posible transición de régimen (ya sea hacia una “chavismo light” reformado o hacia una alternancia opositora), la institución militar será el árbitro decisivo. Dos escenarios analíticos ilustran esta centralidad:
- Continuidad chavista reformada: Rodríguez y su gabinete podrían consolidar un modelo híbrido que mantenga el control del PSUV sobre el Estado, pero con apertura económica y amnistía selectiva. Aquí la FANB actuaría asegurando que las reformas no desmantelen sus privilegios corporativos (contratos, empresas mixtas, control territorial). Su lealtad se justificaría con incentivos: modernización tecnológica, respeto a la doctrina bolivariana “actualizada” y participación en la reconstrucción petrolera.
- Transición hacia la oposición: Si las presiones internas y externas empujan hacia elecciones reconocidas, con garantías y una alternancia real, la FANB debería asumir el rol de “garante neutral” de la Constitución de 1999. Este sería el escenario más complejo y riesgoso. La institución tendría que aceptar una reducción de su peso político-económico (desmilitarización de PDVSA, cierre de empresas militares, subordinación estricta al poder civil). La literatura comparada sobre transiciones latinoamericanas (Chile 1988-1990, Argentina post-1983) muestra que los militares aceptan este rol cuando perciben que el costo de la resistencia es mayor que el de la profesionalización y la reinserción institucional.
En ambos casos, la FANB enfrenta un dilema clásico de las relaciones cívico-militares: ¿lealtad al gobierno de turno o lealtad a la Constitución y al interés nacional? Como sea, la institución castrense tiene en sus manos la responsabilidad de acompañar y velar por el encuadre pacífico y constitucional del país. La renovación del alto mando apunta a resolverlo a favor del primero, pero la cohesión interna de la tropa y los mandos medios sigue siendo un factor incierto.
¿Cómo dirigirse a la FANB? El discurso debe ser pragmático, patriótico e institucional, nunca confrontacional. Tres ejes resultan clave:
- Profesionalismo y patriotismo: Enfatizar que la FANB es “fuerza de la nación, no de un partido”. Invocar la doctrina original de Bolívar (defensa de la soberanía y el bienestar popular) pero reinterpretada como servicio a una República, a un régimen democrático y próspero, no a un caudillo.
- Incentivos corporativos y personales: Hablar de modernización (equipo, capacitación, salarios dignos), fin de la corrupción interna y reinserción económica honorable. La amnistía no debe ser solo para civiles; debe incluir garantías explícitas para mandos que no cometieron crímenes de lesa humanidad.
- Rol histórico en la transición: Recordar que la FANB puede ser recordada como la institución que evitó el caos y facilitó la reconstrucción, o como la que prolongó el conflicto. El lenguaje debe ser de inclusión: “Venezuela necesita una FANB fuerte, profesional y subordinada al poder civil legítimo”.
En líneas generales, la FANB ya no es el pilar ideológico del chavismo madurista, pero tampoco ha sido neutralizada. Su nuevo rol es el de estabilizador tutelar en un proceso de cambio que con tutela o no desde Washington pareciera no solo ser inevitable sino necesaria. Su capacidad para adaptarse determinará si Venezuela avanza hacia una democracia consolidada o cae en un nuevo ciclo de confrontación política entre actores polarizados. Ignorar este actor sería un error analítico y político de consecuencias graves. La ciencia política comparada enseña que, en contextos de cambios complejos, las fuerzas armadas no desaparecen: se reconfiguran. La pregunta venezolana actual no es si la FANB seguirá siendo relevante, sino bajo qué términos y al servicio de qué proyecto nacional.
Politólogo, Jesús Castillo Molleda.
www.jesuscastillomolleda.com
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