Prefacio
Hay una frase atribuida a Aristófanes que ha sobrevivido al paso de los siglos:
«La juventud pasa, la inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación y la embriaguez con la sobriedad; pero la estupidez dura para siempre.»
Sea o no auténtica su autoría, la reflexión conserva una vigencia inquietante. El ser humano puede corregir sus errores cuando acepta aprender. Puede abandonar la ignorancia mediante el conocimiento y vencer la inmadurez con la experiencia. Lo verdaderamente peligroso comienza cuando decide renunciar al pensamiento crítico. En ese instante deja de ser víctima de las circunstancias para convertirse en cómplice de ellas.
Escribo estas líneas pensando en las futuras generaciones de venezolanos, porque los pueblos que olvidan su historia terminan condenados a repetirla.
El CIRCO DESPUÉS DEL TERREMOTO.
Los terremotos duran apenas unos minutos.
Sus consecuencias pueden prolongarse durante décadas.
La tarde del 24 de junio de 2026, la tierra estremeció el norte de Venezuela con una violencia que dejó tras de sí edificios colapsados, familias rotas y comunidades enteras enfrentadas al dolor y la incertidumbre. La naturaleza hizo lo que la naturaleza hace: recordó, una vez más, que el ser humano nunca termina de dominarla.
Pero cuando el suelo dejó de temblar, comenzó otro espectáculo. No hablo de un circo levantado para aliviar el sufrimiento de los niños que quedaron huérfanos, ni de una carpa llena de animales, payasos y acróbatas destinada a ofrecer un momento de esperanza y alegría entre los escombros.
Me refiero a otro tipo de circo. Al Circo que, en mi opinión, el poder usurpador en Venezuela ha perfeccionado durante años: un escenario donde cada tragedia se convierte en propaganda, cada desastre en una oportunidad política y cada cámara en un reflector dirigido, no hacia las víctimas, sino hacia quienes buscan controlar el relato de los acontecimientos.
Mientras miles de venezolanos buscaban respuestas entre el polvo y el concreto, la maquinaria de la dictadura cívico-militar de Venezuela comunicacional ya trabajaba para construir una narrativa qué le favoreciera.
Porque las dictaduras —y esta es una opinión compartida por numerosos analistas políticos— no solo administran el poder; también intentan administrar la verdad.
La propaganda posee una virtud extraordinaria: no necesita resolver los problemas. Le basta con convencer a una parte de la población de que los problemas siempre son culpa de otro.
Ese ha sido, durante años, uno de los pilares del discurso oficial venezolano: trasladar la responsabilidad hacia enemigos externos mientras el debate sobre las responsabilidades internas queda relegado a un segundo plano. Sin embargo, los terremotos no distinguen ideologías.
Tampoco aceptan discursos. Cuando un edificio resiste, habla la ingeniería.Cuando se desploma, también.
Y allí comienza la verdadera discusión que un país serio debería sostener: ¿Quién fuen el responsable por la calidad en la construcción de esos edificios de la misión vivienda en Venezuela? ¿Quién tenía la responsable de la transparencia en el uso de los recursos públicos, la planificación urbana, el mantenimiento de la infraestructura y la capacidad del Estado para proteger a sus ciudadanos?
Las catástrofes naturales son inevitables.
«Las catástrofes institucionales no»
La naturaleza puede provocar un terremoto.
La corrupción, la improvisación y la ausencia de controles eficaces —cuando existen y pueden demostrarse— pueden amplificar sus consecuencias.
Y esa diferencia jamás debería quedar sepultada bajo el ruido del espectáculo del circo que armo la dictadura de los hermanos Rodríguez.
Porque el verdadero drama no termina cuando las cámaras se apagan. Empieza cuando los reflectores del circo sustituyen la obligación de rendir cuentas.
Pero, en medio de la tragedia, ocurrió algo que ningún aparato de propaganda del interinato usurpador pudo ocultar. Cuando los edificios se desplomaron y el polvo cubría las calles, no fueron los discursos los que removieron los escombros, ni menos aún los Militares Venezolanos, Fueron los ciudadanos.
Hombres y mujeres anónimos; vecinos que apenas unas horas antes compartían un saludo cotidiano; jóvenes, obreros, médicos, enfermeras, voluntarios y hasta adolescentes que, sin esperar una orden, comprendieron que el tiempo no se mide con relojes cuando una vida permanece sepultada bajo toneladas de concreto.
Mientras algunos buscaban cámaras para hacer proselitismo político para proyectar una imagen de eficiencia y de buen gobierno ante el mundo, otros buscaban sobrevivientes.
Mientras el poder organizaba declaraciones, el pueblo organizaba cadenas humanas.
Mientras la propaganda intentaba escribir un relato, miles de venezolanos escribían una historia infinitamente más digna: la de la solidaridad espontánea. Porque hay momentos en que una nación descubre quiénes son sus verdaderos héroes.
No siempre llevan uniforme. No siempre ocupan un cargo en un despacho público. No siempre aparecen en las cadenas oficiales.
Muchas veces llegan cubiertos de polvo, con las manos ensangrentadas, sin más herramienta que una pala viejas prestada y la firme decisión de no abandonar a quien todavía respira bajo los escombros.
Aquellos días dejaron, a mi juicio, una de las imágenes más elocuentes de la Venezuela contemporánea: un pueblo que parecía rescatarse a sí mismo mientras cuestionaba la capacidad de sus instituciones para responder con la rapidez y eficacia que una tragedia de semejante magnitud exigía.
Como si fuese poco la insolencia devlas instituciones del Estado Venezolano, Diversas organizaciones humanitarias, voluntarios y sectores de la sociedad civil denunciaron dificultades para coordinar esfuerzos y canalizar ayuda de la manera mas rápida posible. Cuando la prioridad debía ser salvar vidas, demasiadas energías parecían consumirse en el control de la información y en la administración del relato político para poder permitir la entrada de esa ayuda humanitarias de recatistas internacionale.
Pero la solidaridad posee una virtud que ningún régimen puede decretar ni confiscar.
Cruza barricadas.
Atravesa fronteras.
Ignora consignas.
Y termina encontrando el camino.
Porque los pueblos pueden ser empobrecidos, perseguidos o silenciados durante un tiempo; lo que resulta mucho más difícil es impedir que se tiendan la mano cuando la tragedia llama a sus puertas. Quizá esa sea la mayor derrota de cualquier proyecto autoritario: descubrir que, cuando el Estado falla, la conciencia colectiva todavía es capaz de levantar un país desde los escombros.
Epílogo
Las dictaduras siempre han creído que pueden escribir la historia. Controlan micrófonos, censuran periódicos, reescriben libros y fabrican héroes de utilería. Confunden el silencio con el consenso y la propaganda con la verdad.
Pero existe un adversario al que ningún régimen ha logrado derrotar: la memoria de un pueblo.
Los escombros de un terremoto pueden retirarse con maquinaria y lanzarlos al mar como lo están haciendo. Los escombros de la corrupción permanecen durante generaciones, porque no destruyen únicamente edificios; destruyen la confianza, el futuro y la esperanza de millones de Venezuelanos.
Si aquellos días dejaron una lección imborrable, fue esta: mientras el discurso oficial buscaba administrar el relato de la tragedia, fueron ciudadanos comunes quienes administraron la esperanza. Mientras unos hablaban ante las cámaras, otros excavaban con las manos ya sin uñas en sus dedos por el esfuerzo. Mientras unos protegían su imagen, otros protegían vidas.
Quizá ese sea el mayor fracaso de cualquier poder que pretenda sustituir la conciencia de una nación: descubrir que, cuando el Estado deja de cumplir su deber, la sociedad encuentra la fuerza para levantarse sola.
Y tal vez, algún día, la historia sea implacable con todos. Porque los pueblos no recuerdan para siempre a quienes ocuparon el poder.
Recuerdan, sobre todo, a quienes estuvieron presentes cuando más los necesitaban… y a quienes brillaron por su ausencia. Después de todo, quizá el mayor mérito que algunos gobernantes puedan exhibir ante la historia no sea haber reconstruido un país, sino haber conseguido que millones de ciudadanos aprendieran a sobrevivir sin el Estado que juró protegerlos. Y cuando llegue el momento de escribir el último capítulo, será la historia —esa que nunca acepta censores— la que dicte el veredicto final de justicia. Porque las dictaduras pueden intentar escribir la historia, pero jamás podrán decidir quién termina escribiendo su epitafio.
Mi única recomendación editorial sería que los amantes de la verdad de lo que realmente sucede en Venezuela, no se detengan aqui. Y en cada texto que escribimos seamos la voz eterna de un pueblo dolido en lo mas profundo de su corazón.
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