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«EL AGUIJÓN». La encrucijada de la soberanía: ¿Administración foránea o república rescatada? Por: Arturo Molina

La historia de las naciones rara vez sigue líneas rectas, pero Venezuela se desliza hoy por una

espiral de desgaste que ha desdibujado los cimientos de la República. Tras 27 años de una gestión que se llamó a sí misma «revolucionaria» y que ha devenido en un ejercicio de sobrevivencia institucional, los venezolanos enfrentamos un espejo distorsionado. El cansancio no es solo fatiga; es un agotamiento moral frente a una clase política —oficialismo y oposición acomodaticia por igual— que ha hecho de la esperanza ciudadana una moneda de cambio.

En este páramo, surge la tentación de ver con buenos ojos una integración forzada o una tutela externa. Es la propuesta de quien, viendo su casa en llamas, prefiere entregar las llaves a un vecino poderoso con la esperanza de que, al menos, el fuego se detenga.

Sin embargo, al analizar la realidad política de Washington se puede percibir que no se mueve por filantropía, sino por intereses estratégicos. El interés estadounidense en Venezuela

—energía y estabilidad geopolítica— es innegable. Bajo el actual diseño de «tutelaje», lo que se fragua no es una anexión que otorgue derechos plenos o ciudadanía, sino una gestión de activos. Es una externalización de la administración del país para garantizar la fluidez de recursos, manteniendo a Venezuela en un limbo jurídico: una soberanía nominal que, en la práctica, es una servidumbre administrativa.

¿Es esto una solución? Para el burócrata en Washington, es una jugada de bajo costo y alta rentabilidad. Para la República, es la receta del desastre. La exclusión tajante de actores con capital electoral real —un error estratégico de proporciones monumentales— para dialogar únicamente con facciones dispuestas a ceder bajo la sombra de la conveniencia, no garantiza estabilidad; garantiza el conflicto permanente. Cualquier acuerdo que nazca de la exclusión está condenado a la precariedad.

El axioma que las élites pretenden ignorar (para su beneficio) es que la estabilidad no se decreta; se construye sobre un contrato social legítimo. Si el propósito del diseño actual es estabilizar el país para «ordenar» la explotación de recursos ignorando la voluntad soberana, se está repitiendo el mismo vicio que se critica al régimen actual: tratar al país como un botín, no como una nación de ciudadanos.

La dignidad de una República no reside en la bandera que la cobija, sino en su capacidad de autogobierno. Entregar nuestra soberanía, ya sea por cansancio o por cálculo político, es renunciar a la posibilidad de construir un sistema donde el ciudadano sea el centro, no el activo energético.

Nuestra prioridad no es buscar un nuevo «tutelante» que nos administre la crisis, sino reconstruir la infraestructura política que nos permita reclamar nuestra propia voz. El futuro de Venezuela no debe decidirse en la repartición de «bocadillos» estratégicos entre potencias y élites excluyentes. Venezuela merece más que una transición tutelada; merece la oportunidad, acaso la última, de reencontrarse con su propia libertad, rescatando la República del secuestro al que ha sido sometida por quienes la desmantelan desde dentro y por quienes, desde afuera, pretenden diseñar a su antojo.

Arturo Molina @jarturomolina1

www.jarturomolina1.blogspot.com jarturomolina@gmail.com

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