Cuando el pensamiento del hombre público —llamado a ser garante de la justicia de un Estado— se deja dominar por la vanidad y la codicia, la excesiva confianza de un pueblo dócil y humilde termina sumergiéndolo en la pobreza extrema y entregándolo en manos de sus propios y verdaderos verdugos.
ÉRASE UNA VEZ… Y AÚN LO ES: UN PAÍS CON LA ESTRUCTURA CRIMINAL MÁS GRANDE Y COMPLEJA DEL MUNDO
Comienzo el título de mi columna con la célebre fórmula «Érase una vez…» para traer a la mente de nuestros apreciados lectores una idea central: Venezuela fue alguna vez un país grande y próspero.
Esta frase no fue inventada por Disney ni pertenece a un escritor específico. Proviene de la antigua tradición oral: los narradores la utilizaban para indicar que la historia había ocurrido en un pasado remoto e indeterminado, fuera del tiempo histórico.
La palabra «érase» está formada por «era», del verbo ser —empleado aquí con el sentido de haber o existir—, y el pronombre «se», añadido al verbo y conservado como parte de esta fórmula tradicional.
Por eso, «Érase una vez una princesa» equivale a decir «Había una vez una princesa» o «En cierto tiempo existió una princesa». La «Real Academia Española» (https://www.rae.es/dpd/ser) la reconoce como una expresión tradicional y fosilizada con la que suelen comenzar los cuentos.
La fórmula se hizo especialmente famosa cuando las historias procedentes de la tradición oral comenzaron a publicarse. Charles Perrault utilizó en francés «Il était une fois…» en sus cuentos de 1697, como puede comprobarse en su versión de Caperucita Roja conservada por la «Biblioteca Nacional de Francia» (https://essentiels.bnf.fr/fr/extrait/480f5ae7-1b44-40f2-bde5-c82898924f80-petit-chaperon-rouge-charles-perrault). Posteriormente, la misma idea apareció en los cuentos de los hermanos Grimm.
En otros idiomas encontramos fórmulas equivalentes: en inglés, Once upon a time…; en francés, Il était une fois…; en alemán, Es war einmal…; y, en italiano, C’era una volta…
En pocas palabras, «Érase una vez…» es una antigua puerta verbal que le avisa al oyente: «Ahora vamos a entrar en el mundo de la imaginación».
Pero, en el caso de Venezuela, la imaginación se queda corta. La realidad venezolana ha ido mucho más allá de aquello que la mente humana podría considerar posible. Cuesta creerlo, pero es totalmente cierto: a mi juicio, Venezuela pasará a la historia como el país con la estructura criminal más grande y compleja del mundo instalada dentro de sus propios órganos de la administración pública.
«Venezuela se arregló» es la matriz de opinión que está de moda. Yo diría que sí: ¡Venezuela se arregló… pero únicamente para quienes se benefician de sus riquezas!
En mi país existe un dicho muy popular: «Cuando no te agarra el Chingo, te agarra el Sin Nariz». Este refrán describe una situación en la cual una persona queda atrapada, sin salida, entre dos problemas iguales o peores. Se emplea cuando cualquier decisión o camino conduce a un mal resultado, muchas veces peor que el primero.
«Una versión muy difundida» (https://www.elimpulso.com/2017/04/27/chingo-sin-nariz/) sitúa su origen en los tiempos de la Guerra Federal venezolana. Se cuenta que existieron dos hombres armados, temidos por su crueldad: uno carecía de una mano —el Chingo— y el otro no tenía nariz —el Sin Nariz—. Caer en manos de cualquiera de los dos representaba el mismo peligro.
De allí que el venezolano utilice tanto este refrán cuando logra salir de una crisis, pero inmediatamente cae en otra igual o peor, sin posibilidades de regresar atrás. En otras palabras: cuando un problema solamente es sustituido por otro problema.
Precisamente por eso considero que debemos recordar y transmitir a las futuras generaciones las dificultades y vicisitudes que enfrentó nuestro país para llegar a convertirse en una República independiente. No podemos entender los acontecimientos políticos actuales si antes no conocemos el camino histórico que nos condujo hasta ellos.
Venezuela, desde sus inicios como República, enfrentó una serie de dificultades que terminaron moldeando su comportamiento institucional y sembrando una cultura de corrupción gubernamental casi infinita.
Durante la Guerra Federal, entre 1859 y 1863, el país sufrió una crisis extrema. El colapso de la economía, la destrucción del campo y la anarquía general llevaron a muchos ciudadanos a desilusionarse de la República. La desesperación alcanzó tal magnitud que no faltaron quienes llegaron a pensar que la vida habría sido mejor bajo el orden y la estabilidad de la época colonial española.
Las causas de aquella desilusión popular fueron profundas.
Primero, la ruina total del campo: los incendios, los saqueos y el abandono de las actividades agrícolas destruyeron gran parte de la producción de los llanos.
Segundo, la miseria y la muerte: aunque no existe una cifra absolutamente precisa, algunas estimaciones históricas sitúan entre 150.000 y 200.000 las muertes relacionadas con el conflicto y sus consecuencias, dentro de una población que apenas alcanzaba aproximadamente 1.800.000 habitantes, según la «Fundación Empresas Polar» (https://bibliofep.fundacionempresaspolar.org/dhv/entradas/g/guerra-federal/).
Tercero, la inestabilidad política permanente: la ausencia de un gobierno firme trajo consigo saqueos, violencia y pillaje continuo en las provincias.
Y, finalmente, las promesas republicanas incumplidas: la independencia no mejoró sustancialmente la vida de los campesinos ni de los antiguos soldados, quienes continuaron sumergidos en la pobreza.
Todo aquello fue generando una forma de comportamiento corrupto dentro de las jóvenes instituciones públicas del recién nacido Estado venezolano. La estructura que hoy denunciamos no surgió de la noche a la mañana: fue creciendo, transformándose y perfeccionándose hasta convertir la corrupción en método de gobierno y el delito en instrumento de poder.
Con ese antecedente histórico llegamos al presente.
En los últimos meses hemos presenciado lo que ha sido presentado como el primer acuerdo entre representantes de dos Asambleas Nacionales de un mismo país. ¡Algo quizá nunca visto en la historia republicana de país alguno sobre este planeta!
En dicho acuerdo se anunció una renovación integral del Tribunal Supremo de Justicia. El documento fue firmado por Jorge Rodríguez, en representación del poder establecido, y por Dinorah Figuera, como presidenta de la Asamblea Nacional de 2015, según la información publicada sobre las «negociaciones y la renovación del Tribunal Supremo» (https://elpais.com/america/2026-08-13/el-chavismo-y-la-oposicion-venezolana-acuerdan-renovar-a-todos-los-magistrados-del-supremo.html).
Sin embargo, desde el punto de vista de la legitimidad, permanece una pregunta fundamental: ¿a cuál tribunal pretenden reconocer?
¿Al tribunal designado a dedo por la cúpula chavista y ahora rodriguista, al que denominaré —para no confundir al lector— el Tribunal del Eje del Mal?
¿O al tribunal legítimo que se encuentra en el exilio, al que llamaré el Tribunal del Eje del Bien?
Paralelamente, hemos visto cómo las redes sociales se han encendido contra una serie de influencers, señalados como cómplices de la dictadura venezolana por haber regresado al país. Se les acusa de lavarle la cara al gobierno de facto, contribuir con la propaganda gubernamental de la tiranía y pretender hacerle creer al mundo que en Venezuela existe un verdadero Estado de derecho y que se respeta la dignidad humana.
Todos sabemos que eso constituye una total e inmensa mentira.
Pero, bueno, no entraré nuevamente en detalles que ya he abordado suficientemente en otras columnas informativas.
También hemos visto, ya con muy poco estupor —porque a estas alturas casi nada sorprende—, cómo Jorge Rodríguez, a quien considero una pieza esencial de la estructura criminal que denuncio, afirma haber derrotado la inflación. Al mismo tiempo, sale a desmentir a uno de sus propios diputados —elegido a dedo por esa misma estructura—, quien aseguró públicamente que Venezuela sería dolarizada y que se había firmado un acuerdo con Steve Hanke.
Ahora bien, ustedes se preguntarán: ¿quién diablos es Steve Hanke?
Para ponerlos en contexto, Hanke es un economista estadounidense y profesor de Economía Aplicada en la Universidad Johns Hopkins, donde fundó y codirige el Instituto de Economía Aplicada, Salud Global y Estudio de la Empresa.
Es conocido principalmente por estudiar la inflación y la hiperinflación; defender la dolarización de países cuyas monedas se encuentran profundamente deterioradas; y promover juntas monetarias, mecanismos que obligan a respaldar la moneda nacional con dólares u otra divisa fuerte.
Además, fue economista sénior del Consejo de Asesores Económicos del presidente Ronald Reagan y asesoró a distintos gobiernos. En Venezuela trabajó como asesor del presidente Rafael Caldera en materia de reforma monetaria entre 1995 y 1996, aunque su propuesta no consiguió el respaldo necesario. Estos antecedentes aparecen en su «perfil de la Universidad Johns Hopkins» (https://sites.krieger.jhu.edu/iae/about/co-directors/).
Hanke vuelve ahora a ser noticia porque, según informó «Fortune el 20 de agosto de 2026» (https://fortune.com/2026/08/20/venezuela-steve-hanke-hyperinflation-dollarization-money-doctor/), fue nombrado asesor especial en asuntos económicos, monetarios y energéticos para la oficina de un dirigente de la Asamblea Nacional venezolana. Asimismo, trabaja estrechamente con el diputado Antonio Ecarri en una propuesta radical: eliminar el bolívar, adoptar oficialmente el dólar y cerrar el Banco Central de Venezuela.
En pocas palabras, Steve Hanke no es un improvisado, sino un especialista reconocido internacionalmente en crisis monetarias. También es un firme defensor del libre mercado y de la dolarización. Sus propuestas son respetadas por algunos economistas y fuertemente discutidas por otros.
Sus partidarios sostienen que la dolarización estabilizaría los precios y frenaría la emisión descontrolada de dinero. Sus críticos advierten que Venezuela perdería el control de su propia política monetaria.
Pero precisamente allí se encuentra el punto que parece incomodar a tantos: esa pérdida de discrecionalidad también les quitaría al generalato y a buena parte de la administración pública el manejo de la emisión monetaria, del diferencial cambiario y de los innumerables «guisos» construidos alrededor de ambos; incluidos, claro está, los hermanos Rodríguez y Diosdado Cabello.
Y así regresamos al comienzo de esta historia.
Érase una vez un país grande y próspero. Hoy, sin embargo, aún lo es en el sentido más trágico de mi título: continúa siendo un país sometido a una estructura criminal gigantesca y compleja, instalada dentro de los mismos órganos que deberían garantizar la justicia.
Cambian los nombres, cambian las consignas, cambian los uniformes y hasta pretenden cambiar la moneda; pero la estructura permanece.
Mientras esa estructura permanezca, al venezolano lo soltará el Chingo únicamente para entregarlo en manos del Sin Nariz. Porque la desgracia de una nación no comienza el día en que sus verdugos llegan al poder, sino el día en que un pueblo, por docilidad, cansancio o exceso de confianza, termina creyendo que esos mismos verdugos han venido a salvarlo.
¡Érase una vez Venezuela… y aún lo es!
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