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PREFACIO. «Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía».

Esta frase forma parte de la performance feminista Un violador en tu camino, creada por el colectivo chileno Las Tesis en 2019.

¡EL VIOLADOR ERES TÚ!
«Y LA CULPA NO ERA MÍA, NI DÓNDE ESTABA NI CÓMO VESTÍA»
El violador es y seguirá siendo cada una de las personas que formaron parte de la estructura criminal que se consolidó en el poder en Venezuela durante la era chavista, luego en la etapa madurista y ahora, si se quiere, en la etapa rodriguista.

La letra completa de esta performance feminista denuncia la tendencia a responsabilizar a las víctimas de agresiones sexuales por su comportamiento, su forma de vestir o el lugar donde se encontraban. El mensaje central es que la responsabilidad de una agresión recae únicamente sobre quien la comete.

La consigna se hizo viral y fue replicada en numerosos países. Uno de sus fragmentos más conocidos dice:
«Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía. El violador eres tú.» Desde entonces, la frase se convirtió en un símbolo de protesta contra la violencia sexual y contra la culpabilización de las víctimas.

Al parecer, y ciertamente así pretenden hacerlo ver, los hermanos Rodríguez, Diosdado Cabello y los integrantes de las estructuras de poder asociadas al denominado Cartel de los Soles quieren convencer al mundo, y sobre todo al pueblo venezolano, de que la culpa nunca fue de ellos.

Sin embargo, resulta imposible ignorar la inmensa cantidad de testimonios, denuncias, informes y material audiovisual que muestran cómo quienes ocuparon y aún ocupan posiciones de poder dentro del aparato estatal venezolano han sido señalados por graves violaciones de derechos humanos, incluyendo asesinatos, desapariciones forzadas, torturas y la expulsión masiva de millones de venezolanos hacia el exilio.

Porque, según la nueva narrativa oficial, Delcy Rodríguez, Jorge Rodríguez, Diosdado Cabello y buena parte de la cúpula militar venezolana parecen haber despertado una mañana afectados por un extraño caso de amnesia selectiva.
Durante más de dos décadas controlaron ministerios, gobernaciones, tribunales, cuerpos de seguridad, presupuestos, empresas del Estado, puertos, aeropuertos y hasta el último tornillo de la administración pública; sin embargo, ahora pretenden convencer al país de que vivieron todo ese tiempo como simples turistas observando los acontecimientos desde la ventana de un autobús.

Según esa versión, nadie vio nada, nadie escuchó nada y nadie sabía nada. Una especie de milagro político jamás registrado por la ciencia: un gobierno omnipresente que estaba en todas partes, excepto donde ocurrían los problemas.

Si esta tesis fuera cierta, no estaríamos ante una estructura de poder, sino ante la organización más incompetente de la historia contemporánea.
Una conveniente amnesia colectiva que pretende hacer creer que los responsables de los hechos son precisamente quienes los padecieron.
Lo único que falta es que los hermanos Rodríguez y toda su nefasta cúpula de poder salgan bailando y cantando, tal como lo hicieron las integrantes del colectivo chileno Las Tesis, repitiendo al unísono:

«Y la culpa no era mía…»
Porque, después de todo, parece que ahora nadie tuvo responsabilidad alguna en nada de lo ocurrido durante los últimos veinticinco años.

SE DA INICIO EN TODAS LAS REDES SOCIALES A LA ESTRATEGIA:
«VAMOS A HACERNOS LOS LOCOS»

Al parecer, esta nueva estrategia comunicacional consiste en convencer a la opinión pública de que los militares venezolanos están combatiendo la minería ilegal para proteger las reservas forestales del país.

Sin embargo, durante más de dos décadas no hicieron absolutamente nada para impedir la devastación ambiental que hoy dicen combatir.
Lo que estamos observando no parece ser el desmantelamiento de las estructuras ilegales, sino la sustitución de unos actores por otros.
Ahora resulta que los mismos guardianes que durante años contemplaron el incendio sentados frente a la fogata vienen a presentarse como heroicos bomberos ambientales.

Durante más de dos décadas observaron cómo la selva era devorada por la minería ilegal, cómo los ríos se contaminaban y cómo grupos armados extendían su influencia por amplias zonas del territorio nacional.
Pero, de repente, descubrieron la biodiversidad.

De un día para otro se enamoraron de los árboles, escucharon el canto de los pájaros y desarrollaron una profunda preocupación por el equilibrio ecológico. La velocidad de esa conversión ecológica solo puede compararse con la de un pirata que, después de repartir el botín durante décadas, decide fundar una escuela de ética naval.

Ahora nos quieren hacer creer que están desalojando a los mineros ilegales, a miembros del Tren de Aragua, al ELN y a grupos armados colombianos por una súbita preocupación ambiental. Pero la pregunta sigue siendo inevitable:

¿Dónde estaban durante los últimos veinticuatro años? ¿Quién permitió el establecimiento y crecimiento de esas organizaciones en territorios bajo soberanía venezolana?
¿Quién permitió la destrucción ambiental de extensas zonas del sur del país?

La respuesta parece tan incómoda como evidente. Resulta difícil sostener que semejante nivel de actividad ilegal pudo desarrollarse durante décadas sin algún grado de tolerancia, complicidad o indiferencia por parte de quienes ejercían el monopolio de la fuerza y el control territorial.
Ahora, casualmente, aparecen operativos, despliegues militares y discursos ambientalistas.
Y es allí donde surge otra interrogante:

¿Estamos realmente ante una política de recuperación ambiental o simplemente frente a una reorganización de los actores que participarán en la explotación de esos recursos?

Porque el pueblo venezolano ya ha escuchado demasiadas promesas.
Promesas petroleras.
Promesas mineras.
Promesas agrícolas.
Promesas industriales.
Y, sin embargo, la riqueza nacional continúa desapareciendo mientras la pobreza se multiplica.

Si la explotación de los recursos naturales no se traduce en hospitales, escuelas, carreteras, seguridad jurídica, servicios públicos eficientes y mejores condiciones de vida para los ciudadanos, entonces el resultado seguirá siendo exactamente el mismo: riqueza para unos pocos y miseria para la mayoría.

Los militares y los hermanos Rodríguez pretenden hacer ver ante el mundo que tenían las manos atadas y que no era su función preservar la biodiversidad ambiental ni proteger las reservas forestales del país.
Pero esa afirmación contradice abiertamente el marco jurídico venezolano.

La protección del ambiente, la defensa de los recursos naturales y la preservación del patrimonio ecológico nacional forman parte de las obligaciones constitucionales y legales del Estado venezolano y de sus instituciones.
Nunca actuaron porque, sencillamente, no quisieron actuar.
O porque hacerlo habría afectado intereses que durante años resultaron demasiado rentables.

MARCO LEGAL QUE LO ESTABLECE.

La actuación de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) en esta materia se sustenta en diversas normas constitucionales y legales:
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela: El artículo 127 establece como derecho y deber de cada generación proteger y mantener el ambiente. Asimismo, el artículo 326 consagra el principio de corresponsabilidad entre el Estado y la sociedad, incorporando la protección ambiental dentro del concepto de seguridad integral de la Nación.

Ley Orgánica de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (LOFANB): Establece la participación de la FANB en el desarrollo integral del país y en la preservación del ambiente.

Ley Orgánica de Seguridad de la Nación: Incluye la protección de los recursos naturales y del medio ambiente como elementos fundamentales de la seguridad nacional.
Ley de Bosques: Regula la conservación, protección y aprovechamiento racional del patrimonio forestal venezolano.

Ley Forestal de Suelos y de Aguas: Otorga competencias para la protección de los recursos naturales, la prevención de daños ambientales y la conservación de ecosistemas estratégicos.

Por lo tanto, si durante años se permitió la destrucción ambiental, la minería ilegal y la presencia de grupos armados en amplias zonas del territorio nacional, resulta legítimo preguntarse quiénes tenían la responsabilidad legal de impedirlo y por qué nunca lo hicieron.
Lo verdaderamente extraordinario no es que intenten reescribir la historia.

Todos los regímenes lo intentan.
Lo extraordinario es la convicción con la que pretenden vender la idea de que el naufragio ocurrió sin capitán, que el incendio apareció sin pirómanos y que el saqueo se produjo sin saqueadores.

Después de gobernar durante más de dos décadas, ahora quieren aparecer como simples espectadores de una obra cuyos protagonistas fueron ellos mismos. Es la vieja estrategia del ladrón que regresa al lugar de los hechos vestido de investigador, toma notas, sacude la cabeza con indignación y pregunta solemnemente:
—¿Pero quién pudo haber hecho algo tan terrible?
Y mientras tanto, desde algún despacho oficial, pareciera escucharse el coro una vez más:
«Y la culpa no era mía, ni dónde estaba ni cómo vestía…»
Porque en la nueva versión de los hechos, los culpables nunca son los culpables.
Y los responsables siempre resultan ser las víctimas.

George L. Fereira.

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