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¿Puede Venezuela ser un gran país sin correo? Por Dayana Cristina Duzoglou L.

¿Puede Venezuela ser un gran país sin correo?

«Los países grandes no se construyen solamente con recursos naturales; se construyen con sistemas capaces de transformar esos recursos en oportunidades para sus ciudadanos.»

Hay preguntas que parecen demasiado pequeñas para explicar problemas demasiado grandes.

Esta es una de ellas: ¿qué tiene que ver un cartero entregando una carta con la riqueza de un país?

En pleno siglo XXI, cuando un mensaje puede llegar al otro lado del mundo en segundos, hablar de correo puede parecer una conversación antigua. Muchos podrían pensar que un sistema postal pertenece a una época superada, una reliquia de cuando las personas escribían cartas a mano y esperaban días para recibir una respuesta.

Pero esa visión desconoce algo fundamental: el correo nunca fue solamente una herramienta para transportar sobres. Fue una de las primeras grandes redes de conexión creadas por los Estados modernos. Fue una forma de unir territorios, organizar poblaciones, facilitar intercambios comerciales y acercar ciudadanos e instituciones.

Por eso, la pregunta no es realmente si Venezuela necesita cartas. La pregunta es mucho más profunda:

¿Puede un país aspirar a ser desarrollado cuando pierde las redes invisibles que permiten que una sociedad funcione?

Porque detrás de un sistema postal eficiente hay mucho más que una oficina y un empleado repartiendo correspondencia. Hay una cultura de organización, una geografía conocida, una logística nacional, una capacidad de planificación y, sobre todo, algo indispensable para cualquier economía moderna: confianza.

El correo como símbolo de un país que funciona

Los países prósperos tienen una característica que muchas veces pasa desapercibida: funcionan. Así de simple. Sus ciudadanos no tienen que pensar diariamente en cómo resolver lo básico. Una persona puede enviar un documento, recibir un paquete, registrar una empresa, comprar un producto por internet o trasladar una mercancía porque existe una red de instituciones que hace posible esa actividad.

La prosperidad no aparece únicamente cuando una nación tiene petróleo, minerales o grandes industrias. Aparece cuando existen sistemas capaces de conectar personas, empresas y oportunidades.

La logística es una de las fuerzas invisibles que sostienen la economía mundial. El comercio electrónico, por ejemplo, no funciona solamente porque existe internet. Una compra realizada desde un teléfono necesita almacenes, sistemas de clasificación, transporte, seguimiento y entrega. La tecnología permite ordenar un producto; la logística permite que llegue.

Por eso empresas como Amazon, grandes plataformas comerciales y miles de pequeños emprendimientos digitales dependen de redes físicas altamente organizadas.

Un emprendedor en una pequeña ciudad puede competir con una empresa mucho más grande si tiene acceso a internet, pagos digitales y una cadena logística eficiente. Pero cuando esa conexión desaparece, la distancia vuelve a convertirse en una barrera económica.

La falta de logística no solamente dificulta enviar paquetes. Limita oportunidades.

IPOSTEL y una Venezuela que todavía pensaba en construir instituciones

Venezuela no siempre estuvo desconectada de esta visión. En 1978, durante la transición entre los gobiernos de Carlos Andrés Pérez y Luis Herrera Campíns, se creó formalmente el Instituto Postal Telegráfico de Venezuela (IPOSTEL), como parte de un esfuerzo por modernizar y organizar los servicios postales y telegráficos del país.

La creación de IPOSTEL ocurrió en una Venezuela que, con todos sus problemas, todavía tenía una visión de construcción institucional. La idea detrás de estos organismos era que un país no podía depender eternamente de improvisaciones; necesitaba estructuras permanentes capaces de servir a varias generaciones.

Esa era la lógica de los países que miraban hacia el futuro: construir instituciones que continuaran funcionando aunque cambiaran los gobiernos.

Un sistema postal nacional no era considerado un gasto innecesario. Era parte de la infraestructura de la República.

Con el paso de los años, sin embargo, esa visión fue debilitándose. La llegada de nuevas tecnologías redujo el uso tradicional de cartas, pero muchos países transformaron sus servicios postales para adaptarlos a la nueva economía.

En Venezuela ocurrió lo contrario: la politización de las instituciones, la falta de inversión, el deterioro de la gestión y la pérdida de capacidad operativa fueron debilitando progresivamente una estructura que pudo haber evolucionado hacia una moderna red logística nacional.

El problema no fue que existiera un correo público. El problema fue dejar de entender que incluso las instituciones públicas necesitan eficiencia, innovación y buena administración.

¿Cómo habría ayudado un IPOSTEL moderno después de un terremoto?

Esta pregunta adquiere una dimensión especialmente importante para Venezuela, un país que, después de haber vivido una tragedia que todavía enluta a buena parte de la nación, necesita aprender no solo a reaccionar ante la emergencia, sino también a prepararse para enfrentar el futuro con mayor previsión y capacidad.

Un terremoto no destruye únicamente edificios. También destruye organización, capacidad de coordinación, información y memoria institucional. Después de una emergencia, una de las mayores dificultades es saber dónde están las personas, qué comunidades están afectadas, cómo distribuir ayuda y cómo restablecer rápidamente la normalidad.

Un sistema postal moderno habría podido ser una herramienta fundamental de resiliencia nacional, continuidad operativa y reconstrucción.

Una red postal requiere algo que parece sencillo, pero que es extraordinariamente valioso: saber dónde vive la gente. Los códigos postales, los sistemas de dirección organizados y las bases territoriales actualizadas permiten planificar mejor una respuesta ante una emergencia.

Después de un desastre, esa información puede marcar la diferencia entre una ayuda que llega rápido y una ayuda que queda atrapada en la desorganización.

Además, un correo moderno posee algo que cualquier operación humanitaria necesita: logística. Centros de distribución, rutas establecidas, personal capacitado, vehículos y sistemas de seguimiento.

La misma infraestructura utilizada para transportar documentos y mercancías puede adaptarse para movilizar medicinas, alimentos y suministros esenciales.

Países como Japón, que viven constantemente bajo la amenaza de terremotos, no dependen únicamente de la solidaridad de sus ciudadanos. Dependen de sistemas preparados. Su servicio postal forma parte de la infraestructura nacional que permite mantener la comunicación, restablecer operaciones y apoyar la distribución de servicios esenciales cuando las comunidades quedan aisladas.

En una crisis, el correo deja de ser un simple servicio de correspondencia y se convierte en una herramienta de conexión, organización y recuperación nacional.

Cuando una ideología reemplaza la gestión, las instituciones pierden capacidad

Aquí aparece una reflexión incómoda para Venezuela. Durante años, muchas instituciones fueron evaluadas más por su importancia política que por su capacidad técnica. En modelos altamente centralizados, donde el Estado concentra numerosas funciones económicas y administrativas, existe el riesgo de que la eficiencia quede subordinada a la lealtad política.

El problema no es que un servicio sea público. Muchos países desarrollados tienen empresas e instituciones públicas exitosas. El problema aparece cuando la gestión profesional es sustituida por improvisación, cuando la planificación desaparece y cuando mantener una institución funcionando deja de ser una prioridad.

Un país no puede avanzar si cada generación debe comenzar desde cero. Las naciones desarrolladas acumulan conocimiento. Conservan instituciones. Mejoran lo que recibieron.

Las naciones que retroceden destruyen capacidades construidas durante décadas y luego deben reconstruirlas con enormes costos.

Venezuela no necesita solamente recuperar un correo. Necesita recuperar la mentalidad de que las instituciones importan.

Un correo moderno para una Venezuela moderna

Tal vez la verdadera pregunta no sea si Venezuela puede ser un gran país sin correo. Tal vez la pregunta sea si puede ser un gran país sin reconstruir todas esas conexiones que permiten que una sociedad funcione.

El correo es solamente un ejemplo. Un país moderno necesita carreteras, puertos, aeropuertos, satélites, sistemas digitales, educación, ciencia, seguridad jurídica y servicios eficientes. Pero también necesita algo menos visible: una red que conecte al ciudadano común con las oportunidades.

Porque el desarrollo no consiste solamente en tener riqueza. Consiste en tener la capacidad de distribuirla, multiplicarla y convertirla en bienestar.

Venezuela tiene recursos naturales extraordinarios. Tiene talento humano. Tiene una ubicación privilegiada. Pero ningún país se convierte en potencia únicamente por lo que posee. Los países grandes son aquellos que aprenden a organizar lo que tienen.

Quizás algún día, cuando Venezuela vuelva a construir un verdadero proyecto nacional, alguien mire hacia atrás y comprenda que la reconstrucción no comenzó únicamente con grandes inversiones o nuevos discursos políticos. Comenzó cuando decidimos recuperar las pequeñas instituciones que hacen posible una gran nación.

Porque un país no entra al primer mundo cuando promete grandeza. Entra cuando logra que las cosas esenciales funcionen todos los días.

Dayana Cristina Duzoglou Ledo

@dduzogloul

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