Si solo miras lo mque según el sistema te falta, ignorando por completo todo lo que ya posees en abundancia, tu existencia se reduce a una lenta y perpetua insatisfacción.
Desde el nacimiento, la arquitectura social programa al individuo para un único fin operativo: la productividad ininterrumpida.
Su valor se mide exclusivamente en su capacidad de consumo y rendimiento dentro del engranaje económico.
Quien no encaja en esa ecuación es sumariamente etiquetado como un fracasado.
Este código activa de inmediato el modo de supervivencia, canalizando toda la energía vital hacia una carencia perpetua.
Así nace el corredor de la carrera de ratas, atrapado en el mito de alcanzar una «mejor versión» que siempre está un paso más adelante.
¿Quién determinó que la plenitud consiste en esclavizar el tiempo el único recurso irrepetible a cambio de validaciones externas y vacías?
La insatisfacción se vuelve crónica:
- El peso de no poseer propiedades en zonas exclusivas.
- La incomodidad frente al transporte público en contraste con el vehículo de alta gama o la primera clase.
- La validación subordinada al logotipo de la vestimenta.
Se despliega así una gran farsa colectiva: la clase trabajadora imita a la clase media, esta aspira a la estética de la alta sociedad, y la cúspide misma finge pertenecer a una élite intangible.
Todos participan de una simulación desgastante, persiguiendo una zanahoria ilusoria dispuesta únicamente para exprimir hasta la última gota de vitalidad.
La vida transcurre bajo la promesa diferida de una felicidad pospuesta para la jubilación, mientras el presente se consume entre la culpa por un pasado inalterable y la ansiedad por un futuro incierto.
Es el código de la escasez en su máxima expresión: contemplar la propia existencia desde la barrera, sintiéndose un extra en una película ajena, cuando en realidad se es el autor, director y protagonista inconsciente.
Más allá del personaje
El error fundamental radica en confundir el rol asignado con la identidad real.
El ser humano no es su personaje, ni su avatar biológico, ni sus pensamientos, ni su nombre, linaje, credo, profesión o marcos ideológicos.
La pregunta esencial trasciende cualquier etiqueta: ¿Quién soy yo más allá de todo lo mencionado?
Despojado de constructos, el individuo no es superior ni inferior a nada; es pura consciencia preexistente. La esencia primigenia experimentando la realidad.
La existencia no es una competición ni un campo de batalla cósmico; es un espacio de auto conocimiento.
La consciencia ingresa a este plano experimentando un velo temporal en la identidad original con un propósito preciso: despertar dentro del simulador para recordar lo que siempre fue.
El objetivo no es huir, sino habitar la experiencia desde la autenticidad y el amor, liberándose de la atadura del personaje prefabricado.
Las referencias históricas de figuras como Jesucristo apuntan precisamente a ese despertar universal: recordar que la chispa de lo divino habita en el interior de cada observador.
La lección del fluir
«Eres más de lo que piensas, puedes más de lo que crees, hay más de lo que imaginas y ciertamente, Dios es mucho más de lo que te han dicho.»
Para salir de la trampa del sistema, basta con desplazar la mirada de la carencia hacia la totalidad del presente.
En el orden natural de la existencia, ninguna criatura es esclava de la economía; los recursos esenciales: el aire, la tierra, el agua no se comercializan.
Para el resto de los reinos, la vida no es un negocio: es un fluir constante.
El agua avanza sin detenerse a pelear con los obstáculos de su cauce, sin compararse con su entorno, libre de traumas, culpas o simulación.
Simplemente se despliega hasta su destino, que nunca es un final, sino una transformación.
Vivir en plenitud requiere abandonar el desgaste de la energía vital en luchas estériles y retornar al amor como estado natural del ser. Todo lo demás es ruido en la pantalla.
Estamos aquí y ahora con un sólo propósito; Amar y ser amados.
Cuando miras desde el amor tu percepción de la realidad cambia por completo.
Quitas tu enfoque de la carencia y empiezas a percibir la abundancia en tí y en todo lo que proyectas en tu realidad, porque estás reescriendo el guión de la película de tú vida de forma consciente desde tu esencia.
Es allí donde te vuelves consciente de la verdad más poderosa de todas: Todos somos uno.
Tú eres todos ellos y todos ellos son una proyección plural, diversas, infinita y eterna de ti.
Esto nos lleva a entender mucho mejor el propósito de la esencia primigenia de todo lo que es, mejor conocida por nosotros como Dios, aquel que es todo en todo, quién lo contiene todo sin que nada lo contenga a él.
Obviamente; no me estoy refiriendo a ninguna entidad adorada por Los hombres dentro del sistema y sus religiones, que dividen al ser humano con ideologías y dogmas, creando culpa, miedo y sometimiento. (obediencia ciega a estructuras gerarquicas)
Toda la expresión o manifestación de la realidad es Dios experimentandose así mismo, mientras lo experimenta todo a través de tí de forma plural, diversa, infinita y eterna.
La verdad no surge de la creencia, sino de lo opuesto; el cuestionamiento.
Sólo aquello que se mantiene en pie después de ser totalmente cuestionado, procede de la verdad.
Mientras duermes en la simulación de lo que llamas realidad eres controlado por la mentira.
Sólo viviendo desde el Amor sin condiciones llegas a ser verdaderamente libre. Bien lo dijo Jesucristo: «conocerás la verdad y la verdad te hará libre»
¿Libre de qué?
Libres de la ilusión de la mentira que vivimos.
Eso no ocurrirá en una religión creada y controlada por el sistema. La VERDAD no está fuera de tí, está dónde siempre ha estado; dentro de tí.
Miguel Ángel León R.
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