«Nunca, jamás, se dejen vencer por el desaliento.»
San Juan Pablo II
La tierra venezolana rugió como si quisiera terminar de sacudirse la oscuridad de un socialismo hambreador y criminal que ya ocupa el lugar que le corresponde en la infamia de la historia: el de la tiranía más trágica y parasitaria que haya vivido la República. Dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5, separados por apenas 40 segundos, hicieron lo que la naturaleza suele hacer cuando recuerda al ser humano su pequeñez: derrumbar edificios, fracturar carreteras y reducir hogares a montañas de concreto. Bajo esos escombros quedaron sepultados ciudadanos que comenzaban a aferrarse nuevamente a la esperanza de un país libre. Hoy Venezuela llora, y mientras los rescatistas trabajan sin descanso, el mundo libre y solidario —aquel que la cúpula socialista siempre despreció— tiende su mano sin dudarlo.
Las víctimas del desastre natural son lloradas por una nación entera. Pero existe una verdad insoslayable que ningún balance oficial debe omitir: cuando la tierra comenzó a temblar, Venezuela ya era una zona de desastre.
Las ruinas previas al sismo
Los sismólogos estudiarán el inusual doblete sísmico, pero la historia registrará que la naturaleza solo sacudió a un país que ya llevaba 27 años soportando un terremoto político deliberado. Este no fue un desastre natural, sino un cataclismo ideológico provocado por el castrocomunismo, diseñado no para gobernar, sino para robar, someter, destruir y convertir la supervivencia en el único proyecto de vida de millones de venezolanos.
La naturaleza destruyó puentes y carreteras con una violencia ciega, pero el modelo socialista hizo algo mucho más perverso y calculador: demolió los cimientos morales y económicos de la República. El régimen tiránico convirtió el mérito en un delito, persiguió la excelencia, asfixió la empresa privada y transformó el aparato productivo del país en un botín para una cúpula corrupta. Lo que la tierra derribó en minutos, el castrismo —o narcocomunismo— lo venía dinamitando sistemáticamente desde hacía casi tres décadas, buscando convertir a ciudadanos libres en esclavos o mendigos dependientes de las migajas del Estado.
Los hechos son irrefutables y representan un crimen de lesa humanidad en materia económica. Venezuela sufrió una contracción acumulada del Producto Interno Bruto superior al 75 %, un saqueo sin precedentes en una nación sin guerra armada. El país padeció la hiperinflación más severa de nuestra era y vio a más de ocho millones de venezolanos huir despavoridos de la miseria impuesta, generando la mayor crisis migratoria del hemisferio. Ninguna de estas atrocidades fue un error de cálculo; fueron el éxito de un modelo político totalitario que necesita igualar a todos en la más dura miseria para poder perpetuarse en el poder.
La verdadera Tabula Rasa
Es aquí donde cobra sentido la antigua expresión latina “tabula rasa”. No para olvidar el pasado, sino porque el nivel de devastación socialista nos obliga a refundar la República desde sus cenizas y desde una doble destrucción. Habrá que levantar las escuelas y los hospitales que la tierra derrumbó, pero el desafío mayor será erradicar el cáncer del estatismo. Será indispensable desinfectar nuestras instituciones de la corrupción populista, recuperar el respeto sagrado por la propiedad privada, garantizar el libre mercado y volver a hacer de la libertad individual el motor innegociable de la prosperidad.
Esta tabula rasa comienza sobre una experiencia forjada en las peores pruebas. Los venezolanos hemos visto a un régimen expropiar, robar y humillar. Hemos despedido a nuestros hijos o sobrinos en aeropuertos y fronteras de tierra. Y, aun así, frente a la miseria planificada, el venezolano demostró que su ADN está hecho de libertad. La solidaridad ciudadana floreció justamente allí donde el Estado mafioso fracasó a propósito.
Esa capacidad inquebrantable de resistir es nuestra mayor victoria sobre el totalitarismo. Ningún decreto dictatorial pudo quebrar la dignidad de un pueblo que, tras soportar el embate del socialismo y los golpes de la naturaleza, se ha negado a arrodillarse.
En medio de tanta desolación, nuestra fe permanece como un bastión inexpugnable. Una fe activa que nos recuerda que Dios está en las manos del médico que no se rinde, en el rescatista que arriesga su vida y en cada ciudadano que repudia la opresión.
Nos espera una tarea colosal. No bastará con verter concreto si volvemos a coquetear con las falsas promesas del populismo demagógico izquierdista. No habrá reconstrucción real si olvidamos que la verdadera riqueza de las naciones solo prospera bajo el Estado de derecho, la responsabilidad individual y el repudio absoluto a las tiranías colectivistas.
Los terremotos geológicos de estos días pasarán a los registros históricos porque se llevan a nuestros amigos y a ciudadanos de bien que no dejaron de confiar en Venezuela. Por otro lado, el terremoto socialista de los últimos veintisiete años debe quedar grabado a fuego en la memoria de las generaciones futuras como la mayor lección de nuestra historia: jamás se puede transigir con quienes ofrecen falsa igualdad a cambio de nuestra libertad. Hay que reconstruir Venezuela, pero también hay que hacer justicia.
Hoy honramos a los que perdimos y rezamos pidiendo la misericordia de Dios.Mañana, nos levantaremos. Y cuando nuestros hijos caminen finalmente por una Venezuela libre, próspera y democrática, que esperamos sea otra en menos de cinco años, el mundo sabrá que la tiranía intentó borrarnos, la tierra intentó quebrarnos, pero el espíritu venezolano —sostenido por el amor a la libertad y la confianza en Dios— fue absolutamente indomable.
Dayana Cristina Duzoglou para Caiga Quien Caiga
E-mail: cristinaduzoglou1@proton.me


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