Hay arrogancias que terminan chocando contra la realidad y esperanzas que terminan chocando contra la historia. Lo ocurrido en las elecciones estadounidenses del 3 de noviembre de 2026 ofrece una oportunidad para examinar ambas cosas. Donald Trump llegó a la contienda convencido de que su figura política era prácticamente garantía de victoria. Su discurso transmitía la seguridad de quien considera que su voluntad, su liderazgo y su capacidad de convocatoria están por encima de cualquier circunstancia. Incluso llegó a sostener que, si él hubiera estado personalmente en la boleta, los republicanos habrían ganado de manera aplastante. Pero los electores estadounidenses no estaban obligados a confirmar la imagen que Trump tiene de sí mismo. Los resultados le recordaron que una democracia no es una propiedad privada, que los votos no obedecen órdenes presidenciales y que ningún hombre, por poderoso que se crea, tiene el control absoluto de la voluntad popular.
Eso es precisamente lo que Friedrich Hayek llamó, en otro contexto, la fatal arrogancia: la pretensión de creer que se dispone del conocimiento y de la capacidad suficiente para controlar procesos sociales complejos. Trump parece encarnar políticamente esa confianza excesiva en el poder de la voluntad individual. Su concepción del liderazgo tiende a colocar su propia figura en el centro de todo, como si los resultados de una nación dependieran de su presencia y como si la sociedad tuviera que responder necesariamente a sus expectativas.
Pero lo verdaderamente llamativo de esta historia no está solamente en Trump. Está también en Venezuela.
Porque mientras el presidente estadounidense demostraba una confianza desmedida en su capacidad para determinar el resultado de unas elecciones, miles de venezolanos neofilistas volvían a depositar sus esperanzas en él, esperando que su triunfo, sus decisiones o su voluntad política terminaran resolviendo la tragedia venezolana. ¡Qué curioso! Un hombre que cree tener el destino electoral de su propio país en las manos se convierte, para una parte de la sociedad venezolana neofilista, en el hombre que podría tener el destino de Venezuela en las suyas.
¿Hasta cuándo vamos a seguir buscando afuera al hombre que supuestamente vendrá a salvarnos? ¿Cuántas veces más tendremos que depositar nuestras esperanzas en un presidente extranjero, en una administración estadounidense o en un dirigente que, por muy poderoso que sea, tiene sus propios intereses nacionales y sus propias prioridades políticas?
Aquí aparece la otra cara de la fatal arrogancia: la ingenuidad de quienes terminan creyendo que la historia de su país puede ser resuelta por la voluntad de otro. Trump tiene sus intereses, sus electores, sus compromisos y sus cálculos geopolíticos. Venezuela puede formar parte de su agenda, pero no es necesariamente el centro de ella. Confundir los intereses de Washington con las aspiraciones de Caracas es una equivocación que puede salir muy cara.
Milton Friedman nos dejó una advertencia que debería estar grabada en la conciencia de todo ciudadano:
“las políticas deben evaluarse por sus resultados y no por las intenciones de quienes las promueven”.
Aplicado a Trump, significa que no debemos juzgarlo por sus discursos sobre Venezuela, por sus declaraciones de solidaridad ni por las expectativas que despierta entre los venezolanos. Hay que examinar qué decisiones toma, qué resultados producen y qué consecuencias concretas tienen para el país.
Y esa misma regla debe aplicarse a nosotros. Porque también los venezolanos tenemos que evaluar nuestra conducta política por sus resultados. ¿Qué hemos conseguido después de tantos años de poner nuestras esperanzas en figuras providenciales? ¿Qué hemos aprendido de nuestra historia? ¿Por qué seguimos confundiendo el respaldo internacional con la solución de nuestros problemas internos?
No hay nada de malo en buscar aliados. Estados Unidos tiene una influencia internacional indiscutible y sus decisiones pueden tener consecuencias importantes para Venezuela. Lo absurdo es convertir esa influencia en una especie de dependencia emocional y política. Una cosa es agradecer el apoyo de un aliado y otra muy distinta es esperar que ese aliado haga el trabajo que corresponde a los propios venezolanos.
La historia nacional debería habernos enseñado algo. Hemos pasado por caudillos, mesías políticos, líderes carismáticos, revoluciones salvadoras y proyectos que prometieron refundar la República. Hemos escuchado discursos de grandeza, soberanía, justicia social y recuperación nacional. También hemos visto cómo muchas de aquellas promesas terminaron alejándose de sus objetivos declarados. Y, sin embargo, parece que no terminamos de abandonar la costumbre de buscar otro nombre, otra figura y otra esperanza que nos libere de la responsabilidad de construir nuestro propio destino.
Lo más preocupante no es que Trump sea arrogante. Los políticos con frecuencia construyen su liderazgo alrededor de la confianza en sí mismos. Lo verdaderamente preocupante es que una parte de Venezuela siga necesitando creer en la arrogancia de otro hombre para sentirse esperanzada. Hemos criticado durante años el culto al caudillo nacional, pero corremos el riesgo de reproducir el mismo fenómeno con un caudillo extranjero. Cambiamos el escenario, cambiamos la bandera y cambiamos el idioma, pero conservamos la misma dependencia.
La fatal arrogancia de Hayek también debería servirnos para entender que ninguna persona puede concentrar en sus manos todo el conocimiento, toda la capacidad y toda la voluntad necesaria para conducir una sociedad. Y si eso es cierto para un gobernante nacional, también lo es para un presidente estadounidense. Trump no tiene una varita mágica para Venezuela, ni sus intereses tienen por qué coincidir siempre con los nuestros.
Venezuela necesita aliados, sí. Necesita presión internacional, respaldo diplomático y cooperación para recuperar sus libertades. Pero necesita, sobre todo, dejar de comportarse como si su futuro estuviera esperando una decisión tomada en la Casa Blanca. Porque la libertad no se importa, la democracia no se recibe como un regalo y la reconstrucción de una nación no puede delegarse indefinidamente en terceros.
Trump se equivocó al creer que su presencia habría garantizado una victoria electoral. Y los venezolanos que volvieron a imaginar que su victoria resolvería automáticamente nuestros problemas deberían preguntarse si no están cometiendo un error todavía más antiguo: confundir la esperanza con la dependencia.
Ya está bien de buscar salvadores. Ya está bien de esperar que otro decida nuestro destino. Un país que no asume la responsabilidad de su propia libertad termina convirtiendo la esperanza en una forma de resignación.
Y quizás esa sea la lección más incómoda de todas: Trump tendrá que responder ante los electores estadounidenses por sus resultados, pero los venezolanos también tendremos que responder ante nuestra propia historia por el tiempo que seguimos perdiendo esperando que alguien venga a salvarnos.
«La arrogancia de Trump fue creer que podía garantizar el resultado; el error de muchos venezolanos pendejos fue creer que de ese resultado dependía su libertad».
Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano
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