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“VENEZUELA: NI SAQUEO NI SIMULACRO”. Dr. Gustavo Duque Largo.

Hay días en que uno se sienta a escribir y siente que las palabras se quedan cortas. La situación venezolana es una de esas realidades que no admiten simplismos. No se trata de defender a un bando ni de satanizar a otro. Se trata de mirar de frente lo que está pasando y preguntarse, con honestidad, hacia dónde vamos. Y lo que veo, como internacionalista y como venezolano, es un panorama confuso, lleno de contradicciones, donde los intereses de afuera pesan más que las urgencias de adentro.

Donald Trump ha vuelto a confundir a propios y extraños. Por un lado dice que en Venezuela no estamos preparados para unas elecciones, que aún es demasiado pronto. Por otro, suelta que Estados Unidos podría gobernar el país y extraer su petróleo durante años, y que ya se ha apropiado de una parte nada despreciable de nuestras reservas. Uno se pregunta entonces: ¿qué es lo que realmente quiere Washington? ¿Democracia o petróleo? Porque si de verdad les preocupara la democracia, no estarían hablando de saquear recursos mientras ponen condiciones para votar. Esa incongruencia no es un detalle menor. Es el corazón del problema. No se puede exigir elecciones libres cuando al mismo tiempo se administra el botín como si Venezuela fuera una concesión.

La Mesa de dialogo impuesta tampoco escapa a ese laberinto. Ha presentado una hoja de ruta, ha intentado abrir caminos, pero lo cierto es que no ha logrado objetivos concretos. Y el detalle más grave, a mi juicio, es que no cuenta con el respaldo de María Corina Machado. Ella ha sido clara: elecciones libres en un plazo no mayor de siete meses, con un CNE depurado y un registro electoral nuevo. Pero también ha decidido no participar en esos diálogos que se iniciaron el 1 de agosto, porque no confía en ellos. Y cómo culparla. Las encuestas la colocan como la figura de mayor respaldo popular, y pretender avanzar sin ella es como querer navegar sin brújula. Los supuestos opositosres de la mesa de diálogo impuesta  podrá tener buenas intenciones, pero sin la líder más querida por la gente, cualquier acuerdo nace cojo.

A esto se suman las declaraciones del periodista Norvey Marín, que ha puesto el dedo en una llaga que muchos prefieren ignorar. Según él, la delegación que negocia con el gobierno está conformada únicamente por Primero Justicia y Voluntad Popular, es decir, por Julio Borges y Leopoldo López. Marín lo califica como un arreglo entre dos partidos, no como una representación institucional legítima. Y aunque a algunos les moleste, tiene razón en el fondo.

No se trata de buscar culpables ni de ajustar cuentas personales. Se trata de reconocer que una mesa donde solo se sientan dos toldas en conchupancia con el régimen  no puede hablar en nombre de todos los venezolanos. La oposición no puede ser un club de amigos. La unidad no se decreta desde arriba; se construye desde abajo, con la gente, con los excluidos, con los que no tienen padrino político.

Entonces, ¿cuál debería ser el camino? No tengo una varita mágica, pero sí algunas convicciones. La primera es que cualquier proceso de transición debe reconocer el liderazgo de María Corina Machado. No porque sea perfecta, sino porque es la que conecta con el sentimiento mayoritario. Excluirla es condenar cualquier negociación al fracaso. La segunda es ampliar la mesa. Que no sea un arreglo entre dos partidos por parte de la oposiciónvenezolana, sino un acuerdo de unidad nacional donde quepan la sociedad civil, los partidos excluidos, los líderes regionales, los estudiantes, los trabajadores.

La tercera es priorizar las garantías democráticas antes de cualquier elección. Primero estabilizar, restituir garantías, liberar presos políticos, desmontar el aparato represivo. Luego recuperar la economía. Y solo entonces, votar. Sin esas condiciones, cualquier elección será un simulacro, un maquillaje para seguir administrando el país como una finca.

No soy ingenuo. Sé que la presión internacional es necesaria, pero también sé que no basta. Estados Unidos no va a regalarnos la democracia. Ni Trump ni ningún otro presidente. La democracia en Venezuela tiene que salir de los venezolanos, de nuestra capacidad de organizarnos, de presionar, de no rendirnos. Y para eso hace falta una oposición unida de verdad, no de cartón. Una oposición que hable con una sola voz, que no se preste a juegos cupulares, que entienda que el enemigo no es el que piensa distinto, sino el que pretende eternizarse en el poder mientras el país se desangra.

He defendido causas imposibles  y he visto de cerca cómo se tejen las negociaciones. A veces los políticos creen que con un papel firmado se arregla todo. Pero Venezuela no es un expediente. Es un pueblo con hambre, con miedo, con esperanza. Y ese pueblo merece algo más que un acuerdo entre élites. Merece elecciones libres, sí, pero también merece que su petróleo no sea saqueado, que sus instituciones no sean una burla, que su voto valga.

El camino no es fácil. Lo sé. Pero empieza por reconocer que sin María Corina Machado no hay unidad real. Sigue por ampliar la mesa y no dejarla en manos de dos partidos. Y termina por exigir garantías antes de votar. Si no hacemos eso, seguiremos dando vueltas en el mismo laberinto mientras otros se reparten lo poco que queda. Los venezolanos no somos un botín. No somos una concesión. Somos un país que quiere ser libre. Y eso, tarde o temprano, se va a notar.

Dr. Gustavo Duque Largo

Abogado internacionalista y defensor de los derechos humanos

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