Virginia Contreras, abogada, especialista en seguridad y defensa
Cuando Occidente mira a Irán, la tendencia es reducirlo a un actor agresivo y peligroso, capaz de lanzar misiles o movilizar milicias en el Medio Oriente. Los medios lo presentan como un enemigo abstracto; los discursos políticos, como un “eje del mal”; y los líderes suelen hablar de contención, sanciones o “acciones preventivas”. Sin embargo, esta lectura simplificada ignora lo esencial: lo que ocurre hoy en el Golfo no es un simple enfrentamiento militar, sino una confrontación compleja que combina cálculo estratégico, memoria histórica, doctrina religiosa y proyección de poder regional.
Irán no es un Estado árabe, sino una civilización-Estado de raíz persa, heredero de más de dos milenios de historia imperial, con una identidad política y cultural que explica su resiliencia frente a presiones externas. La religión chií duodecimana constituye un componente central de su estructura de poder: el martirio y la venganza no son meros símbolos, sino principios activos que legitiman la acción del Estado y orientan la conducta del liderazgo y de la sociedad. La venganza, a diferencia de la concepción occidental, se entiende como una obligación moral, política y estructural: cualquier ataque a figuras centrales del Estado exige una respuesta coordinada y proporcional.
Inicio del conflicto
El 28 de febrero de 2026 comenzó un conflicto abierto cuando Israel ejecutó un ataque aéreo que destruyó la residencia del Ayatolá y eliminó a parte del alto mando estratégico de la República Islámica. El Ayatolá falleció, fiel a su decisión de no refugiarse en un bunker pese a las amenazas externas, lo que en el imaginario chií refuerza la doctrina del martirio.
Esta acción no solo representó un golpe militar, sino que impactó directamente la legitimidad del sistema político-religioso iraní, provocando una respuesta inmediata y coordinada.
La Guardia Revolucionaria Islámica y la Fuerza Quds ejecutaron ataques contra bases militares estadounidenses y aliadas en Baréin, Qatar, Emiratos Árabes Unidos, Jordania e Israel, evidenciando una combinación de precisión, dispersión y saturación característica de su doctrina operativa. Cada acción refleja una lógica de venganza institucionalizada y proyecta un mensaje de resistencia que fortalece la cohesión interna y advierte a adversarios y aliados sobre la determinación estratégica de Teherán.
Contexto de la toma de decisiones en Estados Unidos y percepción
Es innegable que Estados Unidos e Israel poseen superioridad tecnológica. Sin embargo, el conflicto no se libra únicamente en el plano militar. La guerra moderna combina percepción, política y capacidad de influencia estratégica. Hasta el momento, Irán ha logrado proyectar resiliencia y capacidad ofensiva sostenida, generando la impresión internacional de que mantiene la iniciativa. Este fenómeno recuerda la experiencia estadounidense en Vietnam: la superioridad militar no siempre se traduce en victoria percibida.
Antes del estallido del conflicto, el teniente general Dan Caine, jefe del Estado Mayor Conjunto de EE. UU. y principal asesor militar del presidente Trump, advirtió internamente sobre la limitada reserva de municiones del Pentágono —incluidos misiles de corto y mediano alcance, bombas de precisión, artillería y sistemas de defensa aérea— tras el apoyo sostenido a Israel y Ucrania. Estas advertencias, difundidas por medios estadounidenses, fueron posteriormente desmentidas públicamente por el presidente Donald Trump, lo que generó interrogantes sobre el nivel de preparación y la coherencia estratégica.
Paralelamente, declaraciones del Secretario de Estado Marco Rubio sugiriendo que el inicio de la guerra respondía a decisiones israelíes provocaron malestar tanto en sectores demócratas como republicanos, reavivando el debate constitucional sobre la autoridad del Ejecutivo para iniciar acciones militares sin autorización expresa del Congreso.
Trump también ofreció lo que denominó “inmunidad completa” a las fuerzas iraníes si depusieran las armas. Más allá de su valor retórico, la propuesta carece de viabilidad real dentro del marco ideológico y doctrinal iraní.
Todo ello ocurre en un contexto político interno particularmente sensible: denuncias relacionadas con Jeffrey Epstein —empresario condenado por delitos sexuales contra menores cuyo expediente, hecho público en el Congreso, menciona reiteradamente a figuras políticas y empresariales, incluido el presidente Trump—; caída en los niveles de aprobación presidencial; altos precios de bienes de primera necesidad tras la aplicación de tarifas comerciales que recientemente fueron declaradas ilegales por la Corte Suprema de Justicia; y fuertes controversias en torno a políticas de inmigración y deportación.
Este escenario se desarrolla a pocos meses de las elecciones de medio término para la renovación del Congreso, que podrían modificar la correlación de fuerzas internas y reactivar plenamente el sistema de “check and balance”, en suspenso práctico desde el inicio del segundo mandato presidencial, con la eventual posibilidad de un proceso de impeachment.
En democracias consolidadas, la legitimidad interna condiciona directamente la libertad de acción estratégica en el exterior.
Estrategia de defensa y proyección del conflicto
Irán enfrenta un dilema estratégico: cómo responder con contundencia sin exponerse a una destrucción total, preservando al mismo tiempo la credibilidad de su liderazgo y la cohesión interna. Su estrategia combina defensa convencional limitada, guerra asimétrica y proyección regional, orientada a transformar su aparente vulnerabilidad en una ventaja de desgaste a largo plazo.
1. Defensa y resiliencia
Irán no posee la capacidad de derrotar convencionalmente a Estados Unidos o Israel en un enfrentamiento frontal prolongado. Sus sistemas antiaéreos, aunque sofisticados, no garantizan la neutralización sostenida de ataques de alta precisión. Por ello, la defensa se articula en capas:
- Protección de infraestructura crítica mediante dispersión, redundancia y camuflaje, especialmente en instalaciones nucleares y centros de comando.
- Movilización rápida de la Guardia Revolucionaria y de fuerzas aliadas en Irak, Líbano, Siria y Yemen.
- Uso sistemático de misiles balísticos de mediano alcance y drones lanzados desde múltiples plataformas, con el objetivo de saturar defensas enemigas y mantener presión constante sobre bases y puertos estratégicos, incluida la Quinta Flota en Baréin.
2. Estrategia de desgaste
El enfoque iraní busca prolongar el conflicto y explotar vulnerabilidades estructurales:
- Los sistemas antiaéreos occidentales requieren mantenimiento, reposición constante de interceptores y cadenas logísticas complejas.
- El estrangulamiento del Estrecho de Ormuz afecta no solo a economías regionales, sino al mercado energético global.
- La prolongación del conflicto convierte la superioridad tecnológica occidental en un factor costoso y políticamente sensible.
3. Proyección regional
Irán amplía el teatro de operaciones mediante redes indirectas:
- Milicias y aliados en Irak, Líbano, Siria y Yemen abren frentes múltiples y dispersan la capacidad de respuesta adversaria.
- La narrativa del martirio y la venganza consolida legitimidad interna incluso en escenarios de privaciones económicas.
- La reputación de resistencia fortalece su posición en futuras negociaciones estratégicas.
Tecnología y defensa
En Israel, el sistema antimisiles conocido como “Domo de Hierro” enfrenta una saturación sin precedentes. Aunque mantiene una tasa de interceptación estimada entre 85 % y 90 %, el volumen y la simultaneidad de los ataques con misiles y drones superan su capacidad de respuesta inmediata, generando la percepción pública de ineficacia.
Funcionarios estadounidenses han reconocido que Irán produce aproximadamente cien misiles mensuales, mientras que la capacidad de fabricación de interceptores en Estados Unidos se mantiene significativamente por debajo de ese ritmo —entre seis y siete unidades mensuales—, lo que introduce un desequilibrio relevante en una estrategia de desgaste prolongado. Esta asimetría industrial introduce un componente crítico en cualquier conflicto prolongado: la guerra deja de ser únicamente tecnológica y pasa a depender de la capacidad sostenida de producción y reposición.
Economía y seguridad global
El conflicto posee una dimensión económica estructural. Irán controla el Estrecho de Ormuz, por donde transita cerca del 20 % del petróleo mundial. Paralelamente, los hutíes de Yemen —aliados de Irán— ejercen influencia sobre Bab al-Mandab, punto estratégico que conecta el Mar Rojo con el Golfo de Adén y el Océano Índico.
Si ambas rutas permanecen bloqueadas o sujetas a interrupciones, el flujo de petróleo, gas, alimentos, medicinas y bienes industriales podría verse afectado, generando presiones inflacionarias y potenciales crisis humanitarias regionales.
Los impactos iniciales ya comienzan a observarse: el 3 de marzo, el precio del gas en el Reino Unido alcanzó niveles récord debido a que Qatar, su principal proveedor, no pudo exportarlo hacia Europa a través de Ormuz. Las bolsas de Corea del Sur y Japón registraron caídas, reflejando su vulnerabilidad energética. Incluso China, principal comprador de petróleo iraní, ha solicitado mantener abierto el paso, consciente de que una interrupción sostenida afectaría su producción industrial y comercio exterior.
La dimensión económica confirma que esta guerra trasciende lo militar: afecta cadenas de suministro, mercados financieros y estabilidad política global.
Hipótesis de evolución del conflicto
Varios escenarios pueden contemplarse:
• Conflicto prolongado de desgaste con episodios recurrentes de alta tensión: La confrontación podría estabilizarse en una dinámica de ataques limitados, represalias calibradas y presión sostenida sobre infraestructuras críticas, sin que ninguna de las partes busque una guerra total inmediata.
• Escalada regional limitada mediante intervenciones indirectas: Actores aliados de ambos bandos —estatales o no estatales— podrían involucrarse de manera puntual, ampliando el teatro de operaciones sin formalizar una guerra abierta entre potencias mayores.
• Reorientación de la política nuclear iraní con fines disuasivos: Ante la percepción de vulnerabilidad, Teherán podría acelerar o redefinir su estrategia nuclear como mecanismo de disuasión estructural, alterando significativamente el equilibrio estratégico regional.
• Presión económica global que obligue a mediaciones internacionales antes de una guerra abierta de mayor escala: El impacto sostenido sobre los mercados energéticos y las cadenas de suministro podría generar incentivos externos —principalmente de potencias asiáticas y europeas— para forzar canales de negociación.
Conclusiones
- Una confrontación multidimensional: El conflicto integra estrategia militar, identidad histórica, doctrina religiosa y competencia por la narrativa internacional.
- El desafío occidental: La superioridad tecnológica no garantiza control absoluto cuando el adversario opera con movilidad, dispersión y resistencia prolongada.
- Impacto económico sistémico: El Estrecho de Ormuz convierte cualquier escalada en un riesgo inmediato para la economía global.
- Escenario de desgaste: Las características actuales apuntan a un conflicto prolongado con presión sostenida sobre infraestructuras críticas.
- La centralidad de la percepción: En la guerra contemporánea, la narrativa, la legitimidad política y la cohesión interna pueden resultar tan decisivas como la capacidad militar.
En conflictos de esta naturaleza, la variable crítica no es únicamente la capacidad de destruir, sino la capacidad de sostener —política, económica y psicológicamente— una guerra prolongada.
Embajadora Virginia Contreras
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