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¡Vuelta a la patria! Por el Dr George Fereira

Bienvenido.

Allá van los humildes pescadores,

las redes a tender sobre la arena;

dichosos, que no sienten los dolores

ni la punzante pena

de los que, lejos de la patria, lloran;

infelices que ignoran

la insondable alegría

de los que, tristes, del hogar se fueron

y luego, ansiosos, al hogar volvieron.

Con estos versos inmortales de Juan Antonio Pérez Bonalde, iniciamos esta reflexión necesaria. No se trata solo de literatura: se trata de historia viva, de una herida que atraviesa generaciones y que hoy vuelve a sangrar con una intensidad desgarradora.

El exilio, que en otro tiempo fue destino de unos pocos, hoy es la realidad de millones. Más de 7,9 millones de venezolanos han sido empujados fuera de su tierra, según datos recientes de ACNUR. No se trata de una migración cualquiera: es un desarraigo forzado, una fractura colectiva, una diáspora que ha dispersado el alma de la nación por todos los rincones del mundo.

Detrás de esta tragedia no hay casualidades. Hay causas profundas: la instauración de una estructura autoritaria, de carácter delincuencial y con prácticas propias de una organización criminal, que, amparada en un discurso falsamente patriótico, ha desmantelado los cimientos institucionales de la República. Bajo la promesa de redención nacional, se ejecutó —con precisión sistemática— el vaciamiento moral, económico y social del país.

Nunca fue, en realidad, la construcción de una nación grande y próspera. El objetivo ha sido otro: la acumulación de poder y riqueza en manos de una élite que ha hecho del Estado un instrumento de beneficio personal, mientras condena a su pueblo a la precariedad, al exilio y a la desesperanza.

Pero toda nación que ha caído también ha sabido levantarse.

Venezuela está llamada a reencontrarse con su esencia, con la fuerza moral de su origen, con los principios que dieron forma a su nacimiento como República. No para repetir los errores del pasado, sino para aprender de ellos y superarlos.

Es imprescindible que, en lo más profundo de nuestra conciencia colectiva, se afirme una verdad innegociable: Venezuela debe ser protegida. No solo de los enemigos externos —muchas veces imaginarios, creados como herramienta de manipulación—, sino, sobre todo, de los enemigos internos que hoy la mantienen sumida en una crisis sin precedentes en su historia republicana.

Porque una patria no se pierde solo cuando se abandona su territorio, sino cuando se traicionan sus valores.

Y, aun así, hay esperanza.

Porque mientras exista un venezolano que recuerde, que luche, que anhele volver, la patria no habrá desaparecido: estará esperando.

Y siempre habrá un camino de regreso.

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