La capital venezolana amaneció ayer fracturada en dos realidades paralelas que colisionaron a pocos kilómetros de distancia. Por un lado, el centro de la ciudad fue tomado por un despliegue de policías antimotines equipados con cascos, garrotes, fusiles y escudos, dispuestos a frenar una marcha de trabajadores que exigía un salario digno. Por el otro, a escasas cuadras, el número dos del chavismo, Diosdado Cabello, encabezaba una movilización oficialista donde la consigna principal no era económica, sino una advertencia velada sobre la lealtad interna.
ABC
La jornada expuso la tensión acumulada tras los anuncios económicos de la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, quien la noche anterior prometió un aumento salarial condicionado a la recaudación fiscal, admitiendo tácitamente el colapso del modelo de subsidios. La respuesta en la calle fue inmediata y visceral.
Unos 2.000 trabajadores, jubilados y empleados públicos partieron desde Plaza Venezuela con la intención de llegar al Palacio de Miraflores. Superaron cuatro piquetes policiales, enfrentando vallas metálicas conocidas como «murciélagos», tanquetas y cordones humanos de la Policía Nacional Bolivariana (PNB) y la Guardia Nacional. El avance se detuvo definitivamente en la avenida Urdaneta, a la altura del bulevar Panteón, donde la represión se materializó en gases lacrimógenos y forcejeos de alta tensión.
A pie de calle, el contraste de testimonios revelaba la complejidad del momento político. En la marcha opositora, la desesperación era palpable. Miguel Bessones, un trabajador del sector universitario, afirmaba: «Los incrementos han sido paupérrimos durante muchos años y ya basta. Cuando una cesta de la compra básica supera los 600 dólares y nosotros actualmente tenemos un bono de 130 dólares, es imposible hermano, es imposible sobrevivir».
Sobre los anuncios de Rodríguez, su escepticismo era total: «Ninguno, porque ellos en ningún momento hablaron de aumento salarial, sino incremento a los bonos. No queremos bonos, queremos el salario digno».
A su lado, Arquímedes Carmona, del sector educativo, iba más allá del reclamo económico y apuntaba a la herida política: «Nos secuestraron todos, nos robaron todos. Ella no dijo nada, pero ya sabe que tiene en sus cargas… no es error lo que cometieron, son horrores. Tienen que abrir ellos mismos la puerta para que los presos políticos salgan». Su pronóstico para el primero de mayo era sombrío: «La expectativa es que van a volver a aumentar y dar el bono de guerra, eso es lo que va a hacer ella, más nada. Ella no va a aumentar sueldo».
Concentración chavista
Mientras los manifestantes gritaban «¡No tenemos miedo, déjennos pasar!» y «¡El uniformado también es mal pagado!», del otro lado del escudo, la respuesta oficialista resonaba con una fe inquebrantable. En la concentración chavista, Sol Cabrera, una ama de casa de 59 años de la parroquia San Juan, defendía el legado con fervor: «Yo quiero, como buena venezolana, quiero y necesito que suelten a nuestro presidente y a nuestra primera dama, que son unas personas, una pareja íntegra. Son personas que no le deben nada a la ley y que están siendo señalados por la canalla imperialista».
Para ella, los anuncios de Rodríguez son «una reivindicación del pueblo que hace mucho tiempo se estaba esperando y que por razón de las sanciones y bloqueos… no se había podido dar». Su memoria del pasado reciente es su ancla: «Aquí cuando se comió carne es cuando estaba Hugo Chávez».
«Yo quiero, como buena venezolana, quiero y necesito que suelten a nuestro presidente y a nuestra primera dama, que son unas personas, una pareja íntegra«
En la misma línea, Edgar Parra, del sector cultural, veía en el discurso de la presidenta encargada un motivo de esperanza: «Ha sembrado bastante expectativas positivas en nuestra población. Hoy esas declaraciones han levantado la moral del pueblo y creo yo, personalmente considero, que vamos en vía de un nuevo rumbo».
Sheila Martínez, cabo segundo de la milicia bolivariana, pedía calma frente a la crisis: «Nosotros seguimos aquí, unidos, diciéndole al pueblo de Venezuela, a los que están haciendo un llamado a la violencia, a la desestabilización del país, que tengan paciencia, que este es un proceso que es lento, pero es un proceso que se va dando poco a poco. ¿Por qué? Porque nosotros estamos peleando con uno de los imperios más poderosos de la historia de la humanidad».
Brutalidad
La brutalidad del choque en la marcha opositora quedó registrada no solo en los gases, sino en el testimonio de un comisario de la Policía Nacional Bolivariana PNB que, en medio del caos, soltó una frase que encapsula la doctrina de contención actual: «Esta gente debería conocer lo que es la peinilla como en la cuarta República», en referencia a los métodos de represión de décadas pasadas. El saldo de la jornada incluyó al menos diez periodistas agredidos, rociados con gas pimienta y despojados de sus equipos, según documentó el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa.
El saldo de la jornada incluyó al menos diez periodistas agredidos, rociados con gas pimienta y despojados de sus equipos
Mientras los gases se disipaban en la avenida Urdaneta, Diosdado Cabello, desde la movilización por los 20 años de la Ley de Consejos Comunales, enviaba un mensaje que parecía dirigido tanto a la oposición como a las filas internas del chavismo. «Esta marcha puede ser lenta pero sigue siendo nuestra marcha, no dejemos espacios para la duda», advirtió el ministro de Interior. Citando a Hugo Chávez, lanzó una advertencia sobre quienes esperan «darle un zarpazo al pueblo», recordando que la Revolución Bolivariana exige estar «más unidos y más cohesionados que nunca».
El 9 de abril dejó en evidencia que, tres meses después de la captura de Maduro, el Gobierno de transición de Delcy Rodríguez enfrenta un doble desafío: contener el descontento de una base laboral asfixiada por la crisis económica y mantener la disciplina férrea dentro de un chavismo que, ante la presión, cierra filas apelando a la lealtad incondicional y a la memoria de sus líderes.
Alberto News
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