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Aníbal Sánchez | ¿Cómo está el venezolano que vive en el país, casi nueve meses después del 3 de enero de 2026?

Responder esa pregunta se ha vuelto un reto incluso para dirigentes de la propia Casa Blanca, que no salen del discurso de una ruta hacia la democracia en tres fases: estabilización, recuperación y transición, ninguna tiene fechas ni cronograma.

Adelantarlas o forzar la secuencia no acelera lo que depende de producción, energía, inversión, tecnología, reglas e instituciones. Hay que ubicarse en el contexto histórico y sociopolítico antes de opinar dónde estamos.

Quienes apostaron a que la solución era una intervención extranjera; después de años de máxima presión diplomática y sanciones sobre el aparato económico, deben reconocer un hecho esa presión también golpeó al pueblo que ya padecía hiperinflación, alto costo de vida, deterioro de servicios y escasez. Quienes no compartimos la idea de que el desenlace debía decidirse fuera de Venezuela, aunque si pudiese llevar mediación externa, no podemos hacer como si ese debate no existiera. Tampoco podemos colocar a la gente en un tablero que no entiende donde aún no percibe los cambios en positivo.

La fase de estabilización buscaba frenar el caos social y político. Los cambios que se deben sentir en el bolsillo y en la mesa corresponden, en la lógica anunciada, a la fase de recuperación. Es una secuencia lógica y material, donde no cabe el cliché de “sin mí no hay inversión” para sustituir reglas claras, control nacional de la renta y resultados medibles.

  • El Producir Primero –
    Desde mucho antes advertía que el modelo rentista-estatista no vencía la hiperinflación ni la escasez si no se producía. En alimentos: avanzar hacia abastecimiento y producción nacional. En petróleo no basta con abrir canales de comercialización o transporte. Subir número de barriles exige tecnología, capital, mantenimiento y servicios. Sin eso, el anuncio de más producción no llega a la gente.
  • La electricidad no llega en barco o avión –
    La energía hay que generarla, transmitirla, distribuirla y comercializarla. Recuperar megavatios perdidos es inversión, mantenimiento y reconstrucción, lo que lleva de recursos y tiempo. Mientras se rehabilita el sistema hidroeléctrico (Guri) las termoeléctricas pueden paliar el déficit, o pérdida por otros eventos; pero no sustituyen un plan de red. Sin luz estable no hay empresa, hospital, escuela ni hogar que sostenga la recuperación. El petróleo puede financia esos pasos o procesos.

Hoy gran parte de la extracción y comercialización opera bajo esquemas mixtos con capital extranjero. El control de los flujos, con el argumento de evitar la corrupción recae en mecanismos acordados con Washington. Lo que se gira o prioriza, en la práctica hacia proveedores y empresas estadounidenses. Eso explica, el tema de los verdaderos intereses de un Gobierno.

El venezolano que vive aquí todavía no siente el cambio en el salario, el mercado y los servicios. No se le puede exigir solo “paciencia”: es explicar diseño de quién decide, quién cobra y que pasa con la soberanía sobre la renta.

La transición no se improvisa ni se importa. Se construye con reglas claras, control venezolano de la renta, inversión que reconstruya energía y producción, y un proceso político entre venezolanos con mediación si hace falta, sin tutela que decida por nosotros. Mientras eso no ocurra, la pregunta honesta sigue siendo: ¿cómo está el que se quedó en el país? Todavía esperando que la estabilización deje de ser un comunicado y la recuperación se note en su mesa y bolsillo.

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