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¿Preparados para qué? Venezuela no puede seguir esperando las elecciones. Por: Engels Espina Molero

Las condiciones para votar no pueden convertirse en la nueva excusa para no votar.

Hay frases que parecen inocentes hasta que uno se detiene a pensar en sus consecuencias.

Decir que Venezuela tendrá elecciones cuando esté “preparada” puede sonar razonable. Después de todo, nadie debería defender elecciones sin garantías, sin instituciones confiables, sin libertad política y sin condiciones mínimas de competencia.

Pero hay una pregunta que no podemos seguir esquivando:

¿Quién decide cuándo Venezuela está preparada?

Porque si la respuesta es el Gobierno, tenemos un problema.

Si la respuesta es Washington, también.

Si la respuesta es una mesa de negociación, el problema no desaparece.

Y si nadie puede explicar con precisión cuáles son las condiciones, quién debe cumplirlas, cuándo deben cumplirse y qué ocurre después, entonces “Venezuela no está preparada” corre el riesgo de convertirse en una nueva manera de decir:

todavía no.

Y Venezuela lleva demasiado tiempo escuchando esa palabra.

El peligro de una democracia con fecha indefinida

Durante años se ha repetido que primero hay que crear las condiciones y después celebrar elecciones.

Correcto.

Pero existe una diferencia enorme entre crear condiciones para una elección y utilizar la creación de condiciones para aplazar indefinidamente la elección.

Venezuela necesita un Consejo Nacional Electoral confiable.

Necesita un Registro Electoral actualizado y transparente.

Necesita libertad de expresión.

Necesita partidos políticos con capacidad real de competir.

Necesita resolver las inhabilitaciones políticas.

Necesita garantizar el voto de los venezolanos dentro y fuera del país.

Necesita instituciones que no respondan a los intereses coyunturales del poder.

Todo eso es cierto.

Pero precisamente por eso hay que establecer un principio elemental:

cada condición debe tener un responsable, un mecanismo de cumplimiento y un plazo.

De lo contrario, la transición puede convertirse en una interminable sala de espera.

Y una sala de espera demasiado larga termina pareciéndose peligrosamente a la permanencia.

¿Quién tiene las llaves del calendario?

Aquí aparece la verdadera discusión.

Estados Unidos tiene intereses estratégicos en Venezuela. El petróleo, la seguridad energética, la migración y la estabilidad regional forman parte de esa ecuación.

El Gobierno venezolano quiere preservar su poder.

La oposición busca recuperar las condiciones que permitan una competencia democrática.

La comunidad internacional intenta influir y acompañar el proceso.

Todos tienen intereses legítimos o estratégicos.

Pero hay algo que ninguno debería olvidar:

el calendario democrático de Venezuela no puede convertirse en patrimonio de ningún actor.

Ni Washington puede decidir por los venezolanos.

Ni Miraflores puede decidir cuándo sus adversarios están autorizados a competir.

Ni una mesa de diálogo puede sustituir la voluntad popular.

Ni los acuerdos económicos pueden convertirse en moneda de cambio para retrasar indefinidamente la recuperación de las instituciones.

La transición puede necesitar mediadores.

Puede necesitar garantes.

Puede necesitar presión internacional.

Puede necesitar acuerdos.

Pero necesita, sobre todo, soberanía ciudadana.

El diálogo debe tener un reloj

La nueva etapa del diálogo puede ser una oportunidad.

Pero también puede convertirse en un riesgo si no tiene objetivos concretos y plazos verificables.

Hablar de libertad de expresión e inhabilitaciones es importante.

Hablar de garantías electorales es indispensable.

Hablar de reconstrucción institucional es inevitable.

Pero después de las palabras tienen que llegar los hechos.

Porque un diálogo no puede evaluarse por la cantidad de fotografías, comunicados o reuniones celebradas.

Debe evaluarse por sus resultados.

¿Se liberan presos políticos?

¿Se recuperan derechos políticos?

¿Se levantan inhabilitaciones?

¿Se garantiza la libertad de expresión?

¿Se reconstruye la autoridad electoral?

¿Se actualiza el Registro Electoral?

¿Se permite la participación efectiva de los venezolanos en el exterior?

¿Se garantiza competencia política?

¿Se establece finalmente un calendario electoral?

Esas son las respuestas que importan.

Todo lo demás corre el riesgo de convertirse en política de escenografía.

El argumento perfecto para quien quiere ganar tiempo

Hay algo especialmente peligroso en la idea de que Venezuela debe esperar hasta estar “preparada”.

Porque quien controla las instituciones también puede influir decisivamente sobre el proceso mediante el cual se supone que esas condiciones serán creadas.

Es decir:

el mismo poder que debe entregar las condiciones puede terminar controlando el momento en que considera que esas condiciones existen.

Ese es el círculo que debe romperse.

Porque si mañana se dice que el Registro Electoral todavía necesita ajustes, habrá que esperar.

Si después se dice que las instituciones todavía necesitan reformas, habrá que esperar.

Si luego se afirma que los partidos todavía no ofrecen suficientes garantías, habrá que esperar.

Y si finalmente se argumenta que el país todavía necesita más estabilidad política, económica o social, habrá que esperar otra vez.

¿Hasta cuándo?

¿Un año?

¿Dos?

¿Tres?

¿Hasta que termine un período presidencial estadounidense?

¿Hasta que cambien las condiciones internacionales?

¿Hasta que el Gobierno considere que tiene suficiente control?

Una democracia no puede funcionar con un calendario construido a base de “cuando estén dadas las condiciones”.

Necesita condiciones, sí. Pero también necesita fechas.

El petróleo no puede comprar tiempo político

Y aquí aparece otro asunto que no puede separarse de la discusión.

Venezuela vuelve a ocupar un lugar estratégico en la agenda internacional por su petróleo y por el interés de Estados Unidos en recuperar y estabilizar su producción energética.

Eso puede ser positivo para la economía venezolana.

Puede generar inversión.

Puede recuperar infraestructura.

Puede producir ingresos.

Puede contribuir a estabilizar un país devastado económicamente.

Pero hay una línea que no debería cruzarse:

la estabilidad económica no puede convertirse en sustituto de la democratización.

Venezuela necesita petróleo.

Pero necesita mucho más que petróleo.

Necesita instituciones.

Necesita justicia.

Necesita libertad.

Necesita seguridad jurídica.

Necesita elecciones.

Y necesita que ningún acuerdo económico termine comprando tiempo político para quienes ejercen el poder.

Porque si la riqueza petrolera sirve para reconstruir el país, bienvenida.

Si sirve para reconstruir las instituciones, mejor todavía.

Pero si termina financiando una nueva prórroga política, entonces habremos cambiado el mecanismo, pero no el problema.

La transición no puede ser eterna

Quizás llegó el momento de cambiar la pregunta.

No debemos seguir preguntando únicamente:

“¿Cuándo estará Venezuela preparada para votar?”

Debemos preguntar:

“¿Qué falta para votar, quién debe garantizarlo y en qué fecha debe estar cumplido?”

La diferencia parece semántica.

No lo es.

La primera pregunta permite esperar indefinidamente.

La segunda obliga a rendir cuentas.

Y eso es precisamente lo que necesita Venezuela.

Un cronograma.

Un compromiso.

Un mecanismo de verificación.

Un límite.

Y una fecha.

Porque las condiciones democráticas no pueden ser una meta móvil que se aleja cada vez que el país se aproxima a ella.

Venezuela ya esperó demasiado

Los venezolanos no necesitan otra promesa.

Necesitan certeza.

No necesitan que alguien les diga que algún día podrán elegir.

Necesitan saber cuándo podrán hacerlo.

No necesitan que les expliquen eternamente por qué todavía no están dadas las condiciones.

Necesitan que quienes tienen la responsabilidad de crearlas las creen.

Y necesitan que quienes acompañan la transición internacionalmente recuerden algo elemental:

Venezuela no es una pieza en el tablero geopolítico de nadie.

Es un país de millones de ciudadanos que tienen derecho a decidir quién los gobierna.

Por eso, si realmente estamos hablando de transición, hay que comenzar a ponerle fecha al futuro.

El diálogo debe tener resultados.

Las condiciones deben tener plazos.

Las garantías deben ser verificables.

Y las elecciones deben tener fecha.

Porque de lo contrario, corremos el riesgo de construir una paradoja terrible:

un país que negocia cómo recuperar la democracia mientras continúa sin saber cuándo podrá ejercerla.

Venezuela no puede seguir esperando a que alguien determine que está preparada.

Venezuela estará preparada cuando tenga las condiciones necesarias para votar libremente. Y esas condiciones deben construirse para abrir las urnas, no para mantenerlas cerradas.

El país ya esperó demasiado.

Ahora necesita una respuesta mucho más sencilla:

¿Qué falta y cuándo votamos?

Engels Espina Molero
Abogado. Máster en Dirección en la Gestión Pública. Exconcejal y exsíndico procurador del municipio Almirante Padilla.
Analista político y consultor en comunicación política y estrategia electoral.

Abog. Engels Espina Molero | LinkedIn

Correo electrónico: abogengelsespina@gmail.com

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