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Apagones en Venezuela nos tienen con casa por cárcel

José D. Sequera | LA PRENSA de Lara.- Ivonet Lozada vive en un apartamento de 50 metros cuadrados en el piso 16 de las residencias Las Doñas, al oeste de Barquisimeto. A ella, con su niña de tres meses, le toca, junto a su madre, atender a su abuela octogenaria, que se encuentra casi inmóvil en una cama a consecuencia del mal de Parkinson, y que ahora, debido a los constantes cortes eléctricos que sufre el país desde marzo del año pasado, la anciana prácticamente está atrapada dentro de su propia casa.

«Mi abuela duró el año pasado 10 meses sin ver la luz del sol porque el ascensor que llega a nuestro piso no funciona desde hace más de cinco años, y se nos hace muy difícil a mi mamá y a mi bajarla hasta el piso 14, que es hasta donde llega el ascensor, pero evitábamos hacer el esfuerzo porque corríamos el riesgo de que en ese momento se registrara un apagón y quedáramos varadas», explica.

El calvario que vive Lozada por los constantes cortes eléctricos en su edificio, se asemeja a la misma realidad que viven vecinos de otros cuatro edificios residenciales de Barquisimeto con más de 10 pisos de altura, cuyas rutinas diarias aún se adaptan a los abruptos y no programados apagones.

En un recorrido realizado por LA PRENSA por las residencias El Sisal, Miraflores, Las Doñas, Metropolitan y Tau, se logró conocer que son más de 600 familias las que se ven afectadas por las fallas en la electricidad, siendo las personas de la tercera edad, discapacitados y pacientes crónicos que allí viven los más afectados.

El sufrimiento por los apagones, cuyo cronograma no es anunciado, lo padecen, especialmente, los que viven del piso seis hacia arriba, quienes al no tener ascensor por el corte eléctrico, deben subir hasta más de 100 escalones en pasillos totalmente oscuros. Si van acompañados por otro vecino o un familiar que tiene un celular, son quienes se encargan de iluminarles el paso.

Esto puede resultar casi mortal para personas con cardiopatía, artrosis, artritis, que usen sillas de ruedas, muletas o bastón, pues deben debatirse entre el cansancio y la oscurana. «Por la artrosis que sufro en las piernas, se me hace más forzado subir que bajar doce pisos hasta mi apartamento con mi bastón en mano, porque puedo durar hasta 45 minutos, especialmente por el dolor.

Esa es la razón por la que prefiero estar aquí más de una semana encerrada en el apartamento y dejarle todas las diligencias a mi esposo», comenta Ana Angulo, habitante de las residencias El Sisal.

Habitantes de edificios altos ahora ven interrumpidas sus rutinas diarias, como salir a pasear, ir al médico, cobrar la pensión y jubilación, hacer mercado y hasta visitar a sus familiares; transformando el edificio en una cárcel obligada y su apartamento en una celda gigante donde viven junto a su familia.

Pueden durar desde un día hasta meses totalmente encerrados, la mayoría porque sus condiciones físicas y de salud no les permiten bajar ni siquiera un solo tramo de escaleras.

Cardiópatas, ancianos con bastón o andadera, discapacitados en sillas de ruedas o muletas, y hasta pacientes crónicos con mucha debilidad prácticamente viven encerrados, esperando sentados o acostados que la electricidad sea interrumpida a cualquier hora del día.

Tantos días enclaustrados en sus viviendas, hace que muchos de ellos desarrollen ataques de pánico, depresión y ansiedad o comienzan a resurgir miedos del pasado durante las horas que pasan sin el servicio de electricidad, que podrían ser entre cuatro, cinco y hasta seis.

Elvia Monsalve vive en el piso 10. Aunque aún está en sus cincuenta, tiene artrosis en su pierna derecha, limitándole moverse por su propia cuenta. Cuando hay apagones, ella revela que le dan pequeños ataques de ansiedad porque no se acostumbra al encierro, y menos, al tener que «estar sin hacer nada» en medio de la oscurana.

«A mi me gusta mucho leer, y cuando se va la luz en la noche no puedo porque no veo, a veces me pongo ansiosa porque no tengo nada que hacer y siempre me gusta tener ocupada la mente. Compré unos bombillos recargables que medio sirven para alumbrar algunas habitaciones», manifiesta.

Entre la «adaptación» que les ha tocado a los afectados por los apagones es la de «recogerse temprano» antes que se vaya la luz al anochecer, pero cuando la luz se va en pleno día, todo el plan cambia.

En el caso de Ana Camacho, paciente renal y trasplantado, es bastante particular porque cuando ella regresa a su apartamento, en el piso doce de las residencias Miraflores, y no hay electricidad debe valerse de su hijo.

Con un tapabocas puesto, Camacho revela que «me pongo en la espalda de mi hijo, le rodeó las manos con el cuello, él me alza y le toca subirme cargada hasta el apartamento. Si me siento muy débil, a veces puede ser hasta mi cama».

Otros, en cambio, prefieren llenarse de paciencia y esperar en la planta baja hasta que llegue la electricidad y subir al ascensor hasta el piso en el que vivan. «Como llego del trabajo a las 8:00 de la noche, me quedo en el carro escuchando radio o hablando con otros vecinos hasta que vuelve la luz. El cansancio no me da para subir por las escaleras», dijo Andrés Pérez, habitante de las residencias Metropolitan desde hace más de 15 años.

Información de La Prensa de Lara Venezuela

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