El cocheux de la historia venezolana tiene una banda sonora bien particular: por un lado, el crujido del bolsillo desbaratado de un pueblo que lo intentó todo; por el otro, el chinchín del dinero fácil resonando en las arcas de los mismos vivos de siempre. Da igual si el traje era de casimir inglés y corbata fina en los ochenta, o si después se la tiraron de populares con liquiliqui o uniforme militar en el nuevo milenio. Al final de la noche, cuando se apaga el escándalo y se saca la cuenta, la factura la termina pagando la misma gente de a pie. Esa es una verdad más grande que la Basílica.
Mirá, la memoria corta es la mejor alcahueta del saqueo. Quienes vivieron aquellos años encandilados de la llamada «Venezuela Saudita» recordarán el asombro amargo cuando los dólares preferenciales de RECADI se evaporaban como agua en charco en pleno mediodía maracucho. Surgían empresas fantasma como monte en la vereda, mientras los buques con sobreprecio y las flotillas de jeeps para las campañas de los partidos se compraban sin vergüenza con el sudor de la renta petrolera. Nos vendieron la idea de una democracia intocable, de un progreso sin fin y de un plato de comida asegurado en la mesa de cada familia. Pero la podredumbre por dentro era tanta que terminó carcomiendo las bases de todo el sistema. Aquella burbuja reventó y dejó al país con las manos vacías y la confianza rota.
Pasamos, sin escalas ni pudor, del viejo refrán del bipartidismo adeco-copeyano que retrataba la picardía criolla hecha delito —aquella máxima descarada de «a mí no me den, pónganme donde hay, que del resto me encargo yo»—, a la desfachatez institucionalizada de los «enchufados» rojos rojitos del nuevo siglo. Aquella vieja frase de la Cuarta República, que resumía el reparto del botín del Estado entre amigos, carnetizados y compadres, encontró su versión perfeccionada en la Quinta. Los de antes pedían la oportunidad para manotear la partida secreta o el crédito gubernamental; los de ahora, bajo la mampara del compromiso revolucionario y la consigna patriótica, se codearon en los altos despachos para garantizarle contratos a sus empresas de maletín, asegurar asignaciones de divisas a precio de remate y ostentar un estilo de vida de jeques árabes en medio del colapso. Cambiaron la jerga, cambiaron los símbolos y reemplazaron los trajes de diseñador por las chaquetas tricolores, pero el principio operativo fue exactamente el mismo: asaltar el erario público sin el más mínimo remordimiento.
Después vino la promesa del cambio. ¡Qué molleja de discurso! Prometieron barrer con «la tribu», encarcelar a los corruptos de la Cuarta República y devolverle la dignidad a una sociedad que estaba exhausta de tanto engaño. Millones creyeron, abrieron el corazón y entregaron su fe. Pero la historia, que a veces se pone caprichosa y trágica, lo único que hizo fue multiplicarle los ceros a las mañas de siempre.
El mayor ciclo de ingresos petroleros que jamás haya visto este suelo —un dineral que alcanzaba para poner a este país a valer como una potencia— no se tradujo en hospitales de vanguardia, ni en escuelas dignas para los muchachos, ni en carreteras decentes. ¡Qué va! Lo que vivimos fue la invención de un vocabulario nuevo para la misma vieja vagabundería: las famosas empresas de maletín, los fondos paralelos sin un alma que los auditara, los contenedores de comida pudriéndose en los puertos mientras las familias pasaban trabajo, y las cuentas milmillonarias escondidas en paraísos fiscales mientras la red eléctrica nacional se iba a negro y en las barriadas el agua llegaba de milagro una vez al mes.
Cuando uno mira las dos caras de la moneda, se da cuenta de que ambas épocas comparten el mismito ADN. Estamos hablando de los mismos tramposos con distinta camiseta política. Se vistieron de salvadores, usaron la necesidad de la gente como escalera y supieron ganarse la fe de un pueblo noble a fuerza de pura labia, promesas falsas y un populismo barato que dormía las conciencias. En ambos lados de esa bisagra histórica, el resultado fue exactamente el mismo: la transformación de dirigentes que llegaron prometiendo austeridad y justicia, y terminaron ostentando fortunas de infarto, camionetotas del año y lujos extravagantes a costa de la miseria de toda una nación.
A la hora de la verdad, entre la Cuarta y la Quinta lo que hay es un espejo. Unos robaban con modales de oficina y expediente bajo el brazo; los otros desvalijaron hasta los clavos de la pared con un megáfono en la mano. Para el venezolano común, el golpe ha sido el mismo: la frustración de ver cómo la riqueza del subsuelo se les deshace en las manos a los que de verdad trabajan la tierra, dan clase, atienden un mostrador o se levantan de madrugada a guerrear la vida. Al final, en la revisión de los años y el saqueo, la conclusión desnuda la misma realidad: el mismo excremento con diferentes colores.
Hoy, en la parada del carrito por puesto, haciendo la cola infernal para meterle algo de gasolina al carro, o parado frente a los anaqueles sacando la cuenta con la calculadora del teléfono para ver si alcanza para el queso, la frase retumba en la calle con esa sabiduría popular que no se aprende en ninguna universidad: aquí lo que queda es menearse.
Menearse para resolver el pan de los muchachos, menearse para inventar un resuelve cuando el sueldo se vuelve agua de sal, menearse para esquivar el desempleo y sobrevivir a la sombra de dos eras políticas que prometieron bajarnos el cielo con las manos y terminaron repartiéndose la casa entre ellos. La historia nos dejó una lección dura pero clara: ni los de ayer ni los de hoy tenían el corazón puesto en la gente. Pero este pueblo es terco, se sacude el polvo y sigue caminando, porque aunque los de arriba se hayan cogido todo, las ganas de echar para adelante no se las arranca nadie.
Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA DE WHATSAPP


Comment here