A las 6:04 de la tarde del miércoles 24 de junio, Nancy Rengifo estaba en su casa viendo el partido de la Copa Mundial de Fútbol FIFA entre Brasil y Escocia, que se transmitía por televisión desde Miami y recién comenzaba. A partir de ese instante, una seguidilla de dos terremotos, uno de magnitud 7,2 y otro de 7,5, apenas separados entre sí por 39 segundos, sacudieron a Venezuela.
Al cabo de casi dos minutos de espanto, el movimiento de la tierra dejó estrujada la estructura que rodeaba el apartamento de Rengifo. Ella, junto con su hija y su yerno, quedaron prisioneros de un amasijo metálico, bajo la placa del techo y de los otros tres pisos del edificio, en apariencia intactos.
Rengifo vivía en la planta baja de una de las 196 torres del urbanismo Hugo Chávez de Playa Grande -también conocido como Ciudad Chávez-, en el oeste del estado La Guaira, antes Vargas. Se trata de una obra emblemática de la Misión Vivienda, uno de los más importantes programas sociales del chavismo, que el régimen nunca dudó en usar como bandera propagandística. El complejo quedó inaugurado en octubre de 2013, cuando se entregaron las viviendas de su primera etapa, y recibió entonces el nombre del comandante revolucionario -su principal promotor-, fallecido apenas siete meses antes.
Allí, los sismos causaron el hundimiento de las construcciones, en lugar de derrumbarlas como enormes milhojas de escombros, que fue lo más común en Caracas y el resto del Litoral Central. En cuestión de segundos, casi por acto de magia, muchos de los pequeños edificios, de color celeste y cuatro niveles, quedaron reducidos a tres pisos, pues sus plantas bajas se hundieron, aplastaron y desaparecieron. O, como dice Nancy Rengifo: “Parece que la tierra se las tragó”.
Durante un recorrido por el sitio se llega a ver algunos edificios en los que el achatamiento eliminó dos pisos, de cuatro. Consultados, los voceros de la comunidad hablan de 3.000 familias afectadas. Alrededor de ocho de cada diez edificios, o más de 150 edificios -aplastados, hundidos o inclinados-, registran daños. Pero, de acuerdo a los vecinos con los que Armando.info conversó, hasta aquellos inmuebles que lucen bien por fuera quedaron destrozados en su interior, sin techos ni paredes.
Justo al momento del recorrido, funcionarios del CICPC (Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas, policía auxiliar del Ministerio Público) retiraban dos cadáveres del lugar.
Nancy Rengifo, de 76 años de edad, es una sobreviviente. A ella y a sus dos parientes, atrapados entre el metal y otros materiales de construcción que las fuerzas telúricas retorcieron, los rescataron otros familiares que por una ventana consiguieron entrar y abrir un espacio en el amasijo. Recuerda que, cuando se vió tapiada, pensó: “¿Cómo salimos si estamos enrejados?”.
La imagen que en ese momento de angustia acudió a su mente fue certera. Su edificio, como todos los de Ciudad Chávez, es un inmueble prefabricado, consistente de una estructura de metal forrada con fibra de vidrio -un aislante térmico que a simple vista parece gomaespuma-, madera contrachapada, paredes de drywall -o sea, yeso y papel-, y recubierto por una fachada de listones plásticos. El diseño y el sistema constructivo, probablemente concebidos para abaratar los costos y agilizar el levantamiento de viviendas, no dejaba vías de escape y, para el caso de los terremotos en la costa Caribe al norte de Caracas, dieron lugar a unas jaulas letales para los habitantes tanto de las plantas bajas como de los primeros pisos de la urbanización, vecina del aeropuerto de Maiquetía.
Nancy Rengifo corrió con la suerte suficiente para salvar la vida. Pero muchos vecinos tuvieron suertes distintas. Según relata la propia Rengifo, ahora damnificada, varios de ellos quedaron enterrados en la trampa metálica de las plantas bajas y murieron en el lugar. Otros, también aprisionados, llegaron a ser rescatados, pero fallecieron luego en centros hospitalarios.
La misma noche del doblete sísmico, tres edificios del urbanismo se incendiaron por la explosión de una bombona de gas industrial que estaba frente a uno de ellos; los planes para el lugar alguna vez previeron la dotación del servicio directo de gas, algo que nunca se materializó. Hoy siguen en pie los esqueletos metálicos, desnudos y chamuscados por el fuego. En medio del paisaje post apocalíptico, se encuentran pistas de por qué las estructuras funcionaron como unas trituradoras de las que fue muy difícil escapar. Las paredes tenían amarres en forma de rombos y unas cruces, también metálicas, que dejaban espacios triangulares y muy estrechos para huir durante una emergencia como la del reciente Día de San Juan, el 24 de junio.
lapatilla
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