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¡La entrada triunfal de aperturar!, Por David Figueroa Díaz

Quienes me conocen y han sido seguidores de este trabajo de divulgación periodística, pueden dar fe de cuál ha sido y es la intención durante estos más de veinte años dedicados a escribir sobre temas relacionados con el lenguaje escrito y oral, siempre convencido de que nunca se termina de aprender.

No he pretendido ni pretendo dictar cátedra, pues apenas soy un aficionado del buen decir. No detesto los extranjerismos ni estoy en contra de Real Academia Española, como creen algunos que no me conocen ni comparten con regularidad mi pasión por la buena escritura, expresada en mis artículos.

De los extranjerismos siempre he sostenido que no pueden condenarse por el mero hecho de serlos, pues en ocasiones son muy útiles y aun necesarios. Lo cuestionable y lamentable es que, so pretexto de modernidad, se usen palabras foráneas en sustitución de las legítimas, lo  cual raya en lo que Mario Briceño Iragorry difundió como pitiyanquismo.

Los giros provenientes de otras lenguas son utilísimos, sobre todo cuando entran en vigencia bondades tecnológicas, por lo general de los Estados Unidos de América, y no existen las adecuadas para describir el uso y aprovechamiento de las mismas. Por necesidad expresiva, el pueblo hablante va creando términos y expresiones que al cabo de poco tiempo se lexicalizan, como sucedió con fax, chat, Twitter, WhatsApp y otros vocablos de la era de la Internet.

El fax se quedó en el pasado, pero de él surgió el verbo faxear; de chat nació chatear; de Twitter, tuitear; y de WhatsApp, guasapear. Esta última palabra, aunque aparece en el registro lexical de la docta institución, no ha tenido éxito, pues la fuerte carga expresiva que contiene ha privado para que la mayoría, por lo menos en Venezuela, prefiera hablar de enviar un whatsapp o usar otra forma análoga, antes que decir guasapear.

Lo anterior es una prueba irrebatible de que en materia de palabras la única autoridad posible es el pueblo hablante que, como lo dije antes, por necesidad expresiva las crea. Ese criterio siempre lo he mantenido, y es el que ha pesado para que algunas personas me hayan tildado de anti-RAE. Una cosa es no compartir algunas posiciones, y otra es negar su utilidad, cosa que nunca he hecho ni haré.

Hoy lo digo una vez más: la Real Academia Española no es un tribunal para permitir, o en el peor de los casos, prohibir el uso de palabras. Es por eso que no comparto eso de que la RAE aceptó tal o cual palabra, pues su función es meramente de registro y no de aceptación.

Hace pocos días hubo una especie de furor colectivo, dado que la mencionada institución había aceptado la palabra aperturar. El hecho informativo fue difundido ampliamente y generó una suerte de euforia entre quienes la habían defendido y esperaban con ansias su entrada triunfal.

A mi teléfono llegaron varias inquietudes: unas con buenas intenciones, cuyos autores están conscientes de que siempre mantuve una posición muy firme respecto del caso; otras muy ingenuas; y algunas nada inocentes, pues la finalidad, pienso, era tratar de ponerme en apuros y forzarme a emitir un cambio de parecer.

Aperturar es una derivación perfecta del sustantivo apertura, con la que se cumple una de las condiciones para la formación de palabras. Es una palabreja que nació en el lenguaje bancario, en el que los empleados se esmeraban y hasta sentían gran satisfacción por corregir a todo aquel que osase decir que iba a abrir una cuenta. «Será aperturar», se les oía decir a las «amables» señoritas y señoras encargadas de registrar los nuevos clientes, como si se tratase de una innovación lingüística.

El hecho de que aperturar haya logrado entrar en el diccionario de la RAE, es una demostración de que nuestro idioma no es un conjunto de códigos que debe permanecer petrificado. Por el contrario: es dinámico, cambiante, innovador. Ahora, con aperturar no se dice nada diferente de lo que pueda expresarse con abrir, que es un verbo de vieja estirpe.

Está bien que lo hayan apuntado como sinónimo de abrir, lo cual despliega  el abanico de posibilidades de usarla o no usarla en razón de gusto. Confieso que no me agrada para nada la referida palabra; pero me parece una necedad cuestionar a los que prefieren aperturar en lugar de abrir, por aquello de que «entre gustos y colores no han escrito los autores».

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