No es la corona lo que deslumbra, sino la forja de quien la porta. Susana Guirado Lucena no ha vuelto a ganar un premio de belleza; ha vuelto a ganarle la partida a la vida. Con 48 años, una pierna que el destino quiso destrozar y una sonrisa que se niega a apagarse, esta malagueña nos demuestra que la verdadera estética no habita en las facciones, sino en la capacidad de reinventarse cuando el mundo se derrumba. Hoy, sentada frente a mí, no solo trae el brillo del nuevo galardón, sino la sabiduría de quien ha bailado con la adversidad y ha salido fortalecida. Esta es la historia de una mujer que convirtió un accidente en el trampolín de sus sueños y que, contra todo pronóstico, vuelve a alzarse como un faro de esperanza. Una belleza que en 2004 cautivo a Málaga y España y que estuvo a punto de alzarse con el título de Miss España con 25 años y unas medidas 88 – 60 – 92 1,77 m hoy no sólo la mantiene sino que su persona y el tiempo ha acrecentado.
1- Susana, bienvenida. Dicen que la belleza es un don, pero tú has demostrado que es mucho más: es una decisión. ¿Qué sientes al recibir este premio, nuevamente, a los 48 años, en un mundo que a veces idolatra la juventud efímera?

Confieso que la gratitud me toma por sorpresa; jamás imaginé que la vida me regalara un instante tan luminoso en este punto de mi camino. Para mí, este reconocimiento trasciende la mera estética: es el eco de la perseverancia, la prueba tangible de la resiliencia y la recompensa a no haber soltado nunca las riendas, incluso en los días más grises. Ojalá mi experiencia sirva de espejo para recordarnos que los sueños no caducan, y que la luz de una mujer no se mide en años, sino en la pasión y la valentía con las que se atreve a abrazar cada nueva etapa.
2- Hablemos de ese punto de inflexión. En 2021, tu vida dio un vuelco brutal. Un accidente de tráfico dejó tu pierna «destruida», como dices, y te incapacitó para trabajar. Cuéntame, ¿qué se siente al despertar en un cuerpo que ya no responde como antes, teniendo una hija de apenas 7 años en casa?
Reconozco que aquel tránsito fue un abismo. El miedo se instaló como un huésped incómodo, la incertidumbre tejió sus redes y, en los días más oscuros, llegué a creer que mi existencia había mutado para siempre en un territorio extraño. Pero entonces, al posar la mirada en mi hija, algo se reconfiguraba en mi interior: en sus ojos hallaba el ancla que me devolvía a la superficie. Ella se convirtió en mi razón más profunda para levantarme, para habitar cada mañana con intención, para negarme a que aquel accidente escribiera el epílogo de mi identidad. Porque entendí que no era lo que me había sucedido, sino lo que decidía hacer con ello; y esa decisión, cada día, sigue siendo mía.
3-Y no solo nadó, sino que se puso a construir un océano nuevo. Un tiempo que siempre has aprovechado para seguir formándote y creciendo. Pasaste de ser técnica administrativa y aspirante a enfermera, a formarte en idiomas, publicidad y cine. ¿Fue una huida hacia adelante o una revelación?
Aquello, más que una pérdida, se convirtió en una invitación a reescribir mi propia narrativa. Cuando una puerta se cerraba con un golpe seco, no me detuve a lamentar el eco: salí en busca de otros umbrales. Me entregué a aquellas disciplinas que siempre habían sido un susurro en mi interior, y comprobé que el aprendizaje no entiende de calendarios ni de edades escritas en ningún documento. No se trataba de aferrarme a lo que se había ido, sino de mirar con ojos nuevos todo lo que aún vibraba en mí, todo lo que seguía esperando ser explorado. Porque entendí que reinventarse no es un destino, sino un acto de valentía que se renueva cada mañana, y que el verdadero lujo de una mujer no está en lo que conserva, sino en lo que elige seguir construyendo.
4-Hace 20 años, en 2004, fuiste Miss Málaga. Desfilaste con los mejores diseñadores en Madrid, pero lo dejaste todo por amor a tus padres y regresaste a casa. ¿Te arrepientes? ¿O crees que ese paréntesis te ha dado la perspectiva para valorar lo que tienes ahora?
No, ni un instante. En aquel entonces me movía desde la certeza más íntima, desde esa brújula interna que pocas veces falla cuando el corazón habla claro. Tomé la decisión que sentía como la única posible, y si el tiempo me diera la oportunidad de regresar a ese cruce, volvería a elegir exactamente el mismo camino. Porque en mi mundo, la familia no es un pilar más: es el hogar donde toda elección encuentra su sentido. Quizá mi recorrido se desvió del mapa que alguna vez dibujé en mis sueños juveniles, pero hoy, con la perspectiva que solo otorga haber atravesado tormentas y amaneceres, comprendo que cada giro inesperado me ha ido esculpiendo. Soy, finalmente, el resultado de todas esas desviaciones, y agradezco cada una de ellas porque me han enseñado a reconocer el valor de una oportunidad cuando llama a mi puerta. Y vaya si eso, al final, es el verdadero lujo de una vida bien habitada.
5- Hablemos de tu hija, esa niña de 11 años a la que adoras. ¿Qué mensaje le transmites cada día para que crezca en un mundo tan complejo y, a veces, tan superficial?
Más que enseñar, lo que anhelo es legar una huella que trascienda las palabras. Intento que crezca con la certeza de que la bondad no es debilidad, sino la forma más elevada de fortaleza; que el respeto hacia los demás sea su brújula más fiel, y que en su pecho habite una fe inquebrantable en su propia luz. Quiero que comprenda, en lo más profundo, que la verdadera medida de una persona no se encuentra en sus logros ni en su reflejo, sino en la calidez con la que trata a quien tiene al lado y en la entereza con la que se levanta cuando la vida le muestra su rostro más áspero. Porque al final, lo que perdura no es lo que acumulamos, sino lo que somos capaces de dar; y ese es el legado más valioso que puedo ofrecerle: que sepa que, incluso en sus días más grises, su esencia siempre será suficiente para reescribir el mundo que la rodea.
6- Defines tu filosofía con una frase potente: «Detrás de algo malo siempre hay algo bueno». ¿Cómo se aplica eso a la vida real, cuando el dolor aprieta y la oscuridad parece perpetua?
No pretendo endulzar lo que duele, porque el dolor es un habitante fiel que a veces se instala en los huesos y se niega a marcharse. Mi accidente llegó como un vendaval que lo desordenó todo, y hubo noches en las que su peso me pareció insoportable. Pero con el paso de los días, algo comenzó a germinar en medio de aquel caos: comprendí que incluso las heridas más profundas pueden convertirse en ventanas. Esa experiencia, que en principio me arrebató tantas certezas, me fue revelando una versión de mí que desconocía por completo, una fuerza que no sabía que habitaba en mi interior, una resiliencia que solo se forja en las grietas. Y lo más extraordinario es que, sin quererlo, aquel golpe me empujó hacia horizontes que jamás habría explorado si mi vida hubiera transcurrido por senderos más llanos. Porque la vida, en su sabiduría inescrutable, a veces nos rompe para mostrarnos de qué estamos hechos, y yo, después de todo, descubrí que estaba hecha de algo mucho más resistente de lo que nunca imaginé.
7- ¿Qué le dirías a esa Susana de 16 años que se subió por primera vez a una pasarela, y a esa Susana de 48 que acaba de ganar este premio?
A la Susana de dieciséis años, esa que aún pisaba el mundo con pasos temblorosos y los sueños a flor de piel, le diría que se detenga a respirar el paisaje, que no corra tanto hacia el horizonte porque el camino ya es parte del destino. Que abrace sus dudas con la misma ternura con la que abraza sus certezas, y que nunca, nunca, deje de creer en la luz que lleva dentro, aunque a veces le cueste reconocerla entre las sombras.
Y a la Susana de cuarenta y ocho, la que hoy sostiene esta corona entre sus manos, le susurraría al oído que siga siendo esa mujer de raíces firmes y vuelo libre, que no olvide el barrio que la vio crecer ni las manos que la sostuvieron cuando flaqueaba. Que se permita disfrutar este instante con la ilusión de quien sabe que los segundos se vuelven eternos cuando se viven con el corazón desnudo, y con la gratitud de quien ha entendido que cada cicatriz es un mapa de sus propias batallas.
Porque lo más hermoso de este reconocimiento no es el brillo que ciñe mi frente, sino todo lo que ese brillo atesora: los años de silencios y gritos, de caídas que se volvieron impulso y de días en los que aprendí a bailar con mis propias sombras. Este premio es el eco de todas mis versiones, el abrazo de la niña que fui y la mujer que he llegado a ser. Y al final, después de todo lo vivido, la verdadera recompensa no es un objeto, sino el privilegio de mirar atrás y encontrar que cada paso, incluso los más inciertos, tenía un propósito en este viaje que sigo escribiendo.
Susana Guirado Lucena se levanta de su asiento con la elegancia de quien ha aprendido que la gracia no está en la ausencia de heridas, sino en la forma de llevarlas. Su paso es firme, seguro, aunque sabemos que su pierna guarda cicatrices invisibles al ojo humano, mapas secretos de una batalla que solo ella conoce. No hay rastro de la víctima en su porte; solo el de una guerrera que ha decidido vestir sus cicatrices como si fueran medallas, porque ha entendido que lo que no te mata no siempre te hace más fuerte, pero te hace más auténtica.
Al despedirse, se gira y me regala una mirada que condensa toda la entrevista en un solo destello: la de quien ha mirado al abismo cara a cara y, en lugar de retroceder, ha decidido engalanarlo, tenderle un puente de luz y convertirlo en parte de su paisaje. Esa mirada no pide permiso ni compasión; simplemente existe, y al hacerlo, enamora a cualquier alma sensible que tenga el privilegio de encontrarse con ella. Porque en sus ojos no hay rastro de amargura, sino la certeza de que cada caída fue un impulso y cada noche oscura, el preludio de un amanecer inolvidable.
Este premio de belleza no es un trofeo más. Es el certificado de que el tiempo, lejos de marchitar, dora. Es la prueba irrefutable de que, a veces, hay que estrellarse para aprender a volar, y que las grietas no son defectos, sino las rendijas por donde entra la luz que nos redefine. Susana, a sus 48 años, vuela más alto que nunca, arrastrando una estela de coraje que no es solo suya, sino que se convierte en un faro para todas aquellas mujeres que aún dudan de su propio vuelo.
Porque ella nos recuerda, con su sola presencia, que la edad no es un límite; es el escenario perfecto para el mejor de los estrenos. Que cada arruga es un poema escrito a mano, que cada cana es un destello de sabiduría, y que la verdadera belleza no habita en la piel que se tensa o se afloja, sino en el alma que se atreve a seguir latiendo con intensidad, temporada tras temporada. Susana no ha vuelto a ser la misma; es mejor, es más, es ella en su versión más plena y deslumbrante. Y al despedirse, ella se vuelve y con esa sonrisa que cautiva y te atrapa deja una pregunta flotando en el aire, esa que todas nos hacemos en silencio: “¿y si lo mejor de nuestra historia estuviera aún por escribirse?”
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