#NoticiaOpinión

«Cajón de Sastre» El momento de la desnudez. Cuando la dictadura se quita la máscara ante el espejo roto de la historia. Por José Luis Ortiz Güell

Hay un instante exacto, casi quirúrgico, en la vida de todo régimen autoritario en el que el actor, ya cansado de ensayar su papel de demócrata, arroja el disfraz al suelo y confiesa, con la arrogancia del que se cree eterno, aquello que siempre quiso decir pero que la vergüenza o el cálculo le impedían gritar: “Nunca más volveremos a preguntarle al pueblo”.

Ese instante ha llegado. Y no es un signo de fortaleza, como pretenden sus voceros, sus portavoces es el estertor del animal herido que, al verse acorralado, muerde con desesperación. Porque cuando un poder deja de simular, cuando confiesa su vocación hereditaria y entierra las urnas en el patio trasero del palacio, no está anunciando un triunfo. Está firmando su sentencia de muerte en la conciencia colectiva de un pueblo.

Observen la agonía. Es grotesca. Mientras el clan familiar se reparte las migajas del presupuesto público (que es el sudor de sus ciudadanos), las calles se llenan de carteles que alaban la “estabilidad”. Pero la estabilidad del sepulcro no es vida. Es el silencio que precede al derrumbe. La economía, ese termómetro implacable, arde en fiebre mientras los mercados internacionales miran con desdén a esta corte de cortesanos que no entienden de productividad, sino solo de lealtades serviles.

Ahora, sin el disfraz, vemos la verdad escueta y brutal: nos quieren convertir en súbditos de una dinastía. El apellido del tirano se esculpe en las placas de las avenidas mientras las bocas de los niños aprenden a llamar “príncipe” al vástago que nunca ha ganado una batalla, ni una elección, ni siquiera la voluntad de su propia sombra. Gobernar, para ellos, es un asunto de sangre y pedigrí, no de capacidad ni de servicio. Es la vuelta al medievo en pleno siglo XXI, pero sin castillos; solo con rascacielos vacíos y almas todavía más vacías.

¿Y qué hay del miedo? El miedo ha sido el combustible de esta maquinaria durante décadas. Pero el miedo, como la gasolina, se quema. Y cuando se acaba, solo queda el peso inerte del ridículo. Porque no hay dictador más ridículo que aquel que, al sentirse débil, decide que nadie más podrá votar. Es la confesión más clara de su fracaso: “Si convoco elecciones, pierdo. Por tanto, aboliré las elecciones”. Es la lógica del niño que, al no poder ganar el juego, rompe el tablero y se lleva la pelota a casa. Pero la historia, señoras y señores, no se juega en un tablero que se pueda romper.

La libertad no es un concepto abstracto en las bibliotecas. Es el derecho a que el futuro de tus hijos no dependa del capricho de un burócrata hereditario. Es poder expresar una opinión sin que el vecino delator te entregue a los servicios de inteligencia. Es que el dinero de tus impuestos se invierta en hospitales y no en aviones privados para la familia del «presidente vitalicio». Esa libertad, que nos niegan, es la que nos hermana en esta hora oscura.

Señor Daniel Ortega ya  agonizante: escuche  bien, porque estas palabras no son papel mojado. Al proclamar su vocación hereditaria, ha  cometido el error más estúpido de tu historia. Ha unificado a la oposición, ha alertado a la comunidad internacional y, lo más importante, has hecho que el ciudadano de a pie, ese que solo quería vivir en paz, entienda que no tiene nada que perder. Cuando no hay elecciones, no hay reglas. Cuando no hay reglas, solo queda la desobediencia civil, la resistencia pacífica, y la fuerza imparable de la verdad.

Si bien en este largo camino han perecido en la carcel o han muerto gran parte de sus leales, pagados con un alto precio y la mayoría militares como él. El pilar en el que se quiere cobijar Daniel Ortega.

Numerosos son los nombres como Carlos Brenes, miembro del Directorio Nacional;  Alvaro Baltodano muerto el  30 de septiembre del 2024; Rodrigo González “fallecido” el 11 de agosto de 2023 y hasta entonces Ministro Consejero con funciones consulares y hasta su propio  hermano Humberto Ortega “muerto” en el mes de septiembe del año 2024 por sugerir unas elecciones para el año 2026.

Ante lo ocurrido en Venezuela, con Maduro, que ha abierto el camino a la esperanza. Muchos de esos supuestos leales ya han comenzado a mantener conversaciones con terceros países democráticos para posibles alternativas.

Existe la constancia y las pruebas que ha través de terceros ya se han mostrado favorables a colaborar para la posible caida y  el posible retorno del concepto democracia a su país.  Estamos hablando de Valdrack Ludwing Jaentsechke Whitaker, el encargado de la vigilancia y la persecución contra los nicaraguenses exiliados.

El estar en el punto de mira de la ONU y de ser denunciado, y por el temor de posibles represalias internacionales ha decidido colaborar en contra de la dictadura de Daniel Ortega  todo ello presuntamente, según informaron diferentes fuentes. Hay pruebas de ello  y constancia feaciente presuntamente, según las mismas informan.

No sólo él sino hasta su propia hija Camila Antonia Ortega Murillo la encargada de “Nicaragua Diseña”.

Ambos con su contactos internacionales, no han dudado en ayudar a que el régimen autoritario de Daniel Ortega caiga de una vez por todas, siguiendo el ejemplo de Venezuela.

No caigamos en la trampa de la desesperanza. El fin de un régimen nunca es un estallido; es un goteo. Es el periodista que escribe aunque le corten la luz. Es la madre que enseña a su hijo la Constitución original. Es el empresario que no paga el soborno. Es el funcionario que filtra el documento secreto. Es la marea de ciudadanos que se miran a los ojos y saben, sin decir una palabra, que el tirano está desnudo.

Han cerrado las urnas, pero han abierto el camino a la historia. Han cancelado el futuro electoral, pero han sembrado la semilla de la rebelión más poderosa: la conciencia. Porque ningún régimen hereditario ha sobrevivido a la segunda generación; la sangre se diluye, el poder se pudre y el pueblo, ese viejo gigante que ahora aplaude la verdad, siempre termina por escribir el último capítulo. Un último capítulo que no puede parar aunque emplee miles de  millones de dólares en el uso de las nuevas tecnologías y la IA para mitigarlo, mientras el pueblo vive entre pobreza , miseria y dolor.

Que tiemble el palacio. Que tiemblen los herederos. Porque la libertad, aunque la golpeen, aunque la encadenen, aunque la prohíban, es como el agua: encuentra siempre, siempre, una rendija por la que filtrarse. Y cuando filtre, arrasará con todo este castillo de naipes manchado de sangre y soberbia.

Recuerda seguirnos en nuestra CUENTA DE INSTAGRAM Y LA CUENTA  DE  WHATSAPP

Comment here