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«Cajón de Sastre» El silencio cómplice de Pedro Sánchez. Cómo España perdió la iniciativa en su propio patio trasero, Por José Luis Ortiz Güell

Conclusión anticipada: la dependencia diplomática de España respecto a Marruecos es hoy una vulnerabilidad estructural. La palanca energética es la única carta dura que Madrid aún no ha jugado, pero cada día que pasa vale menos.

El 30 de julio de 2026, al amanecer, aparecieron en las playas de Ceuta los primeros grupos que cruzaban a nado. En 48 horas entraron unas 80.000 personas. Las fuerzas de seguridad marroquíes «mostraron pasividad y negligencia», según el servicio de inteligencia del Ministerio de Defensa español. El CNI había advertido el día anterior: dos grupos de Facebook movilizaban una «marcha hacia Ceuta», con 180.000 seguidores. La información se transmitió por WhatsApp a la Delegación del Gobierno y a la UCE-3 de la Guardia Civil. Nadie previó la escala.

Las consecuencias políticas superaron la cuestión migratoria. Sánchez la llamó primero «ataque a la integridad territorial» y luego «crisis humanitaria». Robles culpó a Marruecos; la Delegación del Gobierno en Ceuta lo desmintió: «Nunca recibió ningún informe que advirtiera de lo que iba a ocurrir.» El CNI emitió una declaración inusual reconociendo que «no pudo prever la magnitud». Moncloa insistió en que «nunca emitió una alerta formal» y preguntó: «Una institución que cree que al día siguiente habrá una entrada masiva no envía un WhatsApp ambiguo a un funcionario de bajo nivel.» En seguridad nacional, esta disputa pública es en sí misma una vulnerabilidad estratégica.

Bruselas reaccionó rápido: 114,7 millones de euros de emergencia, procedentes del Fondo de Asilo, Migración e Integración (82,7) y del Instrumento de Gestión de Fronteras y Visados (32). Se destinan a cámaras termográficas, boyas flotantes, drones submarinos, cribado y repatriación. Frontex prorroga sus planes en España hasta 2027; Europol investiga las redes; la EUAA apoya entrevistas y traducción. De esos 114,7 millones, 32 se destinan a «gestión de fronteras y visados»: la UE financia a España para que haga lo que debería haber hecho sola hace tiempo. Madrid presentó la solicitud el 24 de agosto y pidió personal adicional el 28; Interior reclamó 10 agentes más y prorrogar Minerva. Lo que necesita no es una política, sino manos. Esto no es estrategia, es emergencia.

Mientras tanto, un hecho clave quedó marginado: Marruecos depende de España para el 25% de su electricidad y el 100% de su gas natural, que se regasifica en puertos españoles y viaja por el gasoducto Magreb-Europa. Hay dos cables submarinos: 900 MW de exportación, 600 de importación. En 2025, más del 97% del flujo fue de España hacia Marruecos. La electricidad cubre entre el 8% y el 15% de la demanda marroquí; con el gas, la dependencia llega al 25%. Tras la ruptura Argelia-Marruecos en 2021, España es la única conexión eléctrica internacional efectiva de Marruecos. Rabat intenta reducirla: tercera interconexión (700 MW), terminal propia de regasificación, proyecto con Portugal. Pero faltan años. Ahora mismo, la palanca está en manos de España. El sector energético español tiene el encargo de estudiar escenarios de uso. Hasta hoy, sigue sobre el papel, una potente arma que Marruecos no puede controlar y que es nuestro as ¿Porqué no la emplea el Gobierno de España?

Para entender la pasividad en Ceuta hay que retroceder a marzo de 2022, cuando Sánchez declaró que la autonomía marroquí de 2007 era «la base más seria, realista y creíble» para el Sáhara. España rompió 47 años de neutralidad formal. Francia siguió. El 31 de octubre de 2025, el Consejo de Seguridad aprobó la resolución 2797 (11 votos a favor, 3 abstenciones, Argelia ausente), que establece el plan marroquí como «base». Pide revisar la MINURSO en seis meses; su presupuesto anual ronda los 68 millones de dólares y Washington quiere recortarlo. Fuentes de El Aaiún afirman que algunos contratos no se renovaron el 31 de marzo. La MINURSO nació en 1991 con la palabra «referéndum» en su nombre. Treinta y cinco años después, no ha habido referéndum. España fue impulsora de ese giro. ¿Qué obtuvo a cambio?

La aritmética es reveladora. Marruecos depende de España para el 25% de su electricidad y el 100% de su gas en tránsito. España depende del control marroquí para la frontera de Ceuta, los flujos migratorios y la «estabilidad» bilateral. Desde lo material, la vulnerabilidad marroquí es más concreta y medible; la española es más política: depende de una narrativa de «buenas relaciones». Pero hay un factor que hace real la ventaja marroquí: España no puede permitirse otra imagen de 80.000 personas entrando en Ceuta. Marruecos sí. No tiene enclaves que proteger, ni votantes europeos que calmar, ni oposición que agite la palabra «invasión». El PP habló de «invasión organizada» y de «abandono de Ceuta»; la izquierda respondió que «una crisis con 141 muertos no es una invasión». Cuando la política interior está fracturada, cualquier herramienta de presión externa se vuelve difícil de usar. La palanca energética exige voluntad política para apretar el gatillo. Y eso es lo que más falta en Madrid.

Los analistas coinciden en que un ataque militar convencional marroquí sería «suicida»: España domina aire y mar, y el Estrecho limita la superioridad terrestre. Pero «no vaya a ocurrir» no equivale a «no mostrarlo». Reforzar la defensa antiaérea y antidrón en Ceuta y hacer ejercicios periódicos enviaría la señal de que la opción militar no es viable. El precio: ser acusado de «espiral de escalada». Las contramedidas económicas selectivas —pesca, cuotas agrícolas, remesas— tocarían intereses reales, pero Rabat respondería relajando aún más el control migratorio, y Bruselas podría oponerse a romper unilateralmente el acuerdo de asociación. La herramienta más subestimada es institucionalizar la rendición de cuentas en inteligencia: ante cada crisis fronteriza, revisión desclasificada automática e informe al Parlamento. Eso convertiría «¿actuó Marruecos deliberadamente?» de debate político en hecho verificable. La tensión entre el «WhatsApp no es prueba de alerta» de Sánchez y los documentos desclasificados es exactamente el espacio gris que esa institucionalización eliminaría.

Un mes antes de Ceuta, la ONU acababa de consagrar el plan marroquí para el Sáhara. Mohamed VI lo llamó «punto de inflexión decisivo». Después ocurrió Ceuta. La coincidencia temporal merece atención, pero no puede demostrarse. El Gobierno insiste en que «no hay pruebas concluyentes». El CNI reconoce que «no previó la magnitud», desplazando la cuestión de «si sabía» a «si advirtió». Pero la verdadera pregunta no es si Marruecos «planeó» Ceuta. Es qué necesita «planear» cuando controla de facto la frontera de un enclave vulnerable de su vecino. Solo necesita no hacer nada.

La palanca energética tiene fecha de caducidad: Rabat construye su propia regasificación, estudia un tercer cable y negocia con Portugal. Los 114,7 millones compran equipos, no autonomía estratégica. Las fuerzas de Frontex pueden quedarse, pero mientras la «pasividad» marroquí sea una variable, todo despliegue tecnológico será un paliativo. España puede europeizar la relación, construir en Ceuta y Melilla un abastecimiento que no dependa de Rabat e institucionalizar la rendición de cuentas en inteligencia. Pero hay que aceptar un hecho: el giro de 2022 sobre el Sáhara no trajo seguridad a Ceuta. Solo trajo una factura más grande, y la fecha de pago la decide Rabat . ¿Realmente Pedro Sánches es el Presidente que necesita ahora España y Europa? Podríamos asegurar que es un verdadero lastre que más que ayudar sólo puede empeorar una delicada situación.

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