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Cuba: «No escribes más o emigras», opciones para periodistas libres, Por IVÁN GARCÍA


Muchos de los jóvenes graduados de la escuela de Comunicaciones en Cuba que desisten de la prensa oficial, tras ser acosados y perseguidos, optan por emigrar

Este lunes 9 agosto de 2010, recuerdo, fui citado a una unidad de la Contrainteligencia militar ubicada en el municipio Boyero. Un fornido oficial de los boina roja, batallón subordinado a la dirección de Contrainteligencia de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), en tono áspero me pidió que me sentara en un oscuro recibidor aledaño a un gimnasio donde un grupo de soldados entrenaban artes marciales en un tatami.

A los veinte minutos llegó un oficial con el grado de coronel. Me miró de arriba a abajo, examinándome. Sin siquiera saludarme, dijo que lo siguiera. Me condujo por varios pasillos sombríos sin apenas iluminación. Pasamos frente a unas celdas tapiadas. Y luego de franquear una pesada puerta metálica con cierre eléctrico, en un pequeño cubículo sin ventanas, les ordenó a dos custodios que me registraran.

Me cachearon como si fuera un delincuente. Después me llevaron a una oficina con la climatización al tope para interrogarme. Pretendían atemorizarme. El coronel, que nunca dio su nombre o seudónimo y un teniente coronel que se presentó como Enrique, se regodeaban con su espectáculo intimidatorio. “Probablemente nunca salgas de aquí”, aseveró el coronel. La cita era para advertirme que, de escribir otro artículo periodístico, “deshonrando a los gloriosos oficiales de nuestras fuerzas armadas me iban a sancionar a veinte años de privación de libertad”.

Prohibido pensar

Me leyeron un pliego de acusaciones. Podía ser procesado por “mercenarismo, apoyar el bloqueo de Estados Unidos e instigar contra la paz mundial”, entre otras necedades. Extrañados porque no había dicho ni una sola palabra, los interrogadores querían conocer mi opinión. Les respondí en voz baja que no había cometido ningún delito y que “en cualquier país normal todo este aparataje era surrealista. Soy solo un tipo que escribe. Tengo mis criterios sobre el régimen. Y los sostengo”, dije.

Volvieron a la carga. Quería que firmara un acta. Les respondí que no podía legalizar lo que consideraba una arbitrariedad. Entonces me dieron dos opciones. “Sabemos todo de ti y tu familia. Solo tienes dos alternativas. O dejas de escribir o emigras definitivamente del país. Tú eliges”, me dijeron en tono amenazante.

Perros de caza

Tiritando de frío contesté con una pregunta: “¿Ustedes defienden la seguridad del país o son la guardia pretoriana del gobierno?” Los sorprendí. Me miraron enigmáticos. “¿A qué viene esa pregunta?”, indagó el coronel. “Es simple. Si su misión es preservar la seguridad nacional, saben de sobra que personas como yo no son una amenaza. Pero si el rol de los servicios especiales es defender al gobierno, entonces entiendo el hostigamiento. Más temprano que tarde Cuba enfilará a la democracia. Es inexorable. Las fuerzas de la seguridad deberán enfrentar al narcotráfico, el terrorismo o el espionaje. Creo que ese es el rol de la seguridad de un país. No reprimir la libertad de expresión”, afirmé.

Pero esa gente no estaba para charlas. “La próxima vez que te citemos es para meterte preso”. Fin del interrogatorio. En agosto de 2010 era colaborador del periódico español El Mundo. No era la primera vez que me citaba la Seguridad del Estado. Pero, desde que comencé en el periodismo independiente, en diciembre de 1995 en la agencia Cubapress, dirigida por el escritor, poeta y periodista Raúl Rivero, fallecido el 6 de noviembre de 2021 en Miami, los interrogatorios siempre lo hacían oficiales de la Contrainteligencia del Ministerio del Interior, quienes tienen un grupo llamado Enfrentamiento, encargado de reprimir a disidentes, activistas y periodistas independientes

Cada vez que me citan, la última fue el 5 de abril de 2017, ya siendo corresponsal de DIARIO DE LAS AMÉRICAS, siempre intento tener un diálogo civilizado. Pero ellos obedecen órdenes. No están ahí para argumentar. La charla, invariablemente, termina con una amenaza: no vamos a permitir que sigas escribiendo. Y te dejan abierta la puerta de la emigración. En marzo de 1991, antes de ejercer el periodismo independiente, estuve dos semanas en Villa Marista, acusado de ‘propaganda enemiga’.

Después, por lo menos una vez al mes, por cualquier motivo me detenían y encerraban en el calabozo de la entonces Décima Unidad policial en la Avenida de Acosta, en el municipio habanero de 10 de Octubre. Por cualquier pretexto: ser sospechoso de asesinar a una anciana, robar una lancha o pintar consignas antigubernamentales en la calle.

El blanco de los ataques

Es duro. Se siente miedo. Sabes que cualquier día cumplen sus amenazas y puedes ser sancionado a varios años de cárcel. No tengo madera de héroe. Ni de mártir. Si me viera en esa disyuntiva, desde luego que la mejor opción sería emigrar. Pero no les demuestro miedo. Me he percatado de que la Policía política acosa con mayor saña a los periodistas que escriben para medios independientes radicados en el exterior o que editan un periódico desde Cuba.

De las agencias fundadas a mediados de la década de 1990, ninguna sobrevivió. Cuba Press, Habana Press y Decoro, entre otras, sucumbieron al feroz hostigamiento de la Seguridad del Estado. Se calcula que los últimos veinte años, más de 300 periodistas libres se han visto forzados a emigrar. Otros, luego de cumplir una sanción penal, se marcharon como refugiados políticos.

El precio del exilio

El exilio es durísimo. Muy pocos continúan haciendo periodismo. Conozco amigos que fueron excelentes periodistas que ahora trabajan conduciendo una rastra, como dependientes de comercios o limpiando pisos. Otros reciben exiguas pensiones y han caído en el olvido. Pero a pesar de la represión y el miedo, el periodismo independiente en Cuba ha crecido en cantidad y calidad. Aunque en los últimos tres años reporteros talentosos, graduados de periodismo en la Universidad de La Habana como Elaine Díaz, Darcy Borrero, Mónica Baró, Carlos Manuel Álvarez y Julio Batista, debido al acoso de la Seguridad del Estado, han tenido que irse del país.

La diferencia de esta hornada de periodistas con la de hace unos años, es que fuera de Cuba se han mantenido haciendo periodismo. Mónica Baró, súper activa en las redes sociales, publica en la revista digital El Estornudo y en CiberCuba, portal de noticias. Darcy Borrero escribe para DIARIO LAS AMÉRICAS. Carlos Manuel colabora con El País de España y otros medios prestigiosos. Textos de Glenda Boza se pueden leer en El Toque, sitio online. Y Elaine Díaz sigue coordinando la web Periodismo de Barrio. Las nuevas tecnologías permiten realizar periodismo a distancia.

Desde 2020, el régimen de La Habana ha reforzado su legislación para amedrentar, sancionar y aniquilar el periodismo independiente. Le temen porque saben que cada vez aumenta más su credibilidad entre los ciudadanos. La estrategia es disuadir con elevadas multas, hostigamiento y amenazas de cárcel a los periodistas más incómodos.

El régimen no se detiene. En los próximos meses, con la aprobación de un nuevo Código Penal que prevé sanciones penales más estrictas a cualquier proyecto periodístico que reciba financiamiento desde el extranjero, cuyo objetivo es forzar el cierre de medios digitales como 14ymedio o El Estornudo, podría acelerarse el éxodo de periodistas, editores y colaboradores independientes (e inclusive de los que laboran en medios oficiales). Se avizoran tiempos aún más difíciles para el periodismo libre en Cuba.

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