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De interés: ¿Compraría usted un búnker? El miedo dispara la oferta de refugios

La concatenación de eventos como la pandemia y la guerra de Ucrania ha puesto de moda la construcción, rehabilitación y comercialización de bunkers

¿Estamos preparados para lo peor? Estos últimos años, la realidad nos ha estimulado el músculo de la imaginación en la peor de las direcciones. Crisis financieras, pandemia de coronavirus, guerra en Ucrania… ¿Qué toca ahora? Con la ansiedad crece la demanda de seguridad. En el apartado inmobiliario, uno de los ejemplos más ilustrativos de esta ecuación quizás sea el de los búnkeres. La fiabilidad financiera del ladrillo, ese tópico, alcanza un nuevo nivel con el hormigón y el acero.

Según la herramienta Google Trends, las búsquedas con la palabra búnker están alcanzando estos días el nivel del principio del «coronavirus», y las de nuclear, las de 2011, cuando se produjo la catástrofe de Fukushima. El arqueólogo Pablo Schnell, profesor de Fortificación y Poliorcética del Instituto de Historia y Cultura Militar, percibe la sensación, pero matiza con parámetros técnicos e históricos, comenzando con un dato sorprendente: «Durante la Segunda República, el Gobierno español aprobó en agosto de 1935 un decreto que obligaba a construir refugios antiaéreos a los ayuntamientos a través de impuestos especiales; sin embargo, no se empezó a desarrollar hasta que ya se había iniciado la Guerra Civil, y solo lo aplicaron en el bando republicano». Con poco éxito. Schnell hace una analogía con Ucrania: «El proceso de construcción es complejo, pueden pasar meses, y, mientras, las bombas caen». La concienciación tiene sentido en un contexto prolongado, como el de la Guerra Fría: «De hecho, países cercanos a Rusia, como Polonia o Finlandia, tenían una red de búnkeres, pero los abandonaron y habría que rehabilitarlos». Aparte de la cuestión legal -«si alguien lo ha comprado y ha puesto un garaje, habría que respetarlo»-, se necesitaría un ecosistema industrial ad hoc. Ahí habría negocio.

La demanda, sin embargo, varía según diferentes parámetros. Por ejemplo, hay países en el que la construcción de búnkeres lleva décadas siendo no ya tendencia, sino… obligatorio. Es el caso de Suiza, donde una ley de 1963 obliga a todos los ciudadanos a tener su propio refugio antiaéreo con filtro de aire o, al menos, acceso a uno común. En total, se calcula que en el país helvético hay más de 300.000 búnkeres, 8.000 de ellos integrados en su idílico paisaje, camuflados entre las rocas o disfrazados de edificios antiguos. «Suiza ha sido neutral, pero saben que un ataque nuclear no conoce fronteras», dice Schnell. Y lo más importante: «En Suiza un barrendero cobra 6.000 euros al mes. Se lo pueden permitir». El beneficio de sobrevivir es inmenso, pero lo que hay que medir con los costes es la posibilidad de amortización, que en este caso, afortunadamente, no está nada claro. «Desde la prehistoria, las ciudades no quieren construir murallas o castillos porque son muy caras y a los comerciantes no les sirven para nada. Al final, se trata de una cuestión política, pero en teoría de la defensa hay un principio fundamental: si no te has gastado el dinero antes, no sirve de nada cuando te están atacando».

Schnell define el búnker básico como «una caja de hormigón armado que tiene que resistir unos impactos y ser estanco en caso de guerra nuclear o biológica, por la radiación, gas o diferentes agentes patógenos. La clave es el aislamiento del exterior y la autonomía. Cuanto más inviertas, más completo será y más tiempo podrás permanecer en él. En los más grandes, típicos por ejemplo de Nevada, en EEUU, puedes estar años. Pero la gran cuestión es qué vas a encontrar cuando salgas». Todo depende de la ecuación de miedo y dinero disponible. «En el caso de los suizos, lo normal es construir el más barato, una habitación un poco mayor de lo habitual, de 30 o 40 metros, que cumpla el mínimo legal, e incluso así el gasto ronda los 200.000 euros. Después, si eres millonario, le puedes pones una pista de pádel, proyecciones de paisajes en las paredes, lo que quieras». En cualquier caso, la norma suiza se relajó en 2012: el mínimo de habitaciones para obligar a un edificio a contar con un refugio subió de ocho a 80 habitaciones, y se estableció una tasa por prescindir de un búnker obligatorio de solo 800 francos euros (787 euros), ampliando el derecho a optar por refugios comunitarios.

REFUGIO TOTAL

En el país helvético prosperan empresas como Amesis Bat Protect, con sede en Ginebra, que se publicita como «la única empresa europea que ha adquirido experiencia y profesionalidad en la construcción de refugios de protección CBRN-E (nuclear, radiológica, biológica, química, explosiva) en alta seguridad en Suiza, Europa y el resto del mundo». Construyen «refugios antiatómicos de hormigón armado, completamente impermeables y totalmente autónomos en agua y electricidad, para la protección contra todas las amenazas externas CBRN-E y todos los desastres y emergencias que se produjeron con o sin previo aviso: guerra con armas convencionales, guerra civil, epidemia, virus, desastre natural, ola de calor extremo, etc.» Su rango incluye refugio privados para la población civil y colectivos con capacidad de hasta 2.000 plazas, que pueden incluir instalaciones sanitarias para atención de emergencia con quirófano, una farmacia, un laboratorio o un puesto de mando.

Países como Alemania o Francia se sitúan en una gama media de urgencia en la demanda. Frontera de la Guerra Fría, Alemania desarrollo una amplia red de refugios, pero la caída del Muro de Berlín fue reduciendo la tensión y, en 2007, el Gobierno decidió oficialmente desmantelarla. Las tornas han cambiado con Ucrania. Más de dos tercios de los alemanes se dicen preocupados por la guerra, pero de momento solo hay llamadas de alerta, como la de Gerd Landsberg, secretario general de la asociación de municipios Deutscher Städte und Gemeindebund, que reconoció «mucha tarea por delante para ponernos al día en la gestión de catástrofes». Se calcula que hay unos 9.000 bunkers privados en todo el país, pero la Agencia Federal para la Propiedad Abandonada advierte de que no hay refugios disponible para todo el mundo.

En Francia, un país que ha apostado por la energía nuclear, la empresa privada parece estar tomando la iniciativa. Artémis Protection, constructora de refugios antinucleares, avisa de que el país solo cuenta con unos mil bunkers, 400 privados y el resto militares. Esta misma semana, su CEO, Mathieu Séranne, aseguraba haber recibido más de 900 encargos desde que empezó la guerra de Ucrania. La urgencia disminuye con la distancia, pero incluso países como Italia sienten el maremoto; según «The New York Times», la empresa transalpina Minus Energie, que había construido 50 búnkeres en dos décadas, ha recibido más de 500 consultas de clientes en las dos primeras semanas del conflicto ucraniano.

España se encuentra en la gama más baja del mercado, pero cuenta con un gran potencial. Todo está por hacer. Tras el boom bélico, las empresas se sienten desbordadas y han ido desarrollando cierta aversión a los medios tras una primera fase de importante exposición con el boom de la guerra de Ucrania, teniendo en cuenta, además, la confidencialidad que exigen los clientes. Compañías como Bunkeralia, con sede en Zaragoza, o la onubense Underground Building no han querido participar en este reportaje. Sí se ha prestado ABIBOO Studio, que puede servir de puente gracias a su particularidad mestiza. Aunque su sede central está en EEUU, donde el sector está ya más que maduro y acostumbrado a lidiar con la opinión pública, tiene oficina en Madrid y su fundador es el español Alfredo Muñoz. Su modelo de negocio se ha basado hasta ahora en los búnkeres de lujo. «En realidad, se trata de segundas viviendas, de entre 500 y 2.500 metros cuadrados, al alcance de poca gente. Trabajamos sobre todo en EEUU y Nueva Zelanda, pero también en Europa, Oriente Medio y Asia. Actualmente tenemos un proyecto en el sur de España, no podemos concretar más porque la confidencialidad es fundamental en este producto. Los precios varían mucho según el lugar, porque se mezcla el prefabricado con la obra in situ, que implica la participación de un constructor local, y no es lo mismo Carolina del Sur que Nueva Zelanda, Toledo que Marbella. En España, un búnker en funcionamiento completo está en 2.500 y 3.000 euros el metro cuadrado», explica.

La gran oportunidad, no obstante, quizá este en otro concepto: «Detectamos una necesidad de bunkers prefabricados mucho más baratos, transportables a cualquier parte del mundo e instalables en una semana, semana y media como mucho», explica Muñoz. «Para cubrir esa demanda, creamos el DBX Mini, completamente prefrabricado, con precios a partir de 150.000 euros, dependiendo de la autonomía, el tiempo de aislamiento que ofrece: puede acomodar hasta a cinco personas durante un año. Estamos desarrollando un prototipo en España, con una empresa en Burgos, desde hace año y medio, y esperamos tenerlo listo en mayo».

ESTUDIO

De ABIBOO surge la idea y el diseño -«somos un estudio de innovación y de arquitectura, no tenemos capacidad de fabricación»-, que se desarrolla a través de joint ventures con empresas especializadas: calderería inoxidable, instalaciones… Pero el cliente final ve el producto del estudio. Para seguir creciendo, Muñoz descarta la salida a bolsa -de nuevo, «la confidencialidad es clave»- y se decanta por los fondos de inversión, capital riesgo… Que seguro que están sobrevolando un mercado cuyas posibilidades se han disparado. «Hemos hecho estudios de mercado en EEUU, pero con la situación geopolítica actual todo se ha convertido en una verdadera locura, nos llaman casi todos los días. Pero ya antes sabíamos que el 3% de la población estadounidense se considera prepper, es decir, activamente preparado para una situación extrema por el cambio climático, una guerra, una pandemia… También tiene que ver con la mentalidad más individualista del ciudadano norteamericano, sobre todo en ciertas regiones, que le lleva a cuidar de sí mismo, sin esperar que lo haga el Estado. Europa aún está lejos de esa idiosincrasia, pero la mentalidad prepper está creciendo».

De momento, EEUU es la referencia de este sector. Aunque incluso allí está todo aún muy fragmentado, un nombre comienza a sobresalir. Vivos, la compañía creada por Robert Vicino en 1982 tras un sueño visionario, añade a la oferta convencional de bunkers individuales, la posibilidad de pertenecer a una comunidad con acceso a una amplia red de refugios. En 2020, el año del coronavirus, incrementó un 500% las ventas. «Todo el mundo está temblando, pero no es por el Covid. Eso ha sido solo un despertador», dijo entonces a Financial Times. El preparacionismo se extiende a marchas forzadas. El libro Bunker: Building for the End Times, publicado en agosto de 2020 por Bradley Garret, cifraba en 3,7 millones los estadounidenses que se consideraban preppers. Al poco, un profesor de la Universidad de Cornell actualizó los datos tras la explosión de la pandemia: 12 millones.

Vicino le ha puesto ahora el ojo a una aterrorizada Europa. La filial Vivos Europa One ya ha comenzado a vender espacio en un antiguo búnker en rehabilitación de Alemania del Este. Esperemos que no acumule más argumentos de venta…

Requisitos a tener en cuenta

Aspectos legales: En algunos lugares es necesario una autorización legal para cavar y construir un búnker bajo la vivienda.

Buena planificación: El tipo de terreno, las condiciones climáticas y el acceso a servicios es muy importante.

Localización: se deben evitar lugares con grandes cuerpos de agua como lagunas, ríos y mar. Lo mismo sucede cuando existe demasiada vegetación y bosques alrededor. Las raíces pueden dificultar la excavación y pueden dañar el material. Evitar también lugares con servicios subterráneos, como tuberías de agua, de luz, de Internet…

Material de construcción del búnker: Láminas de metal, hormigón o ladrillo.

Tipo de suelo: Debe ser firme y no demasiado árido. La localización geográfica y el clima es importante, sobre todo en regiones muy frías. Cuando el suelo se congela o se descongela, este se contrae o se expande.

Fuente ElMundo.es

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