Ahora que la palabra transición se ha puesto de moda, hasta el punto que ella se “ha vuelto una superstición” (Dixon Dominguez, en La Gran Aldea), todos hablamos de ella, hacemos pronósticos, para dar cuenta de los cambios que se han producido desde el 3 de enero de este años para constatar que en rigor no ha cambiado nada sustancialmente, cuestión que nos da un golpe en la frente al cerciorarnos que en la cúpula del poder se mantiene la misma nomenklatura que nos ha gobernado en las últimas dos décadas con la única ausencia, sacado por la fuerza, de Maduro. Aunque ahora lo hace asociada, bajo la forma de tutelaje, con la administración Trump a quien nunca le hemos escuchado “un comentario juicioso e interesante sobre la democracia”, todo lo contrario.
No ha sido el único proceso de transición que hemos vivido en este largo período de 27 años. Dentro del chavismo se ha andado por tres momentos de transición: de la república democrática al autoritarismo competitivo dirigido por Hugo Chávez (1998- 2012), del autoritarismo competitivo a la dictadura dura de Nicolás Maduro (2013 a 2025) y de esta a la dictadura blanda de los hermanos Rodrígiez, impuesta por la administración Trump y que asume la forma de régimen tutelado (a partir de los eventos del 3 enero de este año).
Cada uno de estos procesos vividos dentro del régimen chavista, presenta particularidades, pero el núcleo del régimen se ha mantenido inmutable.
El primer momento del proceso de transición vivido dentro del chavismo, lo condujo Chávez. Él consolidó un Estado unipartidista, que no significó la supresión de los partidos políticos de oposición, solo que, el control absoluto de las instituciones del Estado hizo a la oposición, representada fundamentalmente por esos partidos, irrelevante como amenaza real al régimen.
Su “logro” más importante en la construcción de un orden con pretensiones autoritarias fue la politización de la Fuerza Armada Nacional y el inició de “la construcción de un entramado de órganos coercitivos”, cuya función inicial fue la vigilancia, persecución y neutralización de los sectores institucionales y democráticos de la FAN. Este entramado alcanzó su máximo desarrollo con el advenimiento de Maduro al poder que heredó de Chavez tras su muerte, que mantuvo su función inicial, desmantelamiento institucional de la FAN y convirtiéndola en una guardia pretoriana.
El “otro logro” importante de Chávez fue, gracias a su liderazgo carismático, la configuración de una situación en la que las mayorías recondujeron sus orientaciones políticas, desplazando su orientación política caracterizada durante una buena parte de los cuarenta años de la república democrática de un “consenso democrático” (100% a 75% decía orientarse positivamente por principios democráticos, incluso en los turbulentos días que siguieron al 4 de febrero de 1992, aun con las criticas abiertas que se le hizo al gobierno de Carlos Andrés Pérez, la gente consideraba que la democracia era la mejor forma de gobierno. De 0% a 25 % decía orientarse negativamente hacia la democracia, pero ese porcentaje era irrelevante para producir cambios en el sistema político) a situaciones donde se comienza a configurar un “disenso antidemocrático” (40% an25% decía entonces orientarse positivamente por principios democráticos y 60% a 75% decía orientarse negativamente hacia la democracia, la forma estatal que había organizado al país durante cuarenta años)*.
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El periodo de la dictadura dura encabezada por Nicolás Maduro se caracterizó por la corrupción a escala ampliada, que superó con creces la registrada en toda la historia del país, pero en el caso de Maduro, más que en cualquier gobierno anterior, sirvió de mediación eficiente en la organización del Estado y en la estructuración de una fuerte unidad de las diferentes fracciones que conformaban la alianza en el poder, con ello, la opacidad, el debilitamiento institucional y la discrecionalidad se convirtieron en elementos centrales de la organización del Estado y del régimen madurista.
Maduro, en mayor grado que Chávez, consolidó el proceso de cooptación del Estado por estructuras criminales ligadas a la guerrilla, al terrorismo, narcotráfico y contrabando de oro y tierras raras y, sobre esas bases, organizó el orden social y político durante los doce años de su gobierno que terminó por desintegrar socioeconómicamente al país y produjo la crisis humanitaria que el país padece desde entonces.
Pero, donde Maduro rebasó los límites de su acción política fue con la violación sistemática de los Derechos Humanos, esto, le confirió al régimen, junto con el fraude electoral del 28 de julio de 2024, su fisonomía inapelable como una dictadura que la colocaba en el mismo plano de las clásicas dictaduras latinoamericanas, pero, con una clara diferencia, mientras esas dictaduras que agobiaron a sus países durante décadas, modernizaron a sus respectivos países (caso Chile, por ejemplo), aunque a un costo altísimo de vidas, la dictadura madurista significó un total retroceso del país.
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Lo que puede definirse como “el quebrantamiento de los límites impuesto a la acción estatal sobre sus gobernados” se inicia de manera desnuda en 2014, continuó en 2017 y en 2019, en la que se produjo el asesinato de cientos de jóvenes que tomaron las calles contra los resultados fraudulentos de las elecciones de 2013 y consolidó la violencia política mediante los allanamientos, las detenciones sin orden judicial, torturas, prisión sin juicios, desapariciones forzadas, sin conocerse el destino de los desaparecidos, asesinatos e intimidación, etc. todo ello de manera sistemáticamente cotidiana, acción estatal que la dictadura llevó a cabo, de manera especial, posterior al fraude electoral cometido en julio de 2024.
Maduro configuró lo que Jesús Gustavo Arocha llama la “arquitectura invisible” del Estado dictatorial mediante la cual el régimen madurista ejerció su vocación represiva: el DGCIM, el SEBIN, DAET, GOES construyeron el brazo armado “legal” que junto con las organizaciones de carácter paramilitar sustentó el régimen madurista y todavía, bajo la nueva situación sobrevenida el 3 de enero, este “Estado paralelo” se mantiene intacto.
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Con la salida de Maduro y mediante la decisión de Trump, la salida a la dictadura transita hacia una diarquía (Delcy Rodríguez- Jorge Rodríguez, otros opinan que estamos frente a una tetrarquía, pues no salieron del poder Diosdado Cabello, jefe de la estructura represiva y a Padrino López jefe de la FAN) tutelada por la administración Trump, que en estas notas he llamado “dictadura blanda”. Bueno, algunos dirán que ni tan blanda, porque, aunque parece no requerir de la violencia, a la manera de Maduro, para mantenerse en el poder, al igual que sus anteriores formas autoritarias y dictatoriales, ésta que da comienzo el mismo 3 de enero, con una nueva cabeza, pero con el mismo cuerpo, sigue siendo enemiga de un poder judicial independiente y la amenaza del ejercicio represivo, bajo las mismas manos, la persecución, las amenazas y la inhabilitación política siguen teniendo una latente presencia.
La intervención de la fuerza militar norteamericana y el posterior advenimiento de los hermanos Rodríguez al poder pretenden responder a la crisis de gobierno y a la crisis de régimen, ambas crisis se mantienen sin poder ser resueltas, la primera porque su crisis esta cruzada por contradicciones en el seno del mismo gobierno, que no se agota por cambios de funcionarios de alto nivel en la nomenklatura, por ejemplo, el mismísimo jefe, en este caso Maduro, quien se constituyó en un paquete demasiado pesado para el propio régimen ha sido sustituido por Delcy Rodríguez impuesta por la administración Trump o el cambio del fiscal, en esta caso Tarek W. Saab, el carcelero de los presos políticos sustituido por Larry Devoe, quien niega que en Venezuela haya presos políticos.
Las contradicciones cruzan todo el aparato estatal, aun cuando la intervención norteamericana opera para su estabilización, como “la primera fase” de su proyecto intervencionista.
La crisis de régimen esta marcada por una parte por la presencia misma de la intervención de los EE.UU quien, aun cuando no cierra temporalmente el interinato (no tiene fecha en el calendario), mantiene, discursiva y formalmente que su estadía es temporal.
En lo interno, por otra parte, la crisis del régimen se manifiesta, en la exclusión del proceso de “transición” a los ciudadanos y a la oposición democrática que demandan el retorno a la democracia. El nuevo-viejo régimen cierra esas posibilidades al cancelar la posibilidad de competir y participar por el acceso a los canales de poder al sector mayoritario de la oposición, al mantener leyes punitivas que cierra esa posibilidad, por ejemplo, la Ley contra el odio, Ley orgánica Simón Bolivar contra el bloqueo y recientemente el artículo 9 de la Ley de Amnistía.
Es probable que esta crisis se mantenga un largo rato, administrada por el tutelaje implementado por EE.UU. ¿Cuánto durará? No tengo idea, pues depende de criterios foráneos que no tienen que ver con los deseos y demandas del ciudadano venezolano. Sí, la duración de “esta transición” depende de Trump, el hombre que el sábado señaló, por ejemplo, que la guerra contra Irán duraría tres días, al final de la tarde, señaló que el estimaba que duraría cuatro semanas, pero ayer (martes) señaló que duraría lo que fuera necesaria. Si ese es el criterio que tiene para la “transición” que él impuso en Venezuela, el problema no sería “saber cómo ni cuándo acaban las cosas, sino por saber qué hicimos nosotros mientras tanto”.
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