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Opinión

Del “esbirro” que salió de la pudrición Por Antonio José Monagas

Referir la palabra “esbirro”, exige indagar el tejido político en el cual adquiere sentido dialéctico. Aunque en principio, tan repulsivo término tiene una procedencia afincada en la naturaleza del totalitarismo más irracional. Junta razones políticas de la más indecente calaña, con disposiciones de fuerza.

El hecho de contar con sinónimos que puntualizan palabras como “policía, represor, secuaz, seguidor, sicario y torturador”, según lo detalla el diccionario panhispánico de la Real Academia Española, revela el carácter de su etimología. Sobre todo, cuando el DRAE explica que contiene un significado que hace ver “la persona que ejecuta las órdenes de otra o de una autoridad, si para ello debe emplear la violencia”. 

Quizás, la revisión de la teoría sociológica del “gendarme necesario”, expuesta por el asesor principal del gobierno nacional regido por el bastón de mando del general Juan Vicente Gómez, quien condujo a Venezuela durante las tres primeras décadas del siglo  XX, luce pertinente. Fue el general Gómez, quien hizo que bajo su régimen político, basado en la tiranía que para los efectos dispuso, Venezuela se administrara a la sombra de la tiranía  entendida como recurso de poder político. 

No cabe duda de que para su tiempo, 1908-1935, haya antecedentes que den cuenta del carácter vertical que se arrogó el régimen dictatorial de Gómez. Su gobierno fue razón para conseguir alguna razón que hable de por qué el término “esbirro” le fue endilgado a funcionarios de la seguridad política cuyas actuaciones comportan la violencia que mejor habla del torturador, del represor, del policía intransigente e injusto.

Hipótesis que podrían conducir al término “esbirro”

El militarismo consiguió en el “caudillismo” el aliado que mejor justificaba la imposición de un autoritarismo convencido de la fuerza como recurso de gobierno para “civilizar la población”. Este “militarismo” se convirtió en razón que cuadraba con la necesidad de “ordenar” la sociedad. Pero en función de intereses que convenían al sistema político que, para entonces, vino trabajando en oscura complicidad con las fuerzas militares. 

Fue así como el “militarismo” adquirió fuerza política. Así, logró cambiar intenciones de crecimiento económico argumentadas en necesidades de desarrollo basadas en conceptos mediocres que pusieron en marcha con el apoyo de una estructura cívico-policial donde la figura del “esbirro” no podía faltar. Aún más, con la excusa de mantener a raya todo factor disidente que pusiera en riesgo la estabilidad del régimen tiránico. Así como la serenidad social asumida como premisa del “progreso” prometido en el plano real.

Consecuencias del militarismo en la política

En el plano político, el “militarismo” hegemónico visto en el curso de la historia política contemporánea, se ha arrogado atribuciones al voleo. Así le ha restado importancia a la institucionalidad sobre la cual descansa el ordenamiento jurídico que sirve de fundamento al discurrir general de la sociedad. 

De esta forma el liderazgo político en encubierta complicidad con altos jerarcas del mundo militar, ha abusado de la autoridad para cambiar los parámetros bajo los cuales adquiere contenido el concepto  de “orden” que el exacerbado “militarismo” ha presumido como estrategia en su línea de comando. 

¿Cómo se afianzó el concepto de “esbirro”?

Acá tiende a fortalecerse el concepto de “esbirro”. Su aparición se valió de estructuras gubernamentales que, en su oficio, buscaron afianzar el totalitarismo como sistema político. De ahí que someter la sociedad bajo la fuerza del “esbirro”, significaba instaurar un régimen político suficientemente opresivo para sembrar el terror que requiere consolidar un gobierno represivo. 

Por eso el sistema político, en contrario con postulados que exaltan libertades y derechos humanos, actúa apegado a esquemas dictatoriales teñidos de postulados democráticos. En toda su  extensión. Pero en el fondo, arrima procedimientos administrativos a alguna fórmula dictatorial como mecanismo de fuerza. Fórmula esta que es matizada con argumentos encubiertos mediante excusas que hablan de imponer el “orden” a instancia de una ideología militarista-policial. 

En aras pues de dominar circunstancias manipuladas por la barbarie,  el caos y la anarquía, había que aducir alguna figura de autoridad que calzara con la necesidad de dirimir problemas de todo orden que configuraban realidades convulsivas. Había que pensar en quién podría ejercer la autoridad dictatorial, en representación del régimen político. Fue entonces cuando adquirió razón la figura del “esbirro” quien, en el contexto del autoritarismo tiránico, fue el personaje que fungía como el “hombre fuerte” sin que sus acciones tuvieran mayor repercusión. Era la figura que se correspondía con las intenciones perversas del totalitarismo en curso.

La impunidad en la acción del “esbirro”

La impunidad de la cual se ha valido el régimen autoritario para imponer su fuerza, tanto como para disuadir la incidencia de cualquier conflicto asistido por la represión, ha justificado la acción de estos personajes conocidos como “esbirros”. Y que indistintamente de lucir un uniforme o de actuar a nombre de la autoridad, vestido de paisano, adquiere plena justificación en lo que a los intereses políticos del autoritarismo, detenta. 

Además, su labor es infiltrada por el odio pues a decir de algunos postulados reivindicados por líderes totalitarios, el odio es un “factor de lucha”. Como recurso sociológico, permite forzar acciones políticas dirigidas a anular al adversario. El “esbirro”, entonces busca actuar contra toda manifestación que atente contra la ideología y praxis política sobre la cual descansa el discurrir del régimen dictatorial.

La necesidad de actuar de la mano de la represión, ha permitido a las dictaduras la aprobación para dotar de artilugios de movilidad y de fuerza (vehículos y armas) que faciliten la labor opresora del “esbirro”. Esto ha hecho que organismos policiales y militares, avalen el indigno trabajo del “esbirro” en su condición de verdugo, sicario, mercenario o servil del autoritarismo hegemónico y tiránico. 

Así el “esbirro” se adapta a las coyunturas sociales y políticas. En consecuencia, las organizaciones de seguridad “política” de los regímenes autoritarios, cambian sus fachadas a conveniencia de los intereses que sirven a los dominios del régimen. Detrás de tanta indecencia, aparece camuflada la figura de esos personajes. O sea, del “esbirro” que salió de la pudrición.

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