Hay momentos en la historia en los que una nación no pierde solamente su estabilidad económica, sus instituciones o la confianza en sus gobernantes. Pierde algo mucho más profundo: la fe en las ideas que alguna vez le dieron sentido a su existencia.
Venezuela parece atravesar uno de esos momentos.
La frase de Friedrich Nietzsche, «Dios ha muerto», pronunciada en el siglo XIX como una de las más profundas advertencias filosóficas de la modernidad, adquiere hoy una inquietante resonancia en la realidad venezolana. No se trata de la muerte de Dios en sentido religioso, sino del derrumbe de las esperanzas que durante décadas sostuvieron la conciencia colectiva de una sociedad.
Nietzsche anunciaba la caída de los valores absolutos, de aquellas verdades que el hombre había aceptado sin cuestionar y que, de pronto, ya no podían ofrecer respuestas convincentes frente a la realidad.
En Venezuela, esas esperanzas también parecen haber muerto.
Murió la promesa de una revolución que ofrecía redención social. Murió la confianza ciega en el poder como instrumento de justicia. Murió, para millones de ciudadanos, la esperanza de que el sacrificio de hoy garantizaría necesariamente un mañana mejor.
Y cuando las promesas se derrumban, cuando las palabras dejan de coincidir con los hechos, cuando la realidad contradice de manera persistente el discurso oficial, comienza a abrirse un vacío que ninguna propaganda puede llenar.
Durante años, Venezuela fue presentada como el escenario de una transformación histórica. Se prometió refundar la República, construir una sociedad más justa, devolverle al pueblo su dignidad y convertir al país en una referencia de soberanía y bienestar.
La política se cargó de símbolos, de discursos épicos y de una narrativa que pretendía explicar el presente como un sacrificio necesario para alcanzar un futuro glorioso. Pero el tiempo, ese juez implacable que no obedece a consignas, comenzó a mostrar las contradicciones entre la promesa y la realidad.
La nación que aspiraba a convertirse en ejemplo terminó enfrentándose a una profunda crisis económica, institucional y social. Millones de venezolanos abandonaron su tierra. Familias enteras quedaron separadas. La incertidumbre se convirtió en parte de la vida cotidiana y la esperanza, en muchas ocasiones, tuvo que aprender a sobrevivir lejos de casa.
¿Qué sucede cuando un pueblo descubre que la promesa en la que depositó su destino no era suficiente para sostener su futuro?
Sucede que comienza a morir una forma de creer. Y muere el mesías de turno.
Nietzsche comprendió que el hombre no solamente necesita vivir: necesita encontrar un sentido a su existencia. Y cuando ese sentido se derrumba, puede aferrarse desesperadamente a nuevas creencias, nuevos ídolos y nuevos salvadores.
La política no escapa a esa necesidad humana.
En Venezuela, el liderazgo político ha estado acompañado, en distintos momentos, por una poderosa carga emocional y simbólica. La figura del líder ha sido presentada como encarnación de la patria, intérprete de la voluntad popular o depositario de una misión histórica. El problema comienza cuando la política deja de ser un ejercicio de responsabilidad pública y se transforma en una especie de religión civil.
Entonces, cuestionar al gobernante se interpreta como una traición. Criticar al poder se convierte en una amenaza. Y la lealtad termina ocupando el lugar que debería corresponderle a la razón.
Pero ninguna sociedad puede vivir indefinidamente bajo la lógica del mesianismo político. Ningún hombre puede sustituir a las instituciones. Ningún partido puede apropiarse de la nación. Ninguna ideología puede reclamar para sí el monopolio de la verdad.
Cuando un pueblo convierte a sus dirigentes en dioses, corre el riesgo de olvidar que los dioses políticos también tienen pies de barro.
Nietzsche advertía que, incluso después de la muerte de Dios, su sombra podía continuar proyectándose sobre la humanidad.
Esta reflexión resulta particularmente pertinente para Venezuela.
Porque la crisis de las certezas no significa necesariamente que esas certezas hayan desaparecido por completo. Muchas veces continúan sobreviviendo bajo otras formas.
La nostalgia de un pasado idealizado, la esperanza depositada en un nuevo salvador, la confianza ciega en una ideología o la convicción de que todo se resolverá con el cambio de un solo hombre son expresiones de esa sombra.
Cambian los nombres, cambian las banderas, cambian los discursos. Pero permanece la tentación de creer que la salvación vendrá desde arriba y que el Estado es Dios.
Y mientras una sociedad continúe esperando que otros resuelvan sus problemas, seguirá postergando la tarea más difícil: asumir su propia responsabilidad histórica.
La democracia no se construye con devociones. Se construye con ciudadanos capaces de pensar, disentir, exigir y participar.
La tragedia venezolana no puede medirse únicamente en cifras económicas o estadísticas migratorias. Detrás de cada número hay una historia humana.
Está el padre que se marchó para enviar dinero a sus hijos. La madre que cruzó una frontera buscando una oportunidad. El joven que creció escuchando hablar de un país que ya no conoce. El trabajador que vio desaparecer el valor de su esfuerzo. El ciudadano que aprendió a vivir entre la incertidumbre y la resignación. Están más de 450,000 muertes bajo la dictadura.
Venezuela no ha perdido solamente parte de su riqueza material. Ha sufrido también una profunda fractura de su tejido social.
Y quizá una de las heridas más dolorosas sea la pérdida de confianza en el mañana.
Porque cuando una sociedad deja de creer que el futuro puede ser mejor, comienza a vivir atrapada en el presente, sin horizonte y sin propósito.
La emigración venezolana es también una expresión de esa ruptura: millones de personas que tuvieron que buscar fuera de su patria las condiciones que esperaban encontrar en ella.
Pero hay algo que permanece.
La identidad, la memoria y la voluntad de reconstrucción de quienes siguen creyendo que Venezuela puede volver a ser un país donde vivir no sea una hazaña cotidiana.
La muerte de Dios, en Nietzsche, no es solamente una declaración de destrucción. Es también una advertencia: si los valores tradicionales han perdido su fundamento, el hombre debe enfrentarse a la responsabilidad de crear nuevos valores.
Venezuela necesita una reflexión semejante y salir de la tara mental de creer en mesías y el Estado como Dios.
No basta con cambiar de gobierno si se mantienen intactas las prácticas que hicieron posible el deterioro institucional. No basta con sustituir una ideología por otra si se conserva la costumbre de obedecer sin cuestionar. No basta con recuperar la economía si no se reconstruye también la confianza, la justicia y el respeto por la dignidad humana.
La verdadera transformación de un país no comienza únicamente en el Palacio de Gobierno. Comienza en la conciencia de sus ciudadanos. Comienza cuando se comprende que la libertad no es una concesión del poder, que la justicia no puede depender de la voluntad de un dirigente y que la dignidad de una nación no puede medirse por la grandeza de sus discursos.
Venezuela necesita recuperar la capacidad de pensar por sí misma.
Necesita instituciones que no dependan de la voluntad de un hombre. Una justicia que no responda a intereses políticos. Una sociedad donde disentir no sea un acto de valentía extraordinaria, sino un derecho natural. Un país donde la esperanza no sea utilizada como instrumento de propaganda, sino que encuentre fundamento en hechos concretos.
Nietzsche escribió sobre la muerte de Dios para confrontar a la humanidad con las consecuencias de sus propias creencias.
Venezuela, en su propia historia, parece enfrentada a una pregunta semejante:
¿Qué queda de una nación cuando se derrumban las promesas en las que había depositado su destino?
Quizá queda lo esencial. Queda el ciudadano que se niega a renunciar a su dignidad. Queda la memoria de quienes lucharon por una vida mejor. Queda la posibilidad de reconstruir una sociedad sobre valores que no dependan de la voluntad de un gobernante ni de la obediencia a una doctrina.
Y queda, sobre todo, la responsabilidad de comprender que ningún mesías vendrá a resolver por nosotros aquello que como sociedad hemos dejado de construir.
Porque el verdadero drama de Venezuela no es solamente que hayan muerto muchas de sus esperanzas.
Es que, después de tantas promesas, todavía existe el peligro de seguir buscando nuevos dioses en lugar de construir una nación de ciudadanos libres.
Tal vez Nietzsche tenía razón en algo fundamental: cuando los viejos dioses caen, el hombre queda frente a sí mismo.
Venezuela está frente a ese espejo.
Y la pregunta que ahora debe responder no es quién será su próximo salvador, sino qué está dispuesta a hacer para dejar de necesitarlo.
Porque cuando mueren los dioses de la política, comienza la responsabilidad de los ciudadanos. Y cuando un pueblo deja de esperar milagros, puede empezar, finalmente, a construir su propio destino.
Por tanto, Venezuela no necesita nuevos dioses políticos; necesita ciudadanos capaces de construir una nación.
Gervis Medina
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