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Ecuador: tercer destino para el inmigrante venezolano

“Nuestras maletas maltrechas estaban apiladas en la acera nuevamente; pero aún teníamos mucho por recorrer…» La voces inocentes de nuestros niños emigrantes. Ecuador es el tercer país con mayor población venezolana después de Colombia y Perú.

Al igual que en el resto de países, la llegada de familias venezolanas empieza en 2015 pero se incrementa considerablemente a partir de 2017.

Actualmente se calculan que residen aproximadamente 300.000 venezolanos en el país, de los cuáles el 20% serían menores de 18 años.

Si bien en un inicio Quito concentraba principalmente a la población venezolana, ésta rápidamente se ha instalado en otras ciudades en búsqueda de oportunidades laborales y ambientes menos hostiles.

Los recuerdos de la vida en Venezuela y los motivos de la salida están marcados por la sensación de deterioro paulatino de su vida cotidiana. Para muchos la vida de sus padres se había convertido en una búsqueda permanente por conseguir cuestiones básicas como alimentos y medicinas.

Esta lucha por la sobrevivencia no termina con la migración, al contrario, se prolonga tanto en el viaje como en los destinos migratorios. AMY de la Isla Margarita que ahora vive en Guayaquil, cuenta que estuvo seis meses sin ir a la escuela mientras la familia decidía la manera y el momento de salir de Venezuela.

Ella pasaba mucho tiempo en casa mientras sus hermanos trabajaban o “buscaban cómo resolver”, es decir cómo conseguir comida. Además, con sentida nostalgia comenta como era su casa… «Mi papá la construyó cuando yo estaba pequeña y era grande, tenía 3 cuartos. Yo tenía mi propio cuarto” y luego como todo cambió.» “Antes había más turistas, la Isla se llenaba, íbamos a las playas todos juntos, la casa en Navidad se llenaba de regalos, y luego ya no, todo cambió, ya no había tanta comida como antes, a veces no se conseguían medicinas, pero yo no sufría tanto porque yo era de una familia que a veces tenía, a veces no, pero sí resolvía.» Amy también vivió en carne propia la escasez de medicinas. Ella sufre de problemas respiratorios. Su hermana mayor, que llegó a tener hasta cuatro empleos a la vez, se quedó “en cero” en una ocasión que tuvo que comprar antibióticos para su hijo y para Amy.

Actualmente la familia de Amy envía dinero o busca el modo de hacerle llegar la medicina que su padre necesita permanentemente para su corazón. Las filas son recordadas por todos como parte de la cotidianidad y la necesidad de resolver el día a día era la regla.

Para Francisca, de 13 años, la encontré en el puesto de control ecuatoriano Rumichaca, en la frontera, con lagrimas en su rostro y temblando por el frío comentaba: “(…) algunas veces nosotros ya no teníamos qué comer.

Hacíamos cola para comprar y lo empujaban mucho a uno”… Para algunos adolescentes, la salida de Venezuela no fue tan dura o extraña pues tienen la sensación de que ya todo el mundo se estaba yendo: sus maestros se habían ido, sus vecinos también, sus familiares y sus amigos.

Es decir, su salida se produce en medio de un éxodo que de alguna manera naturaliza la vulnerabilidad y las dificultades a las que se enfrentan. Francisca, por ejemplo, dice no extrañar Venezuela. Está feliz de haberse ido pues ya todos sus amigos están en Chile, Perú, Colombia y Ecuador. “(…) allá está todo caro, ya no había gente ya, toda la gente… ya se vinieron.”

La sensación de ver su vida cotidiana degradarse poco a poco, sumada a la inseguridad y las experiencias de violencia les empujó a socializar menos, a realizar menos reuniones familiares y a cierta atomización de las familias que enfocaban sus vidas en la sobrevivencia.

Es decir, una de las consecuencias de la escasez de alimentos, la falta de medicinas y la inseguridad es una afectación a la sociabilidad de las familias y el encierro.

En varias ocasiones los adolescentes relatan que antes de dejar Venezuela ya salían poco a la calle y menos en la noche.

También comparan la sensación de inseguridad en las calles, no sólo en relación a la violencia social sino también las manifestaciones políticas. Además, está presente una mirada de adultez, de convertirse en proveedores de la familia que se queda.

Así, Rosa, quien pide caridad desde hace un mes en la ciudad de Tulcán, tiene planes de enviar dinero a su abuela, que fue quien la cuidó en su infancia. También, Rocío, con 17 años que salió de Venezuela hace 10 meses siente que el sentido de su migración es apoyar a su familia enviando remesas y medicinas. Rocío vivía en un barrio popular del este de Caracas, en una casa grande donde habitaba junto a su mamá y su papá y sus cinco hermanos, de los cuales es la tercera. Rocío decide salir del país porque “(…) ya no teníamos plata para comer, y llegó el momento en que dije: “No, tengo que salir por alguna ayuda. Ayudar a mis hermanitos, más que todo a los pequeños y a mis padres”. Rocío discutió su intención de emigrar con toda su familia y en medio de su tristeza la apoyaron puesto que consideraron que una vez afuera, sería un apoyo económico para todos. Desde los relatos de nuestros niños la migración es interpretada como un proceso forzoso pero al mismo tiempo representa la esperanza de abrir el camino hacia un futuro con más oportunidades.

Nuestros niños emigrantes conocen que sus familias se vieron empujadas a salir por temas de sobrevivencia y que las expectativas de una mejor vida en el futuro inmediato no están al momento en Venezuela.

Coromoto Díaz
Quito-Ecuador

Prohibido olvidar a nuestros niños emigrantes, una generación que crecerá fuera de su hogar, de su patria obligados a huir y a soportar la dura carga de ser injustamente rechazados… Este artículo es en honor a ellos… Espero sea de interés y su publicación haga reflexionar al liderazgo político….

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