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El país en el epicentro del desatino. Por José Luis Centeno S

El arte de la negociación en tiempos de terremotos (políticos y de verdad)

Siete meses han transcurrido desde que el inquilino de Miraflores fue desalojado en un operativo con factura de Hollywood y aquí seguimos, contando los escombros de una prosperidad que solo habita en las cuñas oficiales.

Nos prometieron una era de inversiones y “recuperación integral”, pero la realidad es un terremoto que no necesita sismógrafo para sentirse: la confianza, esa divisa que el interinato gasta con la alegría de un heredero irresponsable, simplemente no existe.

Vayamos al grano, que la paciencia del venezolano tiene el mismo grosor que el hilo que sostiene el sistema eléctrico nacional. Las negociaciones en La Carlota han vuelto a escena. Sí, otra vez. La misma foto, la misma mesa y las mismas declaraciones de buenas intenciones que suenan a disco rayado en un tocadiscos que ya nadie quiere escuchar.

Mientras Jorge Rodríguez y la delegación de la Asamblea de 2015 se reparten el agua mineral frente a frente, el país tiembla. No hablo solo de las cicatrices físicas que dejaron los sismos de junio en nuestra infraestructura de cartón; hablo del sismo político de un interinato que tiene una magnitud que ni el más optimista de los encuestadores pagados se atrevería a ignorar.

El dato crudo nos llega desde el norte. Reporta el Wall Street Journal que Chevron y ExxonMobil tienen un ojo puesto en la Faja del Orinoco, pero el otro está puesto en la seguridad jurídica que brilla por su ausencia. Las petroleras no vienen por patriotismo, vienen por rentabilidad y el interinato no puede garantizar ni el suministro de café de la oficina.

Quieren estabilidad fiscal y regulatoria, no promesas de un gobierno interino con pies de barro que, por su propia naturaleza, es un castillo de naipes. ¿Quién en su sano juicio enterraría millones de dólares en un subsuelo donde la ley de hoy es el papel higiénico de mañana?

El pasado no es una lápida, es una cordillera. Las expropiaciones de la era chavista y las facturas astronómicas que Exxon y ConocoPhillips todavía intentan cobrar son el recordatorio de que el “riesgo país” no es una abstracción para economistas de Twitter.

Es el fantasma que recorre los pasillos de Washington, donde la Administración Trump ya muestra el desgaste de haber apostado a un “interinato tutelado” que no termina de cuajar. La pregunta en el Capitolio ya no es cuándo se va el chavismo, sino por qué seguimos financiando un modelo que empieza a parecerse demasiado a lo que supuestamente veníamos a sustituir.

La ironía es tan afilada que corta. El diseño original de usar a los socios de Maduro para reactivar el grifo energético sin generar caos está “haciendo aguas”. Tenemos 13 mil millones de dólares recaudados por ventas de petróleo y el venezolano de a pie sigue en el subsuelo de la prosperidad.

Apagones diarios, colas por gasolina y una inflación que, por más que la maquillen con sombras de ojos baratas, sigue devorando los salarios de miseria. Es la tragicomedia perfecta: políticos sentados en una base militar hablando de “de democracia y reinstitucionalización” mientras el pueblo sobrevive en un país que se cae a pedazos.

Pero los números, esos que no van a La Carlota, cuentan otra historia. La encuesta de Atlas Intel es un termómetro que quema. María Corina Machado, la figura que el establishment opositor e internacional intentó borrar del mapa con una mezcla de desprecio y saña, tiene un 72% de aceptación.

No es un error de imprenta. Es el grito de una ciudadanía que detecta la podredumbre y busca algo que no huela a lo mismo.

En la otra esquina, los hermanos Rodríguez se hunden en el abismo del rechazo: ella con un 71% de desaprobación y él en el sótano con un lánguido 5% de apoyo. ¿Hace falta más evidencia para entender que el interinato es una ficción que ya no convence ni a los que vemos como sus figuras prominentes?

Hay una luz al final del tunel, o quizás sea solo el reflejo de un incendio lejano. Dinora Figuera, acompañada de diputados residenciados fuera del país (posiblemente desconectados de la realidad del país), tiene ante sí el reto de no terminar siendo el florero de turno en el salón de honor de una base militar.

El país está harto de plazos que se estiran como chicle: derechos civiles para octubre, TSJ para noviembre, CNE para diciembre. ¿Por qué la prisa es solo para las fotos y la burocracia es la norma para las soluciones? La paciencia, como las reservas internacionales, tiene un límite y ya estamos operando en rojo.

Hoy, mientras tecleo estas líneas con la crudeza que nos impone la realidad, el temblor es la noticia recurrente. Pero el sismo que realmente debería preocupar a los negociadores de La Carlota no es el de las placas tectónicas, sino el del descontento que hierve en la calle.

El poder no emana de una acreditación en una mesa de diálogo ni de un respaldo tutelado desde afuera. Emana de una ciudadanía que, a pesar de los desengaños y de la amnistía que se niega con la misma mano con la que se pide el voto, sigue creyendo que merece algo mejor que este teatro de sombras. Los que insistan en ignorar este terremoto político, terminarán sepultados bajo su propio desatino.

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