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El patio trasero. Soc. Énder Arenas Barrios.

“Malas noticias señor Trump: 

Nunca más 

 seremos patrio trasero de los

EEUU”

Delcy Rodríguez en la ONU en 2019

. “Quiero agradecer al presidente Trump 

por su disposición a 

tomar el camino de las relaciones diplomáticas 

y la cooperación”.

Delcy Rodríguez en la ONU en 2026

No puedo evitar recordar “el patio trasero” de donde me crié, cada vez que se menciona una de las expresiones más manida de la historia de Latinoamérica: “El patio trasero”. Esta vez, la expresión, materializa la realidad política del país, especialmente, desde el 3 de enero de 2026.

El patio trasero que recuerdo estaba en la casa de mis abuelos, con quienes viví desde los 9 años hasta casi cumplir los 20. 

En esa casa faltaba casi todo, pero su jardín era un paraíso, mi abuelo, cuidaba amorosamente: los nardos, un enorme azhar de la india, cuyas flores diminutas inundaban con su perfume toda la calle y en cuyo tronco habitaba una orquídea morada. En ese jardín cohabitan ixoras rojas y blancas, berberías simples y dobles, una mata de mangos (que nunca faltan en nuestras casas). 

Pero, les confieso, que “el patio trasero” de la casa no tenía comparación: había cuatro matas de níspero, una de guayabas, un  cocotero, una uva playera (era del vecino, pero todas las ramas daban a nuestro patio e inundaban el patio de su dulce fruto que tornaba morado el suelo en la época de cosecha) y mi abuelo reservaba un lado de ese patio para sus “matas medicinales”: Oregano orejón y “del normal”, Flor de Guaireño, que luego descubrí que era la Moringa, Túa Túa (de cuyas hojas brotaba un liquido lechoso con el que mi abuela me curaba las aftas que me salían en la boca), una enredadera que él llamaba Maravilla, Malojillo, Yanten, Hierba Buena, Grama de Piedra, Sábila. Cada una de ellas tenía una función específica en el mantenimiento de nuestra salud.

Solo había un elemento disruptivo en ese patio que alteraba la armonía de los diferentes tonos de verdes de sus hojas: en un apartado del patio estaba “el excusado” o “la letrina”. 

Y eso, es precisamente lo que hace el patio trasero de la casa de mis abuelos similar al del país que tenemos hoy como país: somos un hermoso patio, lleno de petróleo, oro, minerales raros y de buena gente, en su mayoría, pero, está afeado por un “excusado”: “el Rodrigazo” ( no lo llamo “Rodrigato” sino “Rodrigazo” porque lo que ha continuado después del 3 de enero ha sido un c….azo en la mandíbula de cada venezolano)  y, lo peor, tenemos quienes descargan en él: Donald Trump y Marco Rubio.

Bueno, hay una diferencia, entre aquel patio y este: mis abuelos y mi tía favorita resolvieron la situación que afeaba nuestro patio, pero, por ahora, la del país no se ve tan fácil, día a día, las deposiciones son más grandes y fétidas. Perdón por lo escatológico.

Claro, si hacemos un recorrido por las arengas bolivarianas desde la llegada del chavismo al poder hasta el 2 de enero de 2026, nada nos ha impactado más que el “revolucionario” cambio en el relato chavista desde el 3 de enero. Bueno, hay quienes sostienen que en privado ya lo habían cambiado al negociar subterráneamente con la administración Trump para desplazar a Maduro, mediante un golpe palaciego, con la complicidad del sector militar quienes decidieron no hacer nada para la defensa de su capo y favorecieron desplazarlo como cabeza de la dictadura.

En una nota publicada en Letras Libres donde se comenta el libro de Julian Barnes “Mis cambios de opinión” firmada por Fernando García Ramírez, señala, que “cambiar de opinión es de sabios, pero, importa la velocidad y la frecuencia”. Y precisamente, la velocidad de los cambios de narrativa de los Rodíguez y de la nomenclatura (intacta) que Trump dejó en el poder es impresionante. 

Lo hemos repetido hasta el cansancio en estos días comentando el encuentro fotografiado entre un Trump sonriente, como el gato Silvestre una vez que se ha comido a Piolín y una Delcy Rodríguez carcajeándose con la señal de la victoria al revés (los especialistas analizan el significado de la “V” de victoria apuntando directo hacia sí misma, esperemos los resultados): no hace mucho, Delcy Rodríguez, no se cansaba de repetir el mantra revolucionario que el enemigo de la revolución, del país y de los venezolanos era el imperio norteamericano, “No more Trump”, en “neo inglés” madurista y la clásica: “no seremos jamás el patio trasero de los EEUU” en el viejo lenguaje castrista, acompañadas de otras consignas caracterizaron la perorata bolivariana durante casi tres décadas.

Ninguna de esas combativas arengas anti imperialistas ha vuelto a ser pronunciada por los mandantes de la dictadura y han sido sustituidas por carantoñas, abrazos, sonrisas y sonrojos, alfombras rojas, agradecimientos, negocios y entrega de campos petroleros.

Fernando García, en la nota citada, habla de los que cambian de opinión que dicen una cosa hoy y mañana otra y pasado mañana otra que contradicen lo anteriormente dicho y concluye que tales volteretas no es de sabios sino de volubles. Pero, en el caso del “Rodrigazo” y de la nomenclatura actual, no es ni lo uno (de sabios) ni lo otro ( voluble) es solo oportunismo, aunque los teóricos del trumpismo venezolano suscriben una idea instrumental de la política y citan en cada una de sus producciones la expresión: “La política es el arte de lo posible” y se acercan a Delcy Rodríguez como “el mal necesario” y no lo dicen, pero, piensan en Trump, como “el gendarme necesario”.

Esta “objetividad y realismo” de los que susurran: “calma, paciencia que la democracia viene”. “El tiempo de dios es perfecto”, “evitemos el caos”, “evitemos un Irak en latinoamérica” no son más que “subjetividades construidas exculpatorias” que, alineándose con Trump y Rubio, ha servido para apuntalar a la dictadura chavista después del 3 de enero.   

Me pregunto cada vez que leo y escucho sus argumentos, si a esta gente, que en su mayoría son buenos analistas, excelentes opinadores, excelentes académicos y populares influencers, si no les afecta las díscolas posiciones de Trump y la apuesta que todos los días hace, en cada una de sus apariciones, por la dictadura.

Me pregunto, cómo es que esta gente, repito que en su mayoría, son buenos analistas, excelentes académicos y populares influencers, le ha  otorgado a Trump el papel de “restaurador de la democracia venezolana” si él no tiene aprecio ni siquiera por la democracia en su propio país a la que agrede y degrada casi todos los días, que persigue (y hasta les dispara) a inmigrantes con argumentos raciales, especialmente a los venezolanos, que ejecuta una guerra innecesaria, que en su país “juega con la idea de cerrar universidades, expulsar alumnos, vetar medios de comunicación, hace esfuerzos por impedir el voto electoral sino piensan como él” (David Trueba. El país; 23/09/2026). Inclusive ha desterrado de Venezuela a María Corina Machado, la principal líder de la oposición manteniéndola “presa” en Panamá.  

Su relación con Venezuela, es transparentemente de vasallaje. Lo pudimos verlo y escuchar en su discurso en la ONU, al referirse a su relación con Venezuela, dijo, ante una Delcy Rodriguez que escuchaba impertérrita, que el ganador de la guerra de los 45 minutos se queda con el botín, con los despojos  (tremendo despojo 65 mil millones de barriles de petróleo por 100 años) Con seguridad, no se conoce mandatario más tóxico que Trump y más servil que Delcy Rodríguez.

El miércoles habló Delcy Rodríguez. De ese discurso hay que decir, primero, que ya se lo habíamos escuchado a Marco Rubio, desde el 3 de enero, pero especialmente en la rueda de prensa que brindó, justo después de la encerrona en un hotel de Nueva York de Delcy y Trump, en segundo lugar, tratando de conectarse sentimental y afectivamente con los venezolanos que pudieran estar escuchando, llenó sus discursos de lo que siempre lo ha llenado: mentiras. Y, eso, no sorprende, pues la mentira ha sido la forma que ha asumido la dictadura para gobernar.

Sin embargo, esperé con curiosidad el discurso, no con morbo, pero esperando, de verdad, algo de rubor en su exposición, pues todos recordamos el duro discurso de 2019 en el mismo escenario.

Pero cualquier cosa (y son muchas cosas) se puede decir de Rodríguez, pero, lo que es indudable es que es inteligente y sabe que 30 millones de venezolanos (los de adentro y los de afuera) la conocemos y dirigió su discurso, no a los venezolanos, sino al auditorio buscando el reconocimiento que no tiene dentro del país. 

Así, entonces, apareció travestida de María Corina Machado e hizo los cambios que había que hacerle al guión de Rubio y entonces, no solo su traje blanco recordaba a la líder opositora, sino también su relato e hizo su representación como lo que nunca ha sido: demócrata.

Ella fue entonces, durante 19 minutos, la adalid del entendimiento, del diálogo, del compromiso, de la protección de los venezolanos para que nunca más sean perseguidos por sus opiniones, del reconocimiento mutuo del “otro” y de la misma transición, de la eventual elección con participación de todos en igualdad de condiciones, aunque, agregó algo que no se sabe como interpretarse, cuando dijo que “la democracia se mide por la calidad de la competencia previa a las elecciones”, dado que ella y su hermano han dirigido una veintena de elecciones donde ha fallado todo, especialmente, los resultados que han sido amañados “irreversiblemente” a favor de la dictadura y para torcerlos de nada ha servido “la sabiduría ancestral del pueblo”. Por lo demás nunca anunció cronograma ni fecha, siendo consecuente con el discurso de Rubio, para quien la realización de elecciones debe estar precedida por la recuperación de su economía, el bienestar del pueblo y sobre todo el pago de la deuda. 

El discurso de Rodríguez no tenía por objeto de que fuese creído, pues otra cosa que hay que decir de Delcy Rodríguez y del chavismo en general es que sus mentiras perdieron tempranamente la vergüenza, así que ella (la mentira) es el método más usado de su actividad política y Delcy ha tenido un excelente maestro: su hermano Jorge Rodriguez.

El discurso estaba dirigido al auditorio cuyo reconocimiento necesita. El problema para Delcy Rodríguez es que ese escenario no la legitima, como no puede legitimarla su sumisión a Trump y a Marco Rubio, pues,  el único que puede hacerlo es el ciudadano venezolano y con este los puentes han sido dinamitados y todos los vínculos emocionales, afectivos y de reconocimiento político ya no existen.

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