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El reto tecnológico del negocio de la inmortalidad

Los avances exponenciales de la tecnología están permitiendo alumbrar un próspero sector en torno a una milenaria aspiración de la humanidad: retrasar o incluso abolir la muerte

Laurent Simons tiene 11 años y acaba de licenciarse en física con matrícula cum laude por la Universidad de Amberes. La prensa mundial (redoble de tambores) le ha preguntado a este concentrado del futuro humano por su vocación profesional. Lógicamente, ha escogido como principal objetivo desentrañar los misterios de la inmortalidad. Lógicamente, sí. Al parecer, a alguien de su generación (y sus capacidades) no le resulta extraña la idea de ir cambiándole al cuerpo las partes que vayan deteriorándose por piezas mecánicas construidas en laboratorios (primero) o directamente (con el tiempo) en fábricas.

El desarrollo exponencial de la tecnología ha acelerado el cambio de paradigmas. Ni la muerte se libra de la obsolescencia. Los avances científicos filtran sueños antes reservados a la mitología en el mismísimo mercado a una velocidad de vértigo. Hasta el Santo Grial se podría convertir en el producto estrella de un porvenir no demasiado lejano… para cuyo desarrollo se están invirtiendo muchos millones de dólares en el presente.

Pero el ser humano es impaciente. Sobre todo cuando está en juego la supervivencia. Por eso ya hay un servicio a la venta relacionado con la inmortalidad: la criogenización permite evitar la descomposición del cuerpo del cliente una vez muerto, dejándolo a la espera de que el Simons de turno encuentre la forma de reanimarlo e introducirle las variaciones necesarias para abolirle la molesta caducidad.

ENTROPÍA

En su libro Heavens on Earth, Michael Shermer comienza con una ducha de agua fría: la mayoría de los científicos apuesta por un realismo de línea dura en el asunto de la muerte por dos pequeños detalles de la naturaleza: por un lado, la segunda ley de la termodinámica apunta a la entropía, o sea, a la decadencia y muerte, antes o después, no ya de usted y yo, sino del universo entero; por otro lado, la lógica de la evolución, que eligió darle la inmortalidad a nuestros genes a través de la reproducción, dejándonos a nosotros la muerte y, eso sí, alguna recompensa sensorial a cambio de la citada reproducción.

Rebajemos, pues, la inmortalidad para quedarnos con una notable extensión de la vida, algo que, a nuestros efectos se pueda parecer a la eternidad. Ahí Shermer sí reconoce que en las últimas décadas han ido apareciendo numerosos científicos que aseguran que la esperanza de vida del individuo humano podría alargarse siglos e incluso milenios. Y alguno sigue insistiendo que para siempre. Esto le basta al primer grupo de lo que Shermer llama “tecnosoñadores”: los crionicistas.

Preparación: el paciente debe enfriarse rápidamente una vez se le haya declarado muerto
Preparación: el paciente debe enfriarse rápidamente una vez se le haya declarado muerto MERCEDES SUILS

La idea fuerte de la criogenización, resume Shermer, consiste en la permanencia del alma entendida como identidad almacenada en el cerebro. Lo fundamental del proceso de criogenización, por lo tanto, es la vitrificación del cerebro, que se preserva en una sustancia parecida al cristal. La comunidad científica se muestra muy escéptica acerca de la funcionalidad del proceso, pero la esperanza de un más acá se ha mostrado lo suficientemente testaruda como para crear un mercado embrionario. Chip Walter describe en el libro Immortality, Inc su visita a la compañía más conocida del sector, Alcor, en Arizona, que cuenta entre sus pacientes con la leyenda del béisbol Ted Williams. Ya se acercan a los 2.000 clientes, de los que alrededor del 10% han muerto, sus cuerpos congelados a 140 grados bajo cero; el resto ha suscrito un contrato y está a la espera de la Parca. También se admiten mascotas.

Alcor cobra 200.000 dólares por la criopreservación del cuerpo entero y 80.000 por solo el cerebro. Más asequibles son los precios de Cryonics Institute, también en Estados Unidos: entre los 28.000 y los 35.000 dólares, según el tipo de membresía al que se adhiera el cliente en vida, que supone entre 120 dólares al año y 1,250 para toda la vida (esta, no la criogenizada). Por su parte, Osiris exige una membresía de 28.500 dólares (incluye la preservación de mascotas), que se puede abonar en metálico (“a través de un plan de pago flexible”, dice la compañía), mediante un seguro de vida o cediendo el derecho de retención de un inmueble. Fuera de Estados Unidos, la rusa KrioRus ofrece la congelación del cuerpo entero por 36.000 dólares y del cerebro por 15.000.

Enfriamiento inicial. Lo ideal es sumergir todo el cuerpo en agua helada e inyectar anticoagulante
Enfriamiento inicial. Lo ideal es sumergir todo el cuerpo en agua helada e inyectar anticoagulante MERCEDES SUILS

España se muestra aún reacia a explotar este sector. Hace un par de años, la Generalitat valenciana abrió expediente informativo a la empresa Cecryon para “evitar que acabe en un fraude al consumidor”. Su director general, Javier Tapia, se escudó en que su producto es una alternativa más al enterramiento o la incineración, y la empresa sigue ofreciendo sus servicios, a 200.000 euros la criopreservación del cuerpo entero.

TECNOCABALLEROS

En paralelo, las puntas de vanguardia del sueño de la inmortalidad se baten el cobre en la búsqueda del producto definitivo que permita despertar a los hoy durmientes para hacerlos eternos… y cobrar también a los vivos (y ricos) del futuro. El ya mencionado Immortality, Inc lleva como significativo subtítulo: “La ciencia renegada, los miles de millones de Silicon Valley y la cruzada por vivir para siempre”. Walker explica que un grupo de científicos, tecnólogos e inversores, la mayoría arracimados en el fértil valle californiano, está creando un nuevo ecosistema para el sector de la inmortalidad aprovechando que el establishment médico ha sido siempre más bien rácano con quienes se especializaban en la lucha contra el envejecimiento.

Perfusión. La sangre se extrae mientras se introducen agentes crioprotectores
Perfusión. La sangre se extrae mientras se introducen agentes crioprotectores MERCEDES SUILS

El gran ejemplo es la historia del inversor de riesgo Bill Maris, que, harto de que los cauces científicos convencionales no saciaran sus inquietudes en el campo de la neurociencia, consiguió liar a algunos colegas de Silicon Valley, entre ellos Larry Page, cofundador de Google, y Arthur Levinson, un miembro del consejo de Apple que había trabajado durante 14 años como ejecutivo en la biotecnológica Genentech. En menos de un año nació Calico, una compañía especializada en el I+D aplicado al envejecimiento a la que Google inyectó 750 millones de dólares; hoy es una filial de Alphabet.

El otro gran clásico en estos menesteres es John Craig Venter. Tras triunfar como el héroe de la secuenciación del genoma humano, se obsesionó con la vejez y la muerte. Walker recuerda el efecto en el joven Craig del fallecimiento de un familiar muy cercano y asegura que se trata de una circunstancia recurrente en los personajes que realmente pintan algo en el sector. En 2014, Venter cofundó Human Longevity, una compañía que utiliza la información genómica para buscar nuevas formas de alargar la vida.

RECAMBIOS

Pero el quizá más espectacular de los perfiles tratados por Walker es el de Ray Kurzweil, “el primer pensador del mainstream que ha argumentado de forma lógica, científica, la posibilidad de vivir una cantidad radicalmente mayor de tiempo”. Su apuesta tiene más que ver con la inteligencia artificial y la nanotecnología como formas de sustituir los elementos estropeados de nuestros cuerpos.

Enfriamiento y almacenamiento
Enfriamiento y almacenamiento MERCEDES SUILS

Todos ellos tienen en común la pesada carga de la sospecha. Walker critica, por ejemplo, que la FDA, la Agencia del Medicamento y la Alimentación de Estados Unidos, se niega a clasificar el envejecimiento como una enfermedad, con los consiguientes déficits en la investigación. Y si eso sucede en América, no digamos en la conservadora Europa…

En realidad, la cuestión subyacente es de naturaleza filosófica e influye en la percepción de los esfuerzos en la lucha de lo que mucha gente aún considera “lo natural”. Los valedores de la inmortalidad arguyen algo parecido a los de la exploración espacial: aunque (o mientras) no se llegue a aniquilar la muerte, el impulso siempre servirá para mejorar la vida. En el reciente artículo académico “Never Say Die: The Techno-Politics of Radical Life Extension” [No diga muerte: la tecnopolítica de la extensión radical de la vida], Amy Lynn Fletcher divide el sector del envejecimiento en cuatro subsectores: los investigadores convencionales que quieren mejorar la calidad del actual margen medio de vida, de unos 85 años; los que quieren ampliar dicho límite moderadamente, hasta situarlo en entre 100 y 125 años; los que, como Aubrey de Grey, se atreven a pronosticar esperanzas de vida futuras de al menos tres siglos, y por último los inmortalistas, “que ven la nanotecnología, la biotecnología y/o la tecnología digital como las claves que terminarán desvelando el secreto de la vida misma”.

Entre estos últimos, algunos incluso renuncian al lastre de la biología. Shermer culmina su clasificación de tecnosoñadores con lo que llama algo así como “singularidadianos sube-mentes” (con perdón), aplicados a transferir a un ordenador el alma del mortal, entendida esta como el patrón de información que representa sus pensamientos y recuerdos almacenados en el cerebro. Para ello la informática tiene que llegar al tan cacareado umbral de la singularidad, cuyo profeta es el ya mencionado Kurzweil, pero que algunos ven o muy lejano o directamente inexistente. De momento, gente como Elon Musk merodea la posibilidad. Su ultimo invento, Neuralink, almacena recuerdos en un ordenador mediante el implante quirúrgico de un sensor en el cerebro.

DIGITALIZACIÓN

En The Route to Digital Immortality? [¿La ruta a la inmortalidad digital?], Paul Smart habla de un “emergente consenso en las ciencias cognitivas sobre la visión del cerebro como un sistema de proceso predictivo organizado jerárquicamente que descansa en modelos generativos para predecir la estructura de información sensorial”. Siendo así, los avances en inteligencia artificial, dice, podrían abrir nuevos horizontes en la “inmortalidad digital”, concepto clave para los singularidadianos. Porque, argumenta, “una versión futura de sistema de aprendizaje profundo de sistemas”, una evolución del tan de moda machine learning, “se podría usar para adquirir modelos generativos de un individuo dado o (alternativamente) los datos sensoriales procesados por su cerebro durante su vida biológica”. ¿Y después qué?

Aquí ya entramos en plena en la ciencia ficción. Hay para elegir. En la serie de Netflix Altered Carbon se clonan cuerpos a medida para que los clientes descarguen sus mentes en ellos. En Upload, de Amazon Prime, una empresa de programación crea un paraíso virtual para que las almas lo habiten como si fuera un videojuego o un sueño lúcido. En ambos casos la facturación se dispara, convirtiéndose en factor decisivo de la trama. Pero, de momento, son dólares de mentira.

El sueño eterno

En su libro La ficción contesta: beneficio sin límites, inteligencia artificial y la industria de la inmortalidad, Teresa Hefferman erealiza un sombrío retrato del multimillonario ruso Dmitry Itskov y su proyecto Avatar 2045, centrado en la creación de cerebros artificiales que pretenden asegurar la inmortalidad a varios VIP… empezando por Vladimir Putin. Hefferman se pregunta cómo alguien con un pasado tan turbio ha tenido tanto predicamento. Se responde recordando que “los rusos fueron de los primeros inversores de Silicon Valley” y que Itskov tiene conexiones con el clan transhumanista del gran dinero: Peter Thiel, de PayPal; Larry Ellison, de Oracle; Larry Page y Sergey Brin, de Google; Mark Zuckerberg, de Facebook, y Jeff Bezos, de Amazon.

Fuente Diario El Mundo de España

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