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El socialismo y la miseria: La Navidad que nos legó el chavismo Opinión por Nehomar Hernández

EL CHAVISMO NOS QUITÓ LO MÁS PRECIOSO: A LA FAMILIA

Eso de que “todo tiempo pasado fue mejor” puede sonar como un cliché una y mil veces usado. Fastidioso, repetitivo y sin sentido. Sin embargo, en el caso venezolano la frase retrata muy bien el antes y un después de un país que, por una sucesión de errores, vino a caer en las manos de Hugo Chávez primero y de Nicolás Maduro después.

En términos generales Venezuela era una cosa en los tiempos en los que –por fortuna– el chavismo no existía en el panorama político, y es otra luego de que éste ha pernoctado en el poder por casi 22 años.

Esto no se trata de un ejercicio de nostalgia ramplona. La afirmación puede ser demostrada de mil y un maneras. Sin embargo, en atención a los días que corren, basta con remitirse a lo que eran las celebraciones propias de diciembre. Las navidades antes de 1998 y lo que han terminado siendo hoy.

Mi infancia no fue perfecta (aunque en virtud de que fui criado como hijo único en un hogar amoroso en unión de mis padres y abuelos, casi que sí) pero la época decembrina era sinónimo de una sucesión de alegrías que atesoraré de por vida. En términos generales el recuerdo vivo que guardo de aquellos días es de un país en el que hasta quienes tenían que hacer máximos esfuerzos por poner en la mesa las tradicionales hallacas, el pan de jamón, el pernil de cochino y la infaltable ensalada de gallina, lo lograban de algún modo.

Venezuela distaba mucho de ser una nación perfecta: por supuesto que la pobreza ya existía y había alcanzado a vastos sectores de la población, pero quienes bregaban de sol a sol para honrar la tradición navideña, generalmente lo conseguían. Si los esfuerzos propios eran insuficientes para poner la mesa en Nochebuena o Año Nuevo, siempre aparecía un vecino o un familiar que completaba el condumio. Solidaridad, que llaman.

Incluso, si retrocedemos a la época dorada de la “Gran Venezuela” de los 70’s y 80’s, nos encontraremos con una realidad en la que el país nadaba holgadamente en medio de una bonanza artificial proporcionada por la renta petrolera, al punto de que en algún momento llegó a ser la nación con más consumo per cápita de whisky escocés del mundo. Es por ello que todavía hoy sobran las anécdotas de cómo hasta los hogares venezolanos más humildes vieron desfilar por sus mesas varias botellas de los señores Johnnie Walker, Buchanan’s, Chivas Regal, Dimple y Old Parr, como si nada. Había espacio incluso para asumir al whisky como un asunto de status, amén de cualquier dificultad que surgiese en el camino.

Para mí el quiebre del ritual navideño (ese que más allá de los regalos aquí y allá, el whisky a borbotones o la comida en abundancia, requiere ante todo unión familiar) data de comienzos del milenio. Por aquel entonces empezaba yo mi adolescencia y ya Chávez se había vuelto famoso por conducir largas peroratas en televisión, cargándose a todo el que no le aplaudiese las gracias. Mi familia, imperfecta como todas, tenía chavistas y anti-chavistas, como pudiese uno pensar que sería normal.

Sin embargo, las diferencias políticas hicieron lo suyo, al punto de que un grupo familiar que llevaba cerca de dos décadas viéndose las caras todos los 24 y 31 de diciembre, no lo volvió a hacer más. Claro, ¿Cómo hacerlo? ¡Si unos eran chavistas y otros antichavistas!

En general las navidades en Venezuela se fueron deteriorando progresivamente. Para todos; no solamente para los míos. El sinsabor con el que los venezolanos tuvieron que ir afrontando navidad tras navidad era de antología. Ya no solamente se trataba de que unos miembros de determinada familia no soportaran a otros por ser chavistas o antichavistas. Sencillamente el país se volvió invivible para mucha gente, por lo que el éxodo terminó siendo la única opción que les quedó. Primero por goteo –en vuelos comerciales– y luego en pelotones que huían a pie o en barcazas improvisadas, los millones de venezolanos que estaban y hoy no están, se echan en falta especialmente cada diciembre.

A ver: mi familia, por ejemplo, ha quedado desperdigada entre España, los Estados Unidos, Perú, Ecuador, Argentina, Australia y pare usted de contar. Más allá del chavismo. Más allá del antichavismo.

Las costumbres han sido modificadas sustancialmente. La pirotecnia, ese invento que acompaña generalmente todas las celebraciones de navidad, fue desapareciendo progresivamente. Y es que si no hay dinero para comer o beber como en antaño, mucho menos lo hay para quemarlo en fuegos artificiales. Así los finales de año, que habitualmente eran alegrados con explosiones multicolores aquí y allá, se tornaron en medianoches comunes y corrientes, en las que un cohete surcando los cielos solo aparecía intermitentemente.

Una de mis diversiones de infancia consistía en que mi mamá me llevase a pasear en su viejo Ford Zephyr. En la zona de Caracas en la que vivíamos era frecuente ver calles enteras con edificios que adornaban sus fachadas con luces, simulando inmensos árboles de navidad que se desplegaban desde la planta baja hasta la azotea. Eso más nunca se vio.

Probablemente un país que ahora atraviesa cada tanto por crisis eléctricas y apagones no se puede permitir ese lujo, o simplemente la alegría para encender aquellas luces ya no está. En cuanto al paseo ocasional en el Ford, sería una idea poco inteligente ir a gastar combustible así por así, pues en Venezuela hace tiempo que la gasolina es un producto de lujo, que si gastas no sabes cuándo volverás a reponer.

Quizá lo más asqueante del chavismo llegó el día en el que convirtieron la mesa navideña en un chantaje. Ese mismo día en el que obligaban a la gente a registrarse en sus listas de apoyadores para darles un pernil de cochino (plato habitual de la gastronomía venezolana por estas épocas).

El mensaje era –desde hace rato–: “solo habrá cena navideña si amas y le eres leal a la revolución”.

Lo más trágico sobrevino luego, cuando se conminaba a la gente en los sectores populares del país a que se repartieran aquel pernil entre 3 y 4 familias, porque había que entender que la revolución estaba asediada por el bloqueo económico de los imperialistas yankees. El socialismo es miseria, siempre miseria. 

Chávez y los suyos no solo le quitaron las hallacas, el cochino, el whisky escocés, los fuegos artificiales y los regalos a los venezolanos. Nos arrebató de golpe y porrazo lo más básico: la capacidad de soñar y de alegrarnos. Y de eso es que van básicamente estos días. Más allá de la aparición en Caracas de bodegones con productos importados, simulando “normalidad” en donde no la hay.

En realidad el elemento fundamental para que exista la navidad es el abrazo en familia, ese que se desdibujó en el aire el día que el chavismo obligó a millones y millones de venezolanos a irse de sus casas, para no volver más.

Quizá algún día volvamos a tener Navidad, cuando el chavismo no esté más, cuando todo sea solamente un mal recuerdo. Una oscuridad que ya pasó.

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