Había una vez un soldado que nació incompleto.
No fue por falta de diseño, ni por ausencia de intención. Fue por escasez de material. Cuando el fuego ardía y el metal fluía, el plomo simplemente no alcanzó. Y así, aquel último soldadito quedó de pie… pero con una sola pierna.
Sin embargo, no cayó. Permaneció erguido, firme, digno. Como si su espíritu compensara lo que su cuerpo no tenía.
Hoy, ese soldado no es un cuento.
Es una nación.
Es Venezuela.
Porque así como aquel pequeño guerrero fue fundido con carencias, también lo ha sido, con el paso de la historia, el cuerpo militar de una República que nació grande bajo la espada y el genio de Simón Bolívar.
Un ejército que en su origen estuvo lleno de convicción, de sacrificio, de fe en la libertad… pero que con los años fue perdiendo su esencia, como si en algún punto de su formación se hubiera agotado el material más importante: el carácter.
No el carácter que se impone por la fuerza, sino el que se sostiene sobre principios.
No el que se compra, sino el que se hereda de la historia.
Desde los oscuros tiempos del caudillismo, comenzó a gestarse una deformación silenciosa. Se dejaron de forjar soldados íntegros para dar paso a estructuras de poder donde el uniforme dejó de representar honor y comenzó, en muchos casos, a simbolizar privilegio.
Y así nació un ejército que, como el soldadito de plomo, intenta sostenerse… pero incompleto.
Le falta su otra pierna.
Le falta la moral.
Le faltan las luces.
“¡Moral y luces son nuestras primeras necesidades!” —proclamó Bolívar, no como una frase decorativa, sino como un mandato eterno.
Pero, ¿qué ocurre cuando una nación ignora sus propios fundamentos?
Ocurre lo inevitable: se tambalea.
Porque ninguna República puede sostenerse únicamente sobre armas. Las armas sin principios no defienden naciones… las someten.
Nuestros libertadores no solo empuñaron espadas; empuñaron ideales. Sus batallas no fueron simples confrontaciones militares, fueron actos de trascendencia histórica.
Como ejemplo de ello, basta recordar gestas universales como la Batalla de las Termópilas (480 a.C.), donde un pequeño grupo resistió frente a un imperio ; la Batalla de Gaugamela, donde la estrategia de Alejandro Magno derrotó a un ejército superior y cambió el curso de la historia ; o la Batalla de Agincourt (1415), donde la disciplina y la táctica permitieron vencer a fuerzas mucho mayores .
Estas batallas no fueron simples enfrentamientos militares, sino momentos donde se redefinieron imperios, se demostraron genios estratégicos y se forjaron leyendas que aún hoy se estudian, tal como ocurrió con las hazañas épicas de nuestros próceres.
Sin embargo, en el umbral del tiempo, los valores republicanos han sido sumergidos por una deslealtad desmedida de quienes ostentan las armas de la República. Aquellos llamados a defenderla de enemigos internos y externos han terminado, en muchos casos, humillando a su propio pueblo a cambio de amasar inmensas fortunas.
No es la falta de recursos lo que ha debilitado a Venezuela.
Es la falta de integridad.
Es la ausencia de justicia.
Es el silencio ante la traición.
Y es allí donde radica el mayor peligro: si la República continúa sin ejemplarizar el castigo contra quienes, utilizando su uniforme, han saqueado la nación, su destino podría ser irreversible.
Porque una nación sin principios es vulnerable.
Vulnerable a desaparecer.
Vulnerable a ser absorbida.
Vulnerable a que sus riquezas energéticas, en manos equivocadas, redefinan el equilibrio del poder mundial y la hegemonía de nuevas potencias con fundamentos ajenos a la fe y a la libertad.
Y entonces, lo que fue patria, se convierte en botín.
Lo que fue soberanía, se transforma en dependencia.
Y lo que fue libertad… se convierte en recuerdo.
Pero aún hay esperanza.
Porque así como aquel soldadito de plomo, incompleto pero firme, Venezuela aún puede sostenerse si decide recuperar aquello que le falta.
No más soldados de una sola pierna.
No más instituciones incompletas.
No más moral ausente.
Es hora de refundir la República.
De volver al fuego original.
De reconstruir, no con plomo… sino con principios.
Porque sin moral, no hay nación.
Y sin luces… no hay destino
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