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Opinión

Ellos son los culpables Por Johnny Galué Martínez

«En la agonía de esta  sociedad  los periodistas  son  los  apoderados  del  enterrador,  ellos  y  las funerarias  son  los únicos  que  se   lucran»

En la biblioteca,  Miguel de Cervantes en España tropecé accidentalmente  con una obra del autor Nicolás Maquiavelo, quien comienza con esta frase en uno de sus  parágrafos Los que quieren lograr la gracia de un príncipe tienen la costumbre de presentarle las cosas que se reputan como que le son más agradables” y cosa extraña no sé porque, el autor define lo que son los principados, y que estos pueden ser mixtos, hereditarios o nuevos. 

Me abordó la interpretación porque de alguna forma describió la situación venezolana en su obra. Diálogos, sin agendas previas, solo la conocen ellos, y nos envuelven a todos los venezolanos en estos manejos.

Estamos en guerra, no se puede negar. Las instituciones están en caos, los valores trastocados, los modelos desvirtuados, y los protagonistas y multiplicadores de la opinión, los que podían ser los motores de la opinión pública, desenfocados.

Da lástima percibir los conceptos, parámetros, enfoques y tratamiento que los medios de comunicación social dan a los temas de la denominada agenda pública, que no pasa de ser un remendón de agenda,  amañada a agendas privadas, fruto del interés de algunos pocos.  

Sí, el verdadero espacio para la construcción de la opinión pública es la Universidad, para aquellos que no pueden acceder a ella, lo es la televisión, que está cada vez más alejada de su función social y de su verdadera responsabilidad. Donde  el juego de los términos nos diluye, tanto que lo fundamental deja de ser importante y pasamos a ser observadores morbosos de la realidad reafirmada por estos sectores de la oposición como del propio Régimen.

El santo de los Malandros, el Malandro Miguel. El inconsciente colectivo de la masa, que ya, comienza a construirse, no hay nada que hacer con el país. Venezuela,  necesita individuos pensantes que hagan  los “CAMBIOS”, una verdadera realidad, que le apuesten a la mayoría, esto no es posible. ¿Qué hacer? ¿Tendremos que masificarlos en las líneas del bien o permitirles que elijan?  Todavía no encuentro la respuesta.

Las comunas cuando nací ni existían. Ni siquiera en mi juventud. Las encontré, y construyen una plena matazón. Unos en las comunas sube hacia el cielo, pero bajando hacia los infiernos» infierno que se construye desde la  opinión generalizada de la situación social y desde los modelos.

Ocho hijos, una casa en donde morir, la cucha, el diario, la hembra… y otros más, son lo necesario para que se viva como debe ser. Pero los de clase alta, los de estos principios,  no se alejan del mismo problema: el carro, la finca, la rumba, la ropa de marca son casi tan necesarios como respirar…

¿y la ciudad, el mundo, la verdad, la construcción de la opinión, de lo colectivo, de lo social?  Decía Leopoldito, el personaje,  leyendo un periódico en su sección de sucesos «Muertos, guerras,  bombas, hambres, miseria… Ni siquiera el mundo queda tan lejos». Cada día el mundo está más lejos.

Muertos estamos, desde que el poder de las decisiones en Venezuela, las asumió la Mesa del Diálogo, y de sectores de la oposición, se hicieron de este privilegio, privilegio de unos pocos. Desde que a Venezuela se le dio por ser un País,  con las mejores obras públicas del país, los mejores servicios domiciliarios, y ahora con los mayores índices de desempleo, de violencia casera y de asesinatos.

No sé si hacerle caso a los sociólogos que dicen que somos una generación de guerra y que dentro de poco seremos una generación post guerra, que es peor. Que la única opinión pública es la del deseo que cese la violencia, la corrupción, pero cuando esto suceda, no sabremos qué hacer, pues siempre hemos vivido con la muerte.

Los modelos de opinión y los espacios de debate y divergencia aquí no existen. Son acabados con cárceles, a machete, y en algunos casos  son acabados a ametralladoras o a motosierras que cortan los miembros y la cabeza delante de los hijos. ¿Quién? ¿Cómo? ¿Dónde se puede hacer algo para cambiar esto?. No hay mucho qué decir frente a la desesperanza que ofrecen  y menos frente a la esperanza que ofrecen los políticos modernos de turno. Todos somos culpables y como tales nuestra condena es seguir viviendo en un mundo que agoniza.

«Aquí no hay inocentes, todos son culpables. Que ignorancia, que miseria, que hay que tratar de entender… Nada hay que entender. Si todo tiene explicación, todo tiene justificación y así acabamos alcahueteando el delito.   

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