Opinión

Entre el miedo y la ignorancia Opinión por Antonio José Monagas

La historia es reveladora de cuantas cosas o casos hubieran podido evitarse. Sin embargo, es igualmente testimonio de la testarudez u obstinación del hombre toda vez que ha demostrado que se devanea cuando se arroga estúpidamente la desfachatez de cometer los mismos errores que le caracterizaron en tiempos pasados. Sería sin duda, la razón que habría movido a Wrigth Mills para admitir “(…) que muchas veces tenemos que estudiar historia para librarnos de ella”. No en el sentido de desprenderse de sus lecciones. Por lo contrario, de aferrarse a las mismas.

No hay duda de que entre los ejercicios más útiles del aprendizaje dirigido al afianzamiento del desarrollo, es el del estudio y comprensión de la historia. Sólo que la terquedad del ser humano, tantas veces alborotadora de frecuentados desaciertos, se funde con la miseria. Y en consecuencia, con la mediocridad.

En medio de tan horrenda combinación, se encuentra el lugar perfecto para que en sus predios germinen las semillas de la desesperación cuyos frutos son insípidos. Sobre todo, nocivos a la espiritualidad que debe proveer de verdades a la sociedad, a las comunidades a las cuales se integra el hombre en términos de sus capacidades y potencialidades. Aunque no por ello, cundidos -en buena parte- de miedos, ansiedades,  pesadumbres y tosquedades. Más aún, de ignorancia acumulada. O de las que sus insolencias, temeridades o arbitrariedades, ha creado.

Precisamente, en la médula de tan insólito revuelo, recrudece el temor que la ignorancia infunde con todas sus fuerzas. En cualquier lado y momento, Las realidades se ven asaltadas por el terror propio de tan grotescas situaciones. Es el caso de guerras, catástrofes naturales, hecatombes, barbaries. Desde luego, las pandemias. Es ahí donde el rostro del caos proyecta su imagen hacia los cuatro puntos cardinales. Done las realidades se insumen en el marasmo. Son tiempos de crisis cuyas consecuencias, anega posibilidades de escape clausurandolas.

Sin embargo, las esperanzas siempre están a la postre de dichas realidades para ser servidas de la mejor y más correcta manera. Pero he ahí el problema que de tal escenario irrumpe. Aunque con solapada o disimulada violencia. Pero es violencia al fin que, como forma de manifestarse, hace que sus efectos sean inexorables. Es lo que acontece en naciones inmersas no sólo en crisis políticas. También, en desgracias inducidas por crisis sanitarias como en efecto acontece con la pandemia del Virus Corona-19. Asimismo, por sus secuelas Entre ellas, particularmente, las de razón social. También, económicas.

Es el caso Venezuela. Las realidades arrojadas por las groseras y abusivas decisiones propias del ejercicio de una política militarista, sectaria, usurpadora, adulterada, turbulenta, inconstitucional, corrompida y corrupta, devinieron en un comportamiento social particular. Este comportamiento si bien entendió la inminencia del cuidado preventivo, al mismo tiempo se extralimitó en su forma de adecuarse al momento.

No hay duda entonces de que el temido virus y la ignorancia han propiciado pesadas situaciones de complicada salida. No solamente, estas situaciones han sacado lo mejor. Pero también, lo peor del ser humano. Especialmente de aquellos inoculados por cuotas ínfimas de poder. Intoxicados por las bravuconadas que emulan de quienes comandan la represión ordenada desde los altos estrados del poder político. Es un problema que se ha intensificado, toda vez que Venezuela vive sobrellevando las crisis entre el miedo y la ignorancia

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