Mi padre, el Dr. Roseliano Ojeda Rodríguez, fue, sin duda, un «personaje noticia». Como político y gremialista exitoso, guio con su ejemplo a generaciones de dirigentes por toda Venezuela.
Recuerdo, siendo muy joven, acompañarlo en sus giras por el país. Fue una experiencia gratificante y aleccionadora. No había rincón, caserío o pequeño pueblo donde no lo conocieran. Recuerdo haberlo retado en medio de aquellos viajes diciéndole: «Papá, paremos en este caserío, apuesto a que nadie te conoce». Él sonreía y se detenía. Nunca pasaban más de 10 o 15 minutos sin que alguien gritara: «¡Roseliano!». Y no era casualidad: él poseía un carisma particular.
Fundó Fedeagro, de la cual fue presidente fundador por tres periodos hasta que, dando una lección de democracia, llamó a elecciones sin presentarse como candidato. Durante su gestión, creó más de 20 asociaciones de productores. Hablar del desarrollo agrícola en Venezuela sin jmencionarlo sería ignorancia supina. Fue presidente de los Ferrocarriles de Venezuela, presidente (E) del IAN (Instituto Agrario Nacional), diputado por el estado Aragua —donde introdujo varias leyes innovadoras— y refrendó muchas otras. Coordinó la investigación de RECADI (Régimen de Cambios Diferenciales) y fue consultor internacional, entre muchas otras actividades de relevancia y prestigio.
Su honestidad, no siempre bien recibida, lo caracterizaba tanto como su creatividad e inteligencia. Siempre me decía: «Problema-solución; y si no hay solución, no hay problema». Me tomó años comprender esa filosofía de vida hasta entender que, gracias a su sabiduría, él nunca se estancaba. Escribir sobre Roseliano es difícil; hizo tantas cosas en su vida y en todas destacó. Recibió infinidad de reconocimientos nacionales e internacionales.
Su importante obra escrita comenzó muy joven. «Las palabras vuelan, los escritos quedan», tituló su primer libro. No fue casual, pues para Roseliano nada era casual: todo era causal. Como político visionario, escribió El Ocaso de los Partidos. En 1978, siendo uno de los candidatos fuertes dentro de COPEI —como independiente— para Ministro de Agricultura, expuso una realidad que los partidos tradicionales no querían reconocer. Roseliano previó, gracias a su «oído en la tierra», que los partidos colapsarían por acción y omisión, describiendo la corrupción de las élites y los abusos de poder.
No se quedó allí. A mediados de los 80, publicó Cómo se desangra un país, cuya segunda edición incluyó la trama de RECADI. Roseliano conocía al monstruo —los «cogollos» de AD y COPEI— porque vivió en sus entrañas. Fue perseguido por los adecos al comienzo de la democracia y luego vetado por los copeyanos por sus denuncias contra los corruptos de ambos bandos. Incluía en sus críticas a grandes empresarios que se unieron al festín. Sus columnas de opinión, durante más de 25 años en el diario El Mundo, lo dieron a conocer aún más, consolidándolo como un influencer político de la época. Los políticos mediocres no le tenían miedo; le tenían pavor.
Sobre su relación con el Presidente Rafael Caldera, su amigo y «cortijero»: Roseliano entendió que el «Chiripero» era el principio del cambio que había buscado toda su vida. Tras conspirar contra CAP y ser uno de los «Notables», previó la llegada de Chávez y se subió a ese tren, pues conocía mejor que nadie la maldad de la Cuarta República. Roseliano era el candidato de Chávez para el Ministerio de Agricultura y Cría; sin embargo, a finales de diciembre de 1998, su salud empeoró y le escribió una carta al presidente electo explicando por qué no podía asumir esa responsabilidad.
En marzo de 1999 sembramos a Roseliano, pero antes de morir me dijo muy claro: «Hijo, este país va a sufrir mucho; los chavistas no son políticos, son malandros. Si aún quieres seguir en la política, o te unes o serás perseguido». Roseliano no se equivocó. Su epitafio en su tumba lo dice claramente: «Ahora sí lo sé todo».
Al escribir este homenaje, me di cuenta de que Roseliano lo logró: se fue tranquilo, diría que feliz, porque dejó muchas huellas en su camino. Dios te bendiga, viejo. Te amo. Disculpa que nunca te lo dije; así me criaste… Pero escribiré en libros no solo mi visión de tu vida, honrándola, sino que seguiré tu legado. Escribiré: Cómo se destruye un país. Porque las palabras vuelan, los escritos quedan.
Atentamente,
ROS
Un ciudadano del mundo, como tú.
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