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Impactante Editorial de ElMundo.es: Totalitarismo de Putin no se frena con tan poca voluntad

Stefan Zweig fue capaz de expresar como nadie la pérdida de fe en el mundo que sufrieron varias generaciones por la devastación de las dos grandes guerras mundiales. Al escritor austriaco le pesó de modo insoportable asistir al derrumbe de su mundo de ayer, observar en primera línea cómo se desmoronaba el orden social y político de la Europa de su tiempo. Un impacto similar es el que deben de estar sintiendo en estas horas tan amargas los millones de ucranianos abandonados a su suerte, que ven cómo de la noche a la mañana les han arrebatado su soberanía y su libertad. Pero perplejidad no menor es la que experimentamos todos los ciudadanos de eso que aún nos atrevemos a llamar mundo libre mientras asistimos en directo a la inconcebible barbarie que representa que una autocracia como la de Putin estrangule con tanta facilidad a un país como Ucrania que, con todas sus imperfecciones, podía presumir de haber abrazado una democracia plena y de avanzar hacia el sueño europeo que de pronto se ha tornado pesadilla.

REACCIÓN. ¿Y qué hemos hecho desde Occidente, desde Europa, para evitarlo; qué estamos haciendo para frenar esta atroz agresión que deja en papel mojado el Derecho Internacional e impedir que se imponga la política de hechos consumados? Sobrecoge y aun avergüenza la impotencia que aflora en la respuesta tan débil con la que se enfrenta la que a todas luces es la mayor amenaza para la estabilidad y la seguridad en el Viejo Continente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. A la decadencia imparable de nuestro protagonismo en la escena internacional se une ahora la constatación de que estamos inermes, al albur de demasiadas tiranías dispuestas a aprovechar nuestra manifiesta debilidad para dar a su antojo cuantas patadas al tablero geopolítico hagan falta para reconfigurar un nuevo orden mundial. Quizá cuando todavía nos quede un arrebato de orgullo y decencia y queramos reaccionar, ya sea estéril siquiera intentarlo.

Putin sabía bien que ni los actuales Estados Unidos ni mucho menos Europa iban a reaccionar con energía y de un modo certero a su agresiva provocación. Y la grandilocuencia de las amenazas proferidas en los últimos meses por parte de los líderes occidentales encerraba mucho más miedo que decisión. Descartada toda acción de carácter ofensivo para plantar cara a la deriva neoimperialista del Kremlin, donde ya se acaricia la idea de reverdecer el fantasmal espectro de la Unión Soviética y volver a hacer caer su telón de acero -ayer amenazó a Suecia y Finlandia-, solo quedaba amagar con sanciones. Pero por más que se esfuerce Biden en prometer que el tirano de Moscú va a convertirse en un «paria» y que Rusia dejará de formar parte de la economía global, y por más que desde Bruselas los desanimados líderes de los Veintisiete anuncien un castigo jamás visto como reacción a la invasión de Ucrania -el último paso sería la congelación de los activos de Putin y su ministro de Exteriores, Sergei Lavrov-, las medidas no dejan de parecer caricias a un tigre salvaje. Con qué ingenuidad se ha amagado con ellas durante todos estos meses confiando en un efecto disuasorio que se ha demostrado del todo fallido ante un autócrata enloquecido.

No es un secreto para nadie, y menos para el Kremlin -ahí reside parte de su fortaleza para actuar con tan despreciable impunidad-, que las sanciones apenas van a tener efectos para Rusia a corto plazo. Algunas de las medidas esbozadas por Washington y Bruselas podrían tener impacto considerable a medio o largo alcance. Pero antes serán las propias economías occidentales las que sufran duras consecuencias del efecto boomerangque inevitablemente se producirá, incluidas fuertes subidas del precio de los combustibles y de determinadas materias primas. Y ello en un contexto de todavía incipiente recuperación tras la pandemia del coronavirus y con la inflación desbocada en casi todas partes.

Putin, como cualquier tirano, disfruta de muchas ventajas respecto a los dirigentes de cualquier democracia, empezando por la de no tener que responder ante regímenes de opinión pública que le pidan cuentas de sus actos y reaccionen sensibles a las mermas que estén por venir en los bolsillos de los ciudadanos. Por ello, ni siquiera una vez producida la invasión de Ucrania, con la entrada de las tropas rusas en la misma Kiev tras un fortísimo asedio de 24 horas que habría dejado numerosos muertos, se han atrevido los líderes comunitarios a llevar sus sanciones al límite. Como si hubieran tirado la toalla y lo fiaran todo a que este atroz episodio se resuelva rápido para que los focos dejen de resultar tan cegadores, aunque Europa ya no pueda seguir siendo la misma.

Rusia lleva años desarrollando una agresiva política contra los socios comunitarios porque nada le interesa menos que una UE fuerte. Y no ha dejado de recelar de las sucesivas ampliaciones hacia el este, que el Kremlin considera su intocable área de influencia. De sobra hemos visto que no tiene freno en sus injerencias, incluidas interferencias en un proceso como el del Brexit -igual que en las elecciones de Estados Unidos que llevaron a Donald Trump a la Casa Blanca- y otros episodios desestabilizadores que nos afectan directamente como el del proceso separatista en Cataluña. Más nos vale tomar conciencia real de hasta qué punto los europeos nos estamos jugando nuestro futuro ahora mismo en Ucrania, toda vez que Putin ha decidido por las bravas dinamitar los fundamentos en los que se asientan nuestra seguridad y prosperidad.

AUTONOMÍA ESTRATÉGICA. Se habla desde hace demasiado tiempo de la necesidad de que la UE avance hacia su autonomía estratégica, en todos los campos. En el militar, porque Washington ha dado sobradas señales de que ya no está dispuesto a librar nuestras guerras. Pero también para no depender tanto como en el presente del suministro energético de dictaduras o regímenes autoritarios. Todo se estrella sin embargo con la falta de voluntad de nuestro ensimismado continente. Nos creíamos conjurados contra las guerras y entre otros muchos errores hemos cometido uno tan grave como el de dar por hecho que la democracia se defiende sola, cuando, antes al contrario, exige mucho esfuerzo, convicción y determinación de sus ciudadanos para preservarla. Sufrimos las consecuencias de la infantilización, del adanismo y del buenismo mal entendido que caracterizan a nuestra pobre política actual. Ahí tenemos el estrambote en el seno de nuestro propio Gobierno del que forma parte la Izquierda Unida del ministro Garzón. Un partido que ayer volvió a dar muestras de que la estupidez es infinita con una convocatoria contra la OTAN a la misma hora en la que Putin disparaba su tiro de gracia contra el legítimo Ejecutivo ucraniano para rendirlo y presumiblemente tratar de colocar una dirigencia títere en Kiev como si estuviéramos en el tiempo de los imperios coloniales.

Y el mundo no deja de girar. Todo lo que está pasando en las últimas jornadas resulta mucho más inquietante aún por la presumible alianza del régimen ruso con la dictadura china en una pinza capaz de producir una desestabilización total. No fue un mensaje tranquilizador desde luego el que transmitió ayer mismo Pekín con nueve incursiones de aviones militares en la zona de defensa de Taiwán precisamente en estos momentos.

Es en esta hora tan crítica cuando los occidentales debemos preguntarnos qué estamos dispuestos a hacer para defender nuestra libertad.

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