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La demolición de la docencia en Venezuela: salarios de hambre, purgas de nómina y el clamor de un gremio que se niega a morir Por: Lcdo. Dave Roberth Cepeda Lozano

El sistema educativo de nuestra patria no está viviendo una crisis más; estamos presenciando, con un nudo en la garganta y el alma arrugada, el desmantelamiento programado de la profesión más noble de la sociedad. Hace unos días, los reportes de Noticiero Venevisión ponían el dedo en la llaga al mostrar la cruda realidad de las facultades de Educación en el país: aulas desiertas, pupitres que acumulan polvo y un relevo generacional que brilla por su ausencia. Como reza aquel viejo y sabio adagio: «Árbol que nace doblado, jamás su tronco endereza», y si desde las bases estamos quebrando el futuro formativo de la nación, ¿qué porvenir le aguarda a Venezuela?

Para cualquier muchacho que hoy culmina su bachillerato, estudiar cuatro o cinco años de Pedagogía en casas de estudio emblemáticas como la UPEL, LUZ, la UCV o la UCAB ya no representa un orgullo, sino una sentencia a la miseria. ¿Quién va a querer pasar un lustro quemándose las pestañas para salir a ganar un sueldo que no alcanza ni pa’ comprar un cartón de huevos? Porque en este país, hasta las ramas más esenciales de la ciencia —como la Física, la Química y la Matemática— quedaron desiertas, convertidas en asignaturas fantasmas en los liceos. La vocación pedagógica, que antes movía montañas y formaba repúblicas, hoy se estrella contra el muro implacable del hambre.

La lotería macabra: exclusión y ensañamiento en las nóminas

La tragedia de quien ya está dentro del aula supera cualquier ficción. En los últimos meses, bajo la gestión del ministro Héctor Rodríguez, el magisterio ha sido sometido a lo que no puede calificarse sino como una auténtica cacería administrativa y una violencia psicológica atroz. Miles de educadores a nivel nacional han sido borrados de las nóminas del Ministerio del Poder Popular para la Educación sin mediar procedimiento legal, expediente o derecho a la defensa.

La quincena docente se transformó en una lotería macabra: cada día diez y veinticinco del mes, los maestros entran a la página del banco rezando una plegaria para constatar si siguen «vivos» en el sistema o si cayeron en la guillotina del bloqueo de pagos y bonos. Y aquí «no vale santo ni limosnero»: botan y suspenden tanto al que apenas está empezando la carrera como al maestro insigne con 25 o 30 años de servicio intachable; castigan sin contemplación a la docente que está a punto de parir o recién dada a luz, y le quitan el sustento al colega que padece una enfermedad terminal o una incapacidad permanente. Eso no es gerencia pública; eso es una violación descarada, flagrante y despiadada de los derechos humanos y laborales.

Al momento de reclamar, empieza el calvario: la escuela dice que el problema viene de la Zona Educativa, en la Zona aseguran que la orden bajó de Caracas, y en el ministerio central nadie da la cara. Un peloteo infame mientras el maestro llega a su casa con las manos vacías y la nevera pelada, soportando una angustia que enferma y mata lentamente a nuestros educadores.

Cifras de fantasía y la burla al maestro

El descaro alcanzó su punto más aberrante cuando el propio ministro declaró públicamente que el salario promedio de los docentes en Venezuela rondaba los 560 dólares mensuales. ¡Por favor, qué molleja de cinismo! ¿En qué país vive este señor? ¿O es que acaso se cree sus propias mentiras mientras habla desde una burbuja de privilegios?

Decir semejante disparate en la cara de un maestro que sobrevive con una quincena pírrica devaluada, sin seguro médico (HCM), sin cobertura funeraria y con unas prestaciones sociales pulverizadas, es una falta de respeto mayúscula. La Constitución y la Ley Orgánica de Educación establecen con claridad meridiana que quien ejerza la docencia y conduzca el destino formativo debe ser de comprobada idoneidad y moralidad. Mentirle de esa forma al país no demuestra idoneidad; demuestra una desconexión total con la realidad de las escuelas públicas o una ineptitud alarmante para manejar los números más elementales de la economía nacional. Bien decían nuestros abuelos que «la mentira tiene patas cortas», y la verdad del maestro se ve a leguas en sus zapatos desgastados y en su lucha diaria por no rendirse.

El grito de un gremio que no se arrodilla

Frente a la indiferencia de los despachos, el docente venezolano ha respondido con el único recurso que le queda: la calle y la dignidad. Las protestas, los pancartazos y las marchas se han convertido en el pan de cada día a lo largo y ancho de nuestra geografía, desde el Zulia hasta el oriente, enfrentando no solo las penurias económicas, sino el amedrentamiento constante.

El reclamo es unánime y legítimo: la restitución inmediata de los salarios y bonos suspendidos arbitrariamente, la reactivación urgente de la contratación colectiva y el rescate de la dignidad salarial. Dejar morir al magisterio es condenar a la patria a la oscuridad y al atraso. Si las autoridades no rectifican este rumbo destructivo, el país no solo se quedará sin maestros: se quedará sin futuro. Es hora de escuchar al pueblo educador antes de que el silencio en las aulas sea definitivo e irreparable.

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