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Lula: el aviso que la izquierda no puede ignorar. Por Juan Carlos Lozano

Hay resultados que obligan a mirarse al espejo. El de Lula en la primera vuelta es uno de ellos. Todavía no ha perdido la presidencia, pero quedar detrás de Flávio Bolsonaro constituye un revés que merece una discusión seria. Sobre todo dentro de la izquierda.

La explicación más cómoda consiste en señalar a los medios, las redes sociales y el poder económico. Esos factores deben examinarse, por supuesto. Pero convertirlos en una respuesta para todo termina dejando fuera una pregunta fundamental: ¿qué responsabilidad tiene la propia izquierda cuando no consigue convencer?

Escribo desde una mirada de izquierda. Precisamente por eso creo que la solidaridad no exige silencio y que la autocrítica debe servir para corregir. Las urnas muestran preferencias; las razones requieren investigación, escucha y humildad. Estas líneas proponen una lectura del resultado, sin pretender hablar por millones de electores.

La primera cuestión es la vida cotidiana. Un gobierno puede presentar cifras, defender programas y recordar conquistas. El ciudadano, mientras tanto, hace sus propias cuentas: cuánto cuesta comer, cuánto debe, cuánto tarda en llegar al trabajo y qué posibilidades tienen sus hijos.

Ahí se juega buena parte de la credibilidad política. Una familia puede reconocer lo que recibió y seguir insatisfecha con lo que vive. Tiene derecho. Las políticas sociales no compran lealtades ni convierten el voto en una deuda de gratitud.

A la izquierda le corresponde preguntarse si está escuchando ese malestar o si se apresura a explicárselo a quienes lo padecen.

También hay que discutir la conciliación. Gobernar exige acuerdos y Brasil no es una excepción. Pero cada acuerdo tiene un costo político que conviene reconocer. Cuando los compromisos se acumulan, puede volverse borrosa la promesa de cambio que llevó a un proyecto al poder.

La pregunta es concreta: ¿hasta dónde se negocia para avanzar y en qué momento se empieza a administrar lo que se pretendía transformar? No existe una respuesta sencilla. Lo que no sirve es eludirla.

Otro asunto incómodo es la relación con el mundo del trabajo. El repartidor, la vendedora por cuenta propia, el joven que encadena empleos y la mujer que sostiene un pequeño negocio viven experiencias distintas. Comparten incertidumbres, pero no necesariamente las interpretan con las categorías de un partido o un sindicato.

Quieren protección y también oportunidades. Quieren servicios públicos que funcionen, seguridad para regresar a casa y posibilidades de progresar. Una izquierda que aspire a representarlos necesita conversar con esas expectativas sin paternalismo.

Por eso resulta tan dañino tratar como ignorante al trabajador que vota a la derecha. Descalificarlo puede aliviar la frustración de una militancia, pero no ayuda a comprender su decisión. Si alguien dejó de confiar, corresponde escuchar sus razones, incluso cuando incomoden.

La seguridad merece la misma seriedad. El miedo tiene consecuencias concretas: cerrar temprano, perder una jornada, cambiar una ruta, no dejar salir a un hijo. Una propuesta popular debe responder a esa realidad con prevención, investigación, justicia y una policía sometida a controles democráticos. La protección de la vida forma parte de la justicia social.

Y queda el futuro. Lula tiene una trayectoria que ocupa un lugar central en la historia política brasileña. Pero ninguna biografía, por importante que sea, puede cargar por sí sola con todas las respuestas de una nueva época. Hace falta renovar liderazgos, abrir espacios y permitir que otras generaciones participen de verdad.

La izquierda debería aprovechar este revés para hacerse preguntas difíciles. ¿Dónde perdió cercanía? ¿Qué promesas dejaron de resultar creíbles? ¿Qué está diciendo la gente que sus dirigentes no están oyendo?

Todavía queda una segunda vuelta. El resultado definitivo está pendiente. La reflexión, en cambio, no tiene por qué esperar.

Quienes creemos en una sociedad más justa debemos exigirle a la izquierda capacidad de escuchar, de rectificar y de transformar. También cuando gobierna. También cuando se trata de Lula. Caiga quien caiga.

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