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Opinión

LA DESCIUDANIZACIÓN DE LA JUSTICIA EN VENEZUELA y el daño antropológico ocasionado con ocasión a las trampas al Estado de Derecho Por Johnny Galué Martínez

Resulta capcioso, cuando son las trampas al Estado de derecho, las que escandalizan, y donde la legalidad pierde capacidad coercitiva.

Defraudan cuando, prevalece la charlatanería y las palabras, a fuerza de pretender llamar la atención, terminando por no cumplir con nada. Sólo han servido como equipo para confundir y manipular con ocasión a estas últimas decisiones del Tribunal Supremo de Justicia, donde inclusive se imponen sanciones a reconocidos académicos de las ciencias jurídicas para desvirtuar los fines como objetivos del Derecho como del proceso. Pero el fraude más dañino, se produce cuando los ciudadanos evalúan que es irrelevante su capacidad de control.

Constatan tal irregularidad, al poner su representación a disposición de quienes les engañan, mientras se ven a sí mismos impotentes ante esta realidad, posicionándose de ellos, una suerte de rabia ensordecedora y descontento insuperable.

A los ciudadanos, que moderen sus demandas, y a los políticos que reconozcan sus limitaciones, lo que garantizara que los controles, estarán garantizados.

El relevo político, que deberá hacerse, a mi criterio, deberá estar compuesto de una propuesta estructurar,  con personajes de cierto grado de credibilidad ante la sociedad, que esté, decidido a ejercer la representación política en un marco institucional contradictorio, con reglas preestablecidas por la propuesta política, estructurar, como mandato para superar la crisis de legitimidad y otras para blindar una democracia de partidos, velar por el interés general, pensar a lo grande y en el medio plazo, ante una clientela que, ante todo, quiere «pan para hoy» sin importarle el mañana.

La democracia, decían los viejos maestros, no puede cumplir todas sus promesas. La brecha entre aquello a lo que aspira y lo que se obtiene, origina el descontento y la insatisfacción.

De ahí que pidieran a los ciudadanos moderar sus demandas y a los políticos reconocer el alcance limitado de sus posibilidades. Que las democracias decepcionen es puesnatural. Pero que defrauden, no, porque mina sus fundamentos.

Tenemos no solo un problema de actores. Pero estamos seguros, que un mejor desempeño aliviaría el malestar de los decepcionados, quienes aún decepcionados con los resultados, no se sentirían defraudados por sus representantes.

A estos, es a los que nos dirigimos, en esta oportunidad.

Necesitamos, un relevo político, no a los políticos de profesión, ni de vocación, necesitamos a esos con fibra política.

Tenemos que atraerlos, y retenerlos, a esos a los apasionados de la política y no a quienes se acercan a ella porque no han encontrado nada mejor. A esos, que no son fanáticos, ni fantásticos, sino a los que tienen talento, con espíritu de justicia y sentido estratégico, pero que demuestre agudeza, sentido de la anticipación y de adaptabilidad.

Que tenga la inteligencia política, esa inteligencia que se templa, que es bregada en las tensiones insuperables de la política, (a esa misma a la que se denomina la herida maquiavélica) pero que sepan, operar en un campo de recursos escasos y opciones limitadas. Necesitamos políticos, que reconozcan los riesgos, que eviten caminos vedados por el conocimiento.

Necesitamos un relevo, que se proponga objetivos, para los que no disponga de medios adecuados, que no teman en innovar, para recuperar lo esencial del modelo, de sus componentes como funciones, que no desconozca la experiencia, necesitamos un relevo político, decidido, frente al indeterminado y el miedoso que demuestre su carácter, que desafié la fatalidad que les diga, ¡basta ya! o ¡hasta aquí han llegado!

Necesitamos un relevo político, prudente, consciente de que aplicar criterios de justicia en lo particular no disuelve los conflictos, sino que a lo sumo los atenúe con arreglos a medias y logros con fecha de caducidad.

Un relevo, que no sea cínico pero astuto, ante la malicia que se asoma a las relaciones humanas, con cautela y sagacidad. Que demuestre cierto cálculo, a no dar un paso sin decidir previamente dónde quiere poner el pie.

La astucia no implica faltar a la verdad, sino contarla cuando procede, no engañar, pero no ser engañado. Y por supuesto, que sea cultivando, conocemos que no se obtendrá necesariamente éxitos, pero sí al menos el reconocimiento de que sus logros han sido fruto de proyectos valiosos y acciones bien hechas.

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