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La fábula del manglar esquilmado: De la garrapata del ámbar al gran gavilán anaranjado. Por: Dave Roberth Cepeda Lozano

En las profundidades del Gran Humedal de las Aguas Negras, donde el sol quema las copas de los cujíes como brasa viva y las iguanas se aplastan sobre las piedras jadeando por el calorón de cuarenta grados a la sombra, la fauna sobrevivía condenada a un dilema perpetuo: tener que escoger entre ser devorada por el caimán chingo o ser destazada por la boa sin nariz.

En los ramajes bajos, los azulejos y los conotos pelaban bola con las alas caídas, buscando en vano una gota de rocío en los pozos secos mientras los zancudos zumbaban implacables en la penumbra del follaje. Muy lejos de esa sequía, en la copa más alta del árbol madre, la manada dominante celebraba un festín permanente a costa del desguace del bosque.

Allí reinaba El Búfalo del Bigote Tupido, una bestia pesada de movimientos torpes que se burlaba de la sed ajena dando piruetas sobre raíces podridas mientras cacareaba sobre los mágicos «frutos de la abundancia». Cada luna inventaba una nueva fantasía: el fruto del barro, el fruto del viento, el fruto de la corteza; decenas de brotes milagrosos que jamás dieron una sola semilla pero que servían de excusa para talar la arboleda comunal y engordar a su casta. A su lado, enroscada en el nido mayor, dormitaba La Víbora del Clan, una serpiente de cascabeles dorados que colocaba a sus crías y parientes sobre las mejores ramas de frutas, mientras pregonaba el embuste de que el bosque se había curado porque cuatro escarabajos peloteros abrían madrigueras de lujo con bayas importadas.

Bajo sus pezuñas yacían los troncos ahuecados donde sepultaron a centenares de aves rebeldes y cachicamos contestatarios. Criaturas encerradas en la humedad asfixiante, picoteadas sin piedad, fracturadas en la sombra y muchas de ellas muertas bajo la custodia feroz de las hienas del régimen, simplemente por haber cantado contra la sequía provocada por los amos de la selva.

El tesoro más codiciado de la espesura —el espeso ámbar negro que brotaba del subsuelo— estaba custodiado por El Hurón de las Criptas, el jefe supremo de una jauría de cuarenta comadrejas insaciables. Con el descaro del depredador harto, este animal visitaba los hormigueros hambrientos solo para regodearse de su desdicha, proclamando con cinismo: «mientras más flacas y sedientas estén las hormigas, con más devoción seguirán el rastro de la reina». Con esa doctrina rapaz se dedicó a tragar panales enteros y acaparar lagunas de ámbar, hasta que la traición entre alimañas rompió el pacto: al no rayar el panal en partes iguales con los otros carnívoros, fue arrojado a las mismas jaulas de espinas que él mandaba a tejer. ¡Qué molleja de comedia animal!, ver al viejo verdugo chillando como pichón desplumado, implorando las leyes sagradas de la selva y rogando por la piedad biológica que él jamás tuvo con los animales que devoró.

Alrededor del tronco podrido danzaba la corte de siempre. El Camaleón de la Mueca Burlona, cambiando de pigmento al compás de la mentira para adormecer a las presas, y su hermana, La Avispa del Zumbido Ácido, inyectando aguijonazos de rencor a cualquier criatura que chillara por comida. Cerca de ellos bramaba El Mandril del Mazo Pesado, un primate colérico que golpeaba los troncos huecos para espantar a los pájaros desarmados. ¡Cómo se le inflaba el pecho peludo ante la manada!: «¡Ni una gota de savia para las rapaces extranjeras!», aullaba mostrando los colmillos, prometiendo a los cuatro vientos: «¡Podrán entrar las garras foráneas a este pantano, pero de aquí no van a salir volando!». Bravatas de mono rabioso que duraron lo que dura una hoja seca en el fuego, pues solo servían para morder a los animales enjaulados y sumisos.

Y como guardián de los linderos, la mayor vergüenza del reino animal: El Pavo Real de los Soles Chorreados, cubierto de caparazones brillantes de coleópteros que simulaban medallas de valor para tapar la falta de agallas. Cada amanecer graznaba su cantaleta gastada: «¡Leales siempre a la manada, traidores nunca!». La selva jamás presenció una falsedad más rastrera: aquellos plumajes que juraban defender el territorio hasta la última gota de savia ajena se enlodaron en el fango de la deshonra; frente a la mínima sombra de peligro, los faisanes de la guardia metieron la cabeza bajo la arena, chorreados de pánico y listos para entregar la madriguera sin mover una sola pluma.

La farsa no estaría completa sin El Tronco de las Chicharras y los Comejenes, una cavidad carcomida bautizada como la «Mesa de Armonía». Allí se reunían las cáscaras vacías de las viejas chicharras del 2015 —parásitos que vivían en los árboles vecinos cobrando peaje de polen a los pájaros exiliados sin buscarse el sustento— frente a los comejenes mudos de la camada del 2025. Ninguno de estos bichos se atrevía a picar al oso saqueador ni a exigir cuentas por las colmenas arrasadas; era una pantomima ensayada para hacer ruido con las patas mientras se aseguraban las mejores ramas por debajo de la corteza.

Así estalló la madrugada del 3 de invierno. El viento se volvió un vendaval cuando las garras de hierro enviadas por El Gavilán Anaranjado de Copete Dorado cayeron en picada sobre la copa central. Sin que sonara un solo graznido de combate por parte de las aves del «leales siempre», amarraron como fardos al Búfalo del Bigote y a la Víbora del Clan, llevándoselos cautivos hacia las peñas heladas del norte.

Al principio, en los matorrales y en las ramas del destierro la bandada entera batió las alas con frenesí; trinaron los azulejos y las perdices creyendo que al fin el bosque respiraba libre. Desde los riscos lejanos, El Halcón de las Islas y Trinos Agudos festejaba la cacería como presa ganada en nido ajeno, mientras La Garza Blanca de las Cumbres y la Promesa Eterna aseguraba al plumaje abatido que el rocío del paraíso descendería de inmediato.

Pero la alegría en tierra de hormigas dura lo que un parpadeo. El cacareado «Vuelo de las Tres Fases» se disolvió como lodo en agua turbia.

La naturaleza del depredador imperial se mostró sin disfraces: El Gavilán Anaranjado no descendió movido por la piedad hacia los pichones desnutridos ni por el llanto de los nidos abandonados en la maleza. Vino como cualquier ave rapaz a cobrarse el botín: a chupar el ámbar oscuro, a raspar las vetas doradas de la tierra y a tasar la selva entera como trofeo de caza. Al frente del pantano dejaron a títeres domesticados que bajan la cabeza ante el nuevo nido imperial, mientras los mismos pavos reales de plumas desteñidas —los que rugían que las aves del norte no saldrían vivas— doblaron el lomo, metieron las garras en el barro y se pusieron dócilmente a la orden del nuevo gavilán para vigilar que el flujo de savia corra directo hacia el norte sin interrupciones.

En la orilla del lago salobre, mientras la noche envolvía los manglares a oscuras y los pájaros sin nido se acomodaban sobre ramas peladas, un loro viejo que había sobrevivido a tres plagas se sacudió las plumas y sentenció con crudeza:

—¡Vergación, compadre! Nos sacaron a la comadreja tragona para meternos al gavilán usurero, y las mismas garrapatas que secaron el árbol andan ahora buscando de cuál costado chupar en la nueva repartición.

La iguana del peñasco, que llevaba soles aguantando la sequía sin más consuelo que su propia piel cuarteada, resumió el destino del humedal: cambiar de rapaz en el cielo no alivia la sed de los que caminan por el suelo. Ni el búfalo de los frutos inventados que pisoteaba a la manada, ni el mandril del mazo que se tragó sus amenazas, ni los faisanes de la cobardía eterna, ni las chicharras tarifadas, ni el gavilán de penacho dorado tienen la más mínima intención de curar las raíces del bosque.

Frente a la desfachatez de estos carceleros que hoy imploran compasión tras haber quebrado los huesos de la fauna, y ante la voracidad de las garras invasoras que miran al humedal como un cadáver para destazar, solo queda una ley en la espesura: solo la manada salva a la manada. La verdadera floración de la tierra no vendrá en las plumas de ningún depredador foráneo ni en los engaños de la corte corrupta; despertará el día en que todas las criaturas del suelo se pongan de pie juntas, limpien el fango de traidores y recuperen, con sus propias garras y picos, el bosque que les pertenece.

Autor: Dave Roberth Cepeda Lozano

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