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LA FATAL ARROGANCIA DE TRUMP Y DELCY. Cuando la moral termina donde empieza el petróleo. Por Gervis Medina.

“Es imposible comprender la historia del pensamiento económico si no se presta atención al hecho de que la economía, como tal, es un desafío a la arrogancia de quienes están en el poder.”

Ludwig von Mises.

Hay una pregunta que debería perseguir a Donald Trump como una sombra:

¿Cómo puede el hombre que llegó a Washington prometiendo combatir el crimen, defender la seguridad estadounidense y poner a los enemigos de Estados Unidos contra las cuerdas terminar haciendo negocios con una de las figuras más importantes del antiguo aparato chavista?

La respuesta probablemente no está en la ideología.

Está en el petróleo.

Y ahí comienza la verdadera comedia.

Porque Donald Trump descubrió algo que todos los políticos descubren tarde o temprano: la moral es muy firme hasta que aparece un buen negocio. Entonces se flexibiliza. Se interpreta. Se negocia. Se aplaza. Y, si hace falta, se guarda temporalmente en una gaveta.

Trump construyó buena parte de su discurso político alrededor de una idea sencilla: Estados Unidos había sido demasiado ingenuo con sus adversarios. Había que recuperar el poder. Había que controlar la frontera. Había que combatir al crimen. Había que defender los intereses estadounidenses. Había que hacer que Estados Unidos volviera a ser grande. Perfecto. Pero entonces apareció Venezuela. Y con Venezuela apareció el petróleo. Y con el petróleo apareció Delcy Rodríguez.

Y de repente aquel mundo dividido entre buenos y malos comenzó a parecerse sospechosamente a una mesa de negociación.

El 28 de agosto de 2026, Trump anunció un acuerdo con Venezuela que, según su propia descripción, daría a Estados Unidos acceso a enormes reservas petroleras venezolanas. El acuerdo fue negociado por Marco Rubio, Pete Hegseth y Delcy Rodríguez.

Dos días después, Rodríguez anunció que el acuerdo petrolero tendría una duración de 25 años y contemplaría una producción superior a 1,5 millones de barriles diarios. Veinticinco años. Una eternidad en política. Pero aparentemente apenas un contrato cuando hay petróleo.

Aquí aparece la primera contradicción. Delcy Rodríguez no apareció ayer en la política venezolana. Fue una pieza central del chavismo.

Fue sancionada por Estados Unidos en 2018 por su papel dentro del círculo de poder de Maduro. Y los senadores estadounidenses que cuestionaron posteriormente el levantamiento de esas sanciones recordaron que Rodríguez había ejercido control jerárquico sobre el SEBIN, aparato de inteligencia venezolano señalado por la ONU en investigaciones sobre graves violaciones de derechos humanos.

Por eso la pregunta resulta inevitable:

¿Qué cambió?
¿Cambió Delcy?
¿Cambió el chavismo?
¿Cambió la represión?
¿Cambió la naturaleza del poder venezolano?
¿O simplemente cambió el precio del petróleo?

Porque si Delcy era políticamente tóxica ayer y hoy puede sentarse a negociar durante 25 años con Washington, uno empieza a sospechar que quizá el problema nunca fue la persona.

Quizá el problema era que todavía no había aparecido el barril adecuado.
La diplomacia petrolera tiene una virtud extraordinaria: convierte enemigos ideológicos en socios comerciales con una velocidad admirable.

Durante años, Washington denunció al régimen venezolano. Durante años, el chavismo denunció al imperialismo estadounidense. Durante años, ambos lados se insultaron. Washington hablaba de dictadura. Caracas hablaba de imperio. Washington hablaba de sanciones. Caracas hablaba de soberanía. Y entonces llegó el petróleo. Y ocurrió el milagro. El imperio descubrió que podía ser socio. La revolución descubrió que podía ser capitalista. Y Delcy descubrió que podía hablar con Washington sin tener que abandonar el socialismo.

Esto es lo maravilloso de la política: las ideologías duran hasta que aparece una oportunidad económica suficientemente grande.

¿Y LOS VENEZOLANOS?

Aquí la historia se vuelve todavía más obscena.

Mientras Trump endurecía su discurso contra la inmigración venezolana, millones de venezolanos seguían cargando sobre sus espaldas las consecuencias de la destrucción institucional, económica y social de su país.
Trump convirtió la migración irregular en uno de los grandes temas de su política. Y tenía todo el derecho de hacerlo. Un Estado tiene derecho a controlar sus fronteras. Tiene derecho a combatir el crimen. Tiene derecho a deportar a quienes hayan violado las leyes. Pero existe una diferencia fundamental entre perseguir criminales y convertir una nacionalidad entera en sospechosa. Porque el venezolano que llega a Estados Unidos no es Delcy Rodríguez.

Y aquí aparece una paradoja casi perfecta.

El venezolano pobre puede convertirse en una amenaza migratoria.

El petróleo venezolano, en cambio, puede convertirse en una oportunidad estratégica. Qué curioso. El ciudadano necesita demostrar que merece entrar. El petróleo solamente necesita ser rentable.
Y entonces Trump pronunció aquella frase que parece escrita por un humorista venezolano.
Dijo que los venezolanos estaban “bailando en las calles” porque estaba entrando mucho dinero gracias a las compañías petroleras.

El problema es que los venezolanos parecen tener una relación bastante complicada con esa fiesta.
El Washington Post encontró en Caracas familias donde una persona necesita dos o tres empleos para cubrir los gastos básicos. El mismo reportaje describió una inflación todavía extraordinariamente elevada y un aumento del costo de vida que hacía que la supuesta bonanza petrolera estuviera muy lejos de sentirse de manera generalizada.

Entonces uno se pregunta:

¿Quién está bailando, señor presidente?
¿Los venezolanos?
¿Las compañías petroleras?
¿Los inversionistas?
¿Los bancos?
¿Los intermediarios?
¿Los funcionarios?
¿O solamente el barril?

Porque una cosa es que suba la producción petrolera y otra muy distinta que una nación prospere. Venezuela ya tuvo petróleo. Muchísimo petróleo. Y precisamente ahí está la tragedia.

Aquí conviene utilizar una palabra que normalmente incomoda: hipocresía.

No porque toda negociación con un gobierno adversario sea necesariamente hipócrita. La diplomacia exige negociar incluso con gobiernos cuyos actos uno rechaza. Estados Unidos ha negociado históricamente con gobiernos autoritarios cuando considera que existe un interés nacional en hacerlo.

El problema aparece cuando el discurso moral utilizado para justificar una política desaparece exactamente en el momento en que aparece un beneficio económico.

Ahí la contradicción deja de ser diplomática. Se vuelve política. Y hasta moral.

Trump puede decir:

«Estados Unidos primero.»

Perfecto. Pero entonces debe explicar algo muy sencillo:
¿Primero qué?
¿Primero los principios?
¿Primero la seguridad?
¿Primero la libertad?
¿O primero el petróleo?

Porque las cuatro cosas no siempre apuntan en la misma dirección.

Hay algo particularmente fascinante en esta historia. Delcy Rodríguez no necesitó convertirse en liberal. No necesitó abandonar el chavismo. No necesitó renunciar a su trayectoria política. No necesitó transformarse en defensora del libre mercado. No necesitó pedir perdón a Washington. No necesitó convertirse en una admiradora de Ronald Reagan.

No.

Simplemente necesitó tener algo que Trump quisiera. Petróleo.

Y eso fue suficiente para transformar una enemiga política en interlocutora.

El acuerdo anunciado en agosto de 2026 contempla, según lo informado por Rodríguez, una vigencia de 25 años. Trump, por su parte, presentó el pacto como un enorme beneficio para Estados Unidos.

Eso explica mucho.

Porque cuando la política exterior se reduce al interés transaccional, el enemigo de ayer puede convertirse en el socio de mañana. Y el socio de mañana puede volver a ser enemigo pasado mañana. Todo depende del precio.
Aquí debemos ser cuidadosos. No es correcto afirmar que Delcy Rodríguez haya sido condenada por un delito en Estados Unidos. No lo ha sido.

Pero tampoco puede ignorarse que su nombre ha estado bajo escrutinio de autoridades estadounidenses durante años. AP informó en mayo de 2026 que Rodríguez había aparecido en el radar de la DEA desde al menos 2018 y que existía preocupación dentro de sectores de las fuerzas de seguridad estadounidenses sobre el rumbo adoptado por la administración Trump. El Departamento de Justicia negó que hubiera una investigación contra ella que hubiera sido cerrada.

Y precisamente esa diferencia importa.

Porque un Estado de derecho no debe condenar a alguien sin pruebas.

Pero tampoco debería convertir las acusaciones, investigaciones y antecedentes políticos en simples obstáculos administrativos que desaparecen cuando cambia el interés geopolítico.

Eso es lo verdaderamente incómodo. No que Trump negocie. Sino qué precio está dispuesto a pagar por negociar.

Y aquí Hayek vuelve a entrar en escena.

La fatal arrogancia no consiste únicamente en pensar que uno sabe más que los demás. Consiste en creer que uno puede organizar una realidad complejísima mediante decisiones tomadas desde arriba. Trump cree que puede resolver Venezuela desde Washington. Delcy cree que puede reconstruir Venezuela desde Caracas. Ambos creen, desde posiciones completamente diferentes, que el poder puede ordenar la sociedad.

Y ambos tienen algo en común: hablan de Venezuela como si Venezuela fuera un objeto.

Y quizá aquí está la paradoja más profunda.

Trump y Delcy Rodríguez pertenecen aparentemente a universos políticos incompatibles. Uno representa el nacionalismo estadounidense. La otra proviene del chavismo. Uno acusa al socialismo. La otra proviene de una revolución socialista. Uno habla de hacer grande a Estados Unidos. La otra habla de hacer de Venezuela una potencia energética. Pero cuando aparece el petróleo, ambos descubren un idioma común. El lenguaje del poder.

Trump quiere petróleo. Delcy quiere legitimidad, inversión y recursos. Trump quiere resultados. Delcy quiere supervivencia política. Y ambos encuentran en el otro algo que necesitan. Eso no es una amistad. Es una transacción. Y las transacciones no necesitan amor. Necesitan intereses compatibles.

El drama es que el ciudadano queda fuera de la fotografía. Trump sonríe. Delcy sonríe. Las petroleras calculan. Los gobiernos firman. Los mercados observan.

Y el venezolano vuelve a preguntar:

¿Y yo qué gano?

Esa pregunta debería ser el centro de cualquier política sobre Venezuela. No cuánto petróleo controla Estados Unidos. No cuánto dinero recibe Caracas. No cuántos barriles produce PDVSA. No cuántos acuerdos firma Delcy. No cuántos discursos pronuncia Trump.

Sino:

¿Puede el venezolano vivir libre?
¿Puede trabajar sin que el Estado lo aplaste?
¿Puede ahorrar?
¿Puede invertir?
¿Puede tener propiedad?
¿Puede protestar?
¿Puede votar libremente?
¿Puede regresar del exilio?
¿Puede vivir sin miedo?

Porque si la respuesta continúa siendo negativa, entonces podemos tener petróleo, dólares, inversiones, acuerdos, helicópteros, reuniones y fotografías. Pero no tendremos libertad.

Y aquí aparece la gran broma histórica.

Trump llegó prometiendo acabar con los negocios estúpidos de Washington. Delcy llegó al poder después de décadas de revolución contra el capitalismo. Y ahora ambos parecen haber descubierto una verdad que cualquier comerciante conoce: cuando hay suficiente dinero sobre la mesa, las ideologías pueden esperar.
El problema es que las víctimas de la historia no pueden esperar. Los venezolanos que murieron no pueden esperar. Los presos políticos no pueden esperar. Los exiliados no pueden esperar. Las familias separadas no pueden esperar. Y los millones de venezolanos que abandonaron su país tampoco pueden ser reducidos a una variable de negociación migratoria.

Por eso la pregunta no debería ser solamente:

¿Cómo puede Trump negociar con Delcy Rodríguez?

La pregunta más incómoda es:

¿Qué tuvo que ofrecer Venezuela para que Trump estuviera dispuesto a olvidar, aunque fuera temporalmente, todo aquello que Washington decía condenar?

La respuesta parece estar debajo de la tierra. Negra. Pesada. Millonaria. Y con forma de barril.

La historia venezolana ha producido demasiados políticos que prometieron salvar al pueblo mientras negociaban su destino. Ahora aparece una escena distinta, pero no necesariamente mejor:
Trump habla de libertad y seguridad.

Delcy habla de soberanía y revolución.

Ambos hablan de prosperidad. Y entre ambos aparece un contrato petrolero de 25 años. Mientras tanto, el venezolano observa.

Quizá no esté bailando.
Quizá esté trabajando.
Quizá esté haciendo cola.
Quizá esté calculando cuánto cuesta la comida.
Quizá esté pensando en el familiar que está lejos.
Quizá simplemente esté preguntándose cuánto tiempo más tendrá que esperar para que alguien deje de hablar sobre él y empiece a hablar con él.

Porque Venezuela no necesita otro administrador de su destino. Necesita recuperar la posibilidad de decidir su propio destino. Y esa es precisamente la lección que Trump y Delcy parecen haber olvidado: el petróleo puede comprar poder; puede comprar influencia; puede comprar acuerdos.

Pero todavía no ha demostrado que pueda comprar libertad. Y si la libertad tiene un precio, seguramente no se encuentra en un barril.

Se encuentra en algo mucho más peligroso para todos los gobiernos: un ciudadano que ya no necesita que ningún poderoso le diga cómo vivir.

Gervis Medina
Abogado, criminólogo y escritor venezolano

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