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Opinión

La “fritanga revolucionaria” Por Rafael Simón Jiménez

Cuando después de su fracasada intentona golpista, Hugo Chávez irrumpió en la vida política de Venezuela,  la democracia instaurada el 23 de Enero de 1.958, vivía una etapa de cuestionamiento y decadencia, que hacía presagiar su colapso. Los antiguos logros de un sistema de libertades y un estado de Bienestar traducidos en progreso, estabilidad y ascenso social, se resentían por la ausencia de iniciativas reformistas, y la conducta de partidos y líderes políticos, que habían logrado altísimos niveles de legitimidad y confianza, y ahora eran objeto de una   creciente  desafección popular que censuraba sus conductas colocadas progresivamente de espaldas a la gente.

La corrupción aparecía por esos tiempos como un problema que crecía y se multiplicaba, beneficiando a quienes se alejaban de los problemas, clamores y necesidades de la gente, para aprovecharse  patrimonialmente del  poder. No por casualidad, el Hugo Chávez, que insurge   con un mensaje redentor y radical, centra sus frases más lapidarias y patibularias en ofrecer remedios de fondo frente a ese problemas atreviéndose a sentenciar que “iba a freír en aceite la cabeza de los corruptos “, asociados los destinatarios de su terrible expresión a los partidos que habían hegemonizado el ejercicio del poder,  Acción Democrática y COPEI.

Buscando, como en efecto logro, sintonía con las demandas y clamores populares, convirtiéndolas en relatos de confrontación, división, exclusión y estigmatización de sus adversarios, El militar devenido en aspirante Presidencial, esta vez con mayor decencia expresiva, fue capaz de pronosticar en respuesta a una interrogante del desaparecido periodista  Alfredo Peña, que “o el acababa con la corrupción o la corrupción acabaría con Venezuela”, lo que resultaría profético a la luz de los resultados de veinticuatro años de hegemonía de su grupo político en el poder.

Cuando Lord Acton, político y escritor inglés del siglo XIX, pronuncio su ya manida frase de que “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, más allá de su trascendencia como afirmación, no estaba diciendo nada desconocido o genial, simplemente estaba describiendo un fenómeno con el  que el ser humano estaba bregando desde el comienzo de la civilización, y que durante al menos diecisiete siglos de la era cristiana había prevalecido asociado a todas las formas despóticas y absolutas de poder.

Es precisamente durante el siglo XVIII de nuestra era, cuando comienza, primero en el plano de las ideas y más tarde bajo esas motivaciones  idearías en acciones concretas de transformación del poder, poniéndose en boca y pluma de pensadores como Montesquieu, Rousseau,  Lock, Kant  Voltaire, el cuestionamiento a los mandos absolutos, que entre otras cosas pretendían buscar fundamento en el “origen divino de los reyes”.

Dos ideas fundamentales: el principio de soberanía popular, y la división y control del poder, serán pilares básicos del Republicanismo, hijo legítimo de la ilustración, y cuyas primeras manifestaciones practicas cobraran cuerpo en la constitución norteamericana de 1787  y en los principios inspiradores de la Revolución Francesa, aportando esta ultima la cada vez más vigente consigna de igualdad, libertad y fraternidad.

Al resentirse y cuartearse los fundamentos del absolutismo, el poder democrático y republicano, desarrollo un conjunto de iniciativas en el plano legislativo e institucional, que normaron y reglaron el poder, estableciendo controles, contrapesos, Check and Balance, como única y ultima garantía de que la discrecionalidad, el abuso y la arbitrariedad, no tendrían cabida en un estado y una sociedad democrática.

La división de poderes, la limitación de la discrecionalidad, la obligatoriedad de rendir cuentas, las severas sanciones frente al abuso o al provecho obtenido desde el poder, no solo han evolucionado hasta los tiempos actuales, sino que se han mostrado como los únicos mecanismos eficientes frente a tentaciones, perversiones, desviaciones cleptocráticas y demás morbos asociados al ejercicio del mando. Mientras más normado y equilibrado sea el diseño institucional del estado, mas garantías de pulcritud en el manejo de los fondos públicos debe existir.

Todo este largo introito, que a algunos parecerá oseoso, cobra pertinencia para explicar de manera seria y objetiva, el colapso moral de la mal llamada “revolución Bolivariana”, devenida en mecanismo masivo de corrupción y saqueo del patrimonio público, que bien pudiera cumplir la profecía de Chávez de que si él, no “acababa con la corrupción, la corrupción acabaría con Venezuela”, y eso es exactamente lo que ha pasado , desde que llegado al poder por métodos democráticos, se procedió a un desmontaje progresivo de las instituciones del estado, todo en el afán de imponer un poder y una hegemonía  a plazo indeterminado, lo que por supuesto conllevaba a   liquidar los contrapesos, los controles y toda forma de transparencia y supervisión  del poder, lo que implicaba dar rienda suelta a la más saqueadora e impune rapiña que ha consumido miles de millones de dólares, y que tiene al pueblo Venezolano en la ruina material y moral.

Con el control absoluto del poder, sin un ápice de  transparencia, con la contraloría, la fiscalía, el poder legislativo y el sistema de Justicia ejercido por compañeros del PSUV,  la consecuencia no podría ser otra que el saqueo impenitente de los caudales públicos, lo demás como acaba de suceder con el AFAIRE  El Assaimi ,  mas allá de las cuantiosas cantidades robadas, no pasa de ser hechos recurrentes, pero anecdóticos, que se suceden cada cierto tiempo y detrás de los cuales ya la gente identifica eventuales vendettas, ajustes de cuentas y peleas por control de negocios y zonas de influencias al mejor estilo de carteles o mafias.

LA “PURGA” de El Aissami y sus más de 40 ladrones, como antes lo fue la de Rafael Ramírez, no pasara de ser un espectáculo o puesta en escena, donde la descomposición y desfachatez  del régimen se muestra de cuerpo entero al pretender obtener provecho propagandístico y político de su propia corrupción, la verdad verdadera es que la mal llamada “revolución Bolivariana “está podrida, descompuesta y fétida, y si algunos dirigentes tuvieran aun capacidad regenerativa, tendrán reducarse desde la oposición.

Cuando el patriarca adeco Gonzalo Barrios, pronuncio en tiempos de la cuarta Republica su famosa frase de que en “Venezuela se robaba, porque no existían razones para no robar ,” además de retratar la realidad de aquel tiempo de decadencia de la moral pública, también revelaba capacidad profética, si en aquel  momento donde existían controles democráticos y libertades públicas, ese era su diagnóstico,  como podrá ser ahora donde todo el poder y el patrimonio del estado esta a merced de quienes han demostrado ausencia absoluta de escrúpulos.

Y finalmente la pregunta que seguramente no tendrá respuesta: Cuantas pailas de aceite se necesitarían hoy para cumplir la amenaza de Chávez de freír en aceite la cabeza de los corruptos. Seria sin duda una gran “fritanga Revolucionaria “.

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